Interpretar, por Javier Astasio



Cuanto más viejo me hago, más claro me queda que el truco, la llave del poder que coloca a unos encima y a otros debajo, está en interpretar, en retorcer la verdad, que debiera ser única y de todos, hasta hacerla propia. Por eso las leyes, las normas que rigen la política se dictan y se escriben de manera tan ambigua, para dejar en manos del que está encima, el que nos gobierna, el poder de interpretarlas. Lo vemos cada día, a cada momento, cuando unos y otros pretenden hacernos creer que no estamos viendo lo que vemos o que no han dicho lo que han dicho.
En principio y para tranquilizarnos, nos dicen que para interpretar las leyes y las normas están los tribunales, los jueces y los árbitros que, para nuestra desgracia, las más de las veces no desentrañan la razón, sino que se limitan a dársela a unos o a otros. Por eso, los que las hacen se toman tanto interés en nombrar sus propios árbitros, esos que en un mundo ideal, más allá de presiones o simpatías han de desentrañar la única verdad y con ella la razón.
Quienes hemos vivido, por poco que haya sido, bajo un régimen autoritario de sobra sabemos que, en ellos, los jueces, los árbitros siempre miran hacia arriba a la hora de tomar sus decisiones y, en cierto modo, a ello nos resignamos. Lo que nos inquieta más es detectar que eso mismo ocurre después de tantos años de democracia, que quienes pueden aún pretenden hacer suyas las leyes retorciéndolas en su interpretación para arrebatarnos eso que Montesquieu llamó "el espíritu de las leyes" y que debiera ser uno.
Viene todo esto a cuenta del laberinto en que se han metido, nos han metido, los amigos socialistas a propósito de la interpretación que se da a una palabra al parecer tan ambigua como lo es imputación, palabra tan de moda como lo estuvo en los primeros años de la transición "coyuntura", palabras que están en todas las salsas y en todas las conversaciones sin que, con ellas, unos y otros interlocutores les den el mismo significado.
Casi todos los partidos, que se vienen llenando la boca de peticiones de dimisión para sus adversarios en cuanto sobre ellos se cierne la sombra de un juez, han elaborado sus propios y farisaicos códigos éticos que fijan el momento procesal en el que cualquier cargo ha de abandonarlo. Y es aquí donde aparece la palabrita de marras, imputación, que tiene distinto alcance si el imputado es de ellos o de los nuestros. Una palabra que se ha retorcido tanto que, ayer, el portavoz socialista en el Congreso se hizo un lío con ella, hasta el punto de que, a propósito de lo que deberían hacer José Antonio Griñán y Manuel Chaves, senador y diputado, deberían hacer tras ser imputados por el Tribunal Supremo en el asunto de los ERE, curiosamente sin delito atribuido. Tanto lío como para dar tres versiones de lo que deberían hacer, en menos de una hora, reconociendo que la primera, en la que exigía la dimisión de ambos, la dio sin haber el extraño auto del Supremo.
Tenemos a los padres de la patria haciendo leyes que, luego, interpretan jueces y magistrados, pero tenemos, también, partidos que, como el PSOE, elaboran códigos éticos que luego, con más o menos prisas, interpretan como les conviene. Y, en medio de todo este puré, tenemos un partido, el PSM, que desde hoy y hasta el sábado va a elegir a su candidato a presidente de la Comunidad de Madrid sin papeletas ni urnas, en asambleas sin la garantía que da el anonimato, de las que saldrán unas actas que luego interpretará la gestora impuesta por quien destituyó al que los órganos democráticos del PSM colocaron al frente del partido y la candidatura. 
Está el patio como para fiarse de interpretaciones, más cuando interpretar y actuar,en ocasiones, son sinónimos.


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