Incoherencias, por Javier Astasio

Hoy, el día en que toda la comunidad educativa de este país va a ala huelga y se manifiesta contra la ley burla, la ley ofensa, parida por un ministro bufón y provocador, hoy en su retiro dorado en París que pagamos todos los españoles, mientras eso sucede en las calles y las aulas, quien le nombró ministro, Mariano Rajoy,, subirá a la tribuna de oradores del Congreso para decirnos que esta vez va a pensar más en los ciudadanos, para tratar de convencernos, una vez más, de que ha aprendido la lección y que luchará contra la corrupción que le ahoga en los tribunales.
Cualquiera que se asomase esta tarde a las calles de Madrid se asombraría de que a escasos metros de donde se manifiestan profesores y alumnos, muchos de ellos con sus padres, Mariano Rajoy respire tranquilo porque, por fon, se ha salido con la suya y no tendrá que hacer mudanza. Y es que volverá a gobernar este país, porque así lo quisieron más de siete millones de españoles el pasado 26 de junio y porque un PSOE más que dividido se rindió este domingo. de espaldas a militantes y votantes, a los intereses de los de siempre, dando otra vez el gobierno al más impopular de los inquilinos que ha tenido el palacio de la Moncloa.
Cualquiera que se parase a pensar que centenares de miles de estudiantes se han matriculado en el último curso de bachillerato sin saber si tendrán que pasar una reválida, un examen a una sola carta, del que dependerá su acceso a la universidad y quién sabe si, también,, su título de bachiller y, por tanto, su futuro académico y quizá laboral, cualquiera que reflexionase pensaría que no es coherente premiar con otros cuatro años de gobierno a quien ha dejado y deja abiertas esas incógnitas sobre el futuro de nuestros hijos, mientras sigue colocando a sus fieles en puestos seguros, al abrigo de los vaivenes que les pueda deparar la justicia.
Cualquiera que contemplase todo esto con calma, desapasionadamente, no entendería nada, porque lo primero que debe exigir a los demás y debe exigirse a sí mismo cualquiera que se tenga por decente y pretenda que le tengan por tal, es un poco de coherencia, lo primero que se debe exigir es que su mensaje sea el mismo dentro y fuera de los muros de las sedes de sus partidos, en Feraz y en los barrios de cualquier ciudad, en campaña y fuera de ella, lo primero que deberíamos exigir a quienes elegimos para defendernos y para que defiendan nuestros intereses es que hagan precisamente eso, que no se dejen llevar por tacticismos ni estrategias que, poco a poco, les van alejando de nosotros hasta convertirlos, como ha pasado  con Felipe González, en monstruos irreconocibles por quienes una vez les votamos. Cualquiera que asista al triste espectáculo de ver como se fuerza a sus diputados a votar en contra de lo que creen y nos prometieron, bajo la amenaza de sanciones o de desaparecer de unas próximas listas electorales, se iría a llorar o a vomitar a cualquier rincón y renegaría de haber metido aquella papeleta en el sobre.
Pero, por desgracia, la incoherencia no sólo anida en el PSOE y sus votantes, tampoco en quienes se quejan del PP y lo critican en los taxis o en las colas del mercado. También está en quienes pretenden jugar a dos barajas, en quienes entienden que trabajar en la calle es rodear el Congreso al menos una vez al año, en quienes, ante el fracaso, ante la imposibilidad de lograr el soñado asalto a los cielos, se conforman con atrincherarse en la cúpula de su partido, con ser la cabeza del ratón en vez de la cola del león. Deberían dejar de mirar su ombligo, para mirar más por nosotros.
Ese es el gran problema de este país, en el que la hipocresía, la incoherencia y el "todo vale", son bandera de todos y en todas partes. Si todos, especialmente nosotros, nos esforzásemos en cumplir lo que decimo, en actuar de acuerdo con lo que pensamos, en no acogernos a la coartada de las mentiras blancas, en ser, en suma, coherentes, todo y para todos iría mucho mejor.


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