Imagen y semejanza, por Gabriel Merino

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Tennessee. 2012. Después de Cristo, que quede claro.

Ayer hizo cien años de la botadura del Titanic.  Pero hace ya más de 170 que zarpó el Beagle con Darwin a bordo, y no se hundió. O eso creíamos. De repente , los congresistas republicanos por el estado de Tennessee nos hacen volver esta semana al diluvio con Noé y el arca como origen de las especies. Patada en el bebes al racionalismo y negación de la evolución en los libros de ciencia, que no ya en los de religión. Creacionismo en estado puro: Adán, Eva, la manzana, la serpiente, el cosmos en siete días y a la mierda el big bang.

 

Así que no sé para qué estudiamos los hadrones, el bosón de Higgs, la indeterminación: ni para qué tanto CERN y tanta I+D+I –en Alemania, me refiero, aquí se recortan los presupuestos para esos cometidos científicos y no precisamente  para restaurar pasos de Salzillo, sino para pagar el sueldo y dar primetime en la pública a  los sermones de Reig-. Claro que en un país en que se arroga  para sí el nombre de la razón un periódico que sale cada mañana con esas portadas, pues a ver qué se puede esperar…

 

Nos quejamos de los integristas y nos asustan, eso sí, si imponen el hijab. Pero nos parece familiar y casi entrañable ver a la legión cantándole a un cristo yacente eso del novio de la muerte. ¡Algo tan alejado de la esperanza de vida de la palabra evangélica!. Para los que no creemos, es, por lo menos, chocante.  Y, naturalmente, alarmante.

 

Está visto que la ola conservadora que se impone lleva consigo un reflujo que, como avanzaba antes, quiere llevarnos de vuelta prácticamente –como aquella palomita que llevaba en el pico la rama de olivo- a la cima del monte Ararat. En Estados Unidos, aquí, en los parlamentos de hermanos musulmanes, en las candidaturas mormonas, en la cienciologia de Tom Cruise y en los recientes discursos conciliadores y ecuménicos del papa Ratz.

 

Parece que, una vez más,  volvemos a crear a dios a nuestra imagen y semejanza.

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