Iglesia, por Javier Astasio


Sólo en los últimos años del franquismo y primeros tiempos de la transición la iglesia católica española ha estado más o menos cerca de la sociedad real. Eran los tiempos de aquel obispo bueno y demócrata, Tarancón, para el que los fascistas pedían paredón, plantaba cara al franquismo en descomposición, tiempos en los que la iglesia era, para sindicalistas y vecinos, era refugio ante la persecución policial. Eran los tiempos de Añoveros, aquel obispo vasco que, con sus homilías, puso en jaque a un tiempo a Madrid y Roma.

Aquellos años de la iglesia fueron la lógica consecuencia del Concilio Vaticano II y la figura de dos pontífices, Juan XXIII y Pablo VI, que apearon el catolicismo de sus tronos, para acercarlo a la sociedad real, sus problemas y sus sentimientos. Yo aún recuerdo aquellos "recitales" de cantautores en alguna iglesia de mi barrio, para recaudar fondos con los que pagar multas y fianzas. Por aquel entonces yo ya no creía, pero la labor de aquellos curas que se la jugaban como el que más me merecía todos los respetos.

Hoy todo es distinto. Hace tiempo que los obispos no piensan en que pueden hacer por la sociedad. Hace tiempo que sólo piensan en qué es lo que pueden sacar de la sociedad para alcanzar su meta en la curia. Bien es verdad, y sería injusto olvidarlo, que hay una parte de la iglesia, las más de las veces al margen de su jerarquía, que trabaja por la gente que lo pasa mal a través de Cáritas, aprovechando la estructura que siempre han tenido las parroquias y los fondos que reciben de ayuntamientos y gobiernos. Es esa iglesia, no siempre conforme con los obispos, la que enarbola Rouco para hacerse perdonar impuestos como el IBI, mediante el chantaje a la sociedad toda.

Es curioso que cuando más lejos está la iglesia, al menos sus obispos, de la gente más empeño tienen en meterse en su cama para decidir cómo y con quién la comparte, al tiempo que tiende sus redes en el que, desde hace siglos ha sido su mayor negocio, la enseñanza, mediante el cual llena sus arcas y perpetúa su impronta en las clases dominantes.

Lo peor de todo es que, desde que estamos en democracia, los poderes públicos, incluso gobiernos con mayoría absoluta de izquierdas, han tirado la toalla a la hora e plantarle cara a la iglesia. Han tenido miedo de hacer frente a tan colosal rival y éste, que se alimenta de miedo, ha engordado y se ha crecido cercándole en asuntos como el aborto o el matrimonio para todos. Ni Felipe González ni Zapatero han tenido el valor suficiente para hacerle frente. Tanto Guerra como Fernández de la Vega han renunciado a limar los privilegios de la iglesia que, en este país, son muchos.

Ahora, con andanadas en contra de la prensa que representa los interesas de los privilegiados, el PSOE quiere retomar esa batalla, reclamando a los obispados el pago del Impuesto sobre Bienes Inmuebles del que ahora están exentos por uno de esos vacios legales que, ayudado de la apatía que manifiestan los gobernantes cuando se trata de hacer frente a los colosos, le ha permitid extender la exención de pagarlo por los locales de culto a viviendas, garajes y quién sabe si el piso de alguna barragana.

Ayer mismo escuché a Gaspar Zarrías hablando de esta campaña, admitir que se había perdido la oportunidad de afrontar el asunto en pasadas legislaturas. Creo que lo de Zarrías, sin dejar de ser verdad, son lágrimas de cocodrilo que habrá que ver en qué quedan cuando en el futuro, si es que llega, vuelvan a ocupar el poder, porque, de verdad y pese a todo lo demás, ese es el mayor reproche que le hago y le hará siempre a Zapatero; no haber cogido el toro por los cuernos, para poner a la iglesia en su sitio.

Hoy se sienta Javier Krahe en el banquillo acusado de injurias y no sé qué más a la iglesia y sus dogmas por un cortometraje rodado hace 25 años. Es una consecuencia intolerable de todos los miedos que han impedido a este país alcanzar su libertad plena. A Krahe s ele piden 192.000 euros por ello y yo me pregunto cuánto habría que pedir a todos esos articulistas camorristas que cada mañana se empeñan en acabar con la buena fama de quien no les gusta en la mayor de las impunidades. Seguro que, ni con el agujero de Bankia, habría suficiente.

Sólo en los últimos años del franquismo y primeros tiempos de la transición la iglesia católica española ha estado más o menos cerca de la sociedad real. Eran los tiempos de aquel obispo bueno y demócrata, Tarancón, para el que los fascistas pedían paredón, plantaba cara al franquismo en descomposición, tiempos en los que la iglesia era, para sindicalistas y vecinos, era refugio ante la persecución policial. Eran los tiempos de Añoveros, aquel obispo vasco que, con sus homilías, puso en jaque a un tiempo a Madrid y Roma.

Aquellos años de la iglesia fueron la lógica consecuencia del Concilio Vaticano II y la figura de dos pontífices, Juan XXIII y Pablo VI, que apearon el catolicismo de sus tronos, para acercarlo a la sociedad real, sus problemas y sus sentimientos. Yo aún recuerdo aquellos "recitales" de cantautores en alguna iglesia de mi barrio, para recaudar fondos con los que pagar multas y fianzas. Por aquel entonces yo ya no creía, pero la labor de aquellos curas que se la jugaban como el que más me merecía todos los respetos.

Hoy todo es distinto. Hace tiempo que los obispos no piensan en que pueden hacer por la sociedad. Hace tiempo que sólo piensan en qué es lo que pueden sacar de la sociedad para alcanzar su meta en la curia. Bien es verdad, y sería injusto olvidarlo, que hay una parte de la iglesia, las más de las veces al margen de su jerarquía, que trabaja por la gente que lo pasa mal a través de Cáritas, aprovechando la estructura que siempre han tenido las parroquias y los fondos que reciben de ayuntamientos y gobiernos. Es esa iglesia, no siempre conforme con los obispos, la que enarbola Rouco para hacerse perdonar impuestos como el IBI, mediante el chantaje a la sociedad toda.

Es curioso que cuando más lejos está la iglesia, al menos sus obispos, de la gente más empeño tienen en meterse en su cama para decidir cómo y con quién la comparte, al tiempo que tiende sus redes en el que, desde hace siglos ha sido su mayor negocio, la enseñanza, mediante el cual llena sus arcas y perpetúa su impronta en las clases dominantes.

Lo peor de todo es que, desde que estamos en democracia, los poderes públicos, incluso gobiernos con mayoría absoluta de izquierdas, han tirado la toalla a la hora e plantarle cara a la iglesia. Han tenido miedo de hacer frente a tan colosal rival y éste, que se alimenta de miedo, ha engordado y se ha crecido cercándole en asuntos como el aborto o el matrimonio para todos. Ni Felipe González ni Zapatero han tenido el valor suficiente para hacerle frente. Tanto Guerra como Fernández de la Vega han renunciado a limar los privilegios de la iglesia que, en este país, son muchos.

Ahora, con andanadas en contra de la prensa que representa los interesas de los privilegiados, el PSOE quiere retomar esa batalla, reclamando a los obispados el pago del Impuesto sobre Bienes Inmuebles del que ahora están exentos por uno de esos vacios legales que, ayudado de la apatía que manifiestan los gobernantes cuando se trata de hacer frente a los colosos, le ha permitid extender la exención de pagarlo por los locales de culto a viviendas, garajes y quién sabe si el piso de alguna barragana.

Ayer mismo escuché a Gaspar Zarrías hablando de esta campaña, admitir que se había perdido la oportunidad de afrontar el asunto en pasadas legislaturas. Creo que lo de Zarrías, sin dejar de ser verdad, son lágrimas de cocodrilo que habrá que ver en qué quedan cuando en el futuro, si es que llega, vuelvan a ocupar el poder, porque, de verdad y pese a todo lo demás, ese es el mayor reproche que le hago y le hará siempre a Zapatero; no haber cogido el toro por los cuernos, para poner a la iglesia en su sitio.

Hoy se sienta Javier Krahe en el banquillo acusado de injurias y no sé qué más a la iglesia y sus dogmas por un cortometraje rodado hace 25 años. Es una consecuencia intolerable de todos los miedos que han impedido a este país alcanzar su libertad plena. A Krahe s ele piden 192.000 euros por ello y yo me pregunto cuánto habría que pedir a todos esos articulistas camorristas que cada mañana se empeñan en acabar con la buena fama de quien no les gusta en la mayor de las impunidades. Seguro que, ni con el agujero de Bankia, habría suficiente.


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