Hurgando en la basura, por Javier Astasio

 
 
El Tribunal Supremo acaba de garantizar el derecho de los ayuntamientos, del Ayuntamiento de Madrid en concreto, a hurgar en las basuras de sus vecinos para comprobar que cumplan con la obligación de reciclar sus residuos y, si no lo hacen, investigar la procedencia de esa basura con el fin de multar al vecino en cuestión o a la comunidad a la que pertenezca. Un asunto feo donde los haya este de andar olisqueando cáscaras de naranja, mondas de patata, restos de comida y cualquier carta o documento que lleve a identificar al culpable.
No deja de ser curioso que se conozca la sentencia horas antes de que arranque la comisión municipal de investigación de la tragedia del Madrid Arena, en la que el ayuntamiento que hoy preside Ana Botella, pero que conformó a su imagen y semejanza Alberto Ruiz Gallardón, se ha encargado de poner veto a cualquier intento de revisar los hechos y sus antecedentes, para que podamos saber de una vez de quién es toda la basura enterrada en el pabellón.
Es feo, muy feo, eso de andar olisqueando la basura de nadie. Recuerdo que se dijo que, cuando el dictador Ceaucescu visitó al dictador Franco, en el personal de la residencia que le fue asignada al rumano, se había infiltrado a alguien con la misión de revisar sus "caquitas" para poder diagnosticar de ese modo sus enfermedades. Misión tan delicada sin duda como penosa para el espía que, al final, ni siquiera pasaría a la Historia, porque, a diferencia del dictador gallego, murió fusilado quién sabe por quién para que no compartiese sus oscuras relaciones, y no en manos de su yerno ensartado en tubos y cables.
Admitida la práctica por el supremo habrá que buscar un nombre para el equipo de funcionarios que se ocupe de esa actividad que podríamos llamar coproespionaje. Un nombre y quizá un uniforme. Habrá que determinar también si deben llevar a cabo su trabajo escoltados por la Policía Municipal y asistidos por notarios que den fe del resultado de sus pesquisas o por funcionarios judiciales que autoricen el registro. En cualquier caso va a ser complicada y nada agradable su tarea.
Lo único deseable es que quienes husmeen nuestras bolsas tengan la delicadeza de respetar las cartas de amor y las que revelen oscuros secretos de familia. Eso por no hablar de los enfermos que dejamos en los contenedores las huellas de nuestros males. También habrá que determinar qué deben hacer, si en tiempos de penuria y desconfianza hacia los bancos como estos, encuentran el calcetín de los ahorros, tirado por error a la basura ¿Debe aplicarse ese "para el que barre" que recoge la filosofía popular?
Feo asunto éste. Feo asunto, sobre todo ahora que vemos cómo cada vez pagamos más para que nos recojan las basuras y, sin embargo, lo hacen más de vez en cuando y peor. Feo asunto porque todos sabemos que entre las basuras no sólo crecen las ratas, algunas como conejos, sino la corrupción y las mafias. Feo asunto, porque el ayuntamiento habla de una ciudad de papel que nada tiene que ver con la realidad de los barrios en las que no hay contenedores suficientes y, si los hay, los queman por puro gamberrismo y porque no hay policía encargada de protegerlos como el bien público que son.
En mi calle, por ejemplo, con un mercado municipal ocupando una de sus aceras, la basura se amontona alrededor de unos contenedores insuficientes y, cuando se recoge, se exprime allí mismo para que el zumo de frutas, verduras y quién sabe qué más riegue y perfume la calzada.
Dudo que encuentren funcionarios dispuestos a meter sus manos en esos revoltijos y, si los hay, tendrán que pelearse con quienes, cada vez, más buscan entre lo que tiramos algo que les permita comer ese día y, con un poco de suerte, rescatar y reparar algún cacharro que tiramos porque lo consideramos inservible o pasado de moda.
Me preocupa que alguien meta sus narices en mi bolsa de basura. Me preocupa y me disgusta, porque prefiero que el ayuntamiento ponga los medios para que reciclemos y eduque a pequeños y grandes en la cultura de que, con un pequeño esfuerzo y los medios adecuados, reciclar es trabajar en pro del bien común y del futuro de nuestros hijos.
Lo otro es el sueño de un oscuro caballero, Gallardón, que, en lugar de poner las leyes al servicio de los ciudadanos, las pone a perseguirles para exprimirles a base de multas y tasas con las que tapar sus agujeros y pagar sus faraónicos proyectos.
 
 
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