Huelga general, por Javier Astasio

A estas horas en que os escribo, muchos españoles ejercen su derecho a la huelga, una huelga que, por la escasez de información facilitada por el Gobierno y gracias a los escasos datos fiables que se van conociendo, parece que va ser un éxito y que va a transcurrir civilizadamente.

Vivo frente a un mercado y hoy, al contrario de lo que ocurre otros días, no me han despertado el ruido de las carretillas ni las voces de quienes cada día, desde las seis de la mañana, descargan el "género" que ponen a la venta. Es sólo un síntoma, quizá aislado, pero a mí me ha llenado de satisfacción.

En esta ocasión, al contrario de lo que era habitual en otras convocatorias, el sentido común ha llevado a gobiernos y sindicatos a acordar unos servicios mínimos suficientes para garantizar derechos, pero no abusivos para que se pueda evidenciar el calado de la protesta, algo que, sin duda, contribuirá a dar tranquilidad a la jornada.

Si las cosas son como parece que son a estas horas, habrá que contabilizar la jornada como un éxito y habrá que hacerlos por muchas razones. La primera, porque los sindicatos no gozan en estos tiempos, después de tantos años sentados a la mesa del poder, del mayor de los prestigios. También hay que tener en cuenta que la convocatoria ha sido precipitada, quizá porque no podía ser de otra manera, y, muy fundamentalmente, porque el Gobierno no ha dado muestras de estar dispuesto, sea cual sea el éxito de la convocatoria, a modificar la Reforma Laboral que está en el origen de la protesta.

Eso en términos generales. En lo particular o, mejor dicho, en lo personal, cada trabajador tiene razones individuales para hacer o no hacer la huelga que tienen mucho que ver con la situación que vivimos. A muchos de ellos, les cuesta, con su sueldo mileurista, mordido por los últimos recortes, llegar a fin de mes y, por ello, asumir la pérdida del salario de un día, junto a la parte proporcional de las pagas extraordinarias y qué se yo cuantas cosas más, no les hace ni puede hacerles mucha gracia. Esa que, en muchos casos es una excusa justificada, en otros es la coartada perfecta con que muchos tranquilizan su conciencia. Es entonces cuando algunos se ofrecen voluntarios para cubrir los servicios mínimos o quienes esperan ser agraciado con la lotería de quedar asignado a ellos, algo, como digo, perfectamente justificable en estos tiempos de penurias. Sin embargo, no hay que olvidar que hay partidarios de la huelga que, pese a tener que cumplir esos servicios mínimos, asumen esos descuentos y los donan a su sindicato o bien a cualquier iniciativa solidaria. Por el contrario, también hay quienes aprovechan las circunstancias para "hacer méritos" ante sus jefes. Y, cómo no, están, y ahora mucho más, quienes están siendo coaccionados por sus patrones para no secundar la huelga bajo la amenaza del despido, algo que, precisamente, facilita la reforma contra la que se protesta.

En fin, sea cual sea el seguimiento que tenga la huelga que, pese a lo que vocean quienes quieren hacernos creer que es inútil, caprichosa e irresponsable, supone un enorme sacrificio para quienes la siguen, algo que no debemos olvidar, sin duda servirá para que el Gobierno sepa qué piensa el país de sus medidas y para que los que se oponen a ellas midan su fuerza.

Yo que, como pensionista, no puedo hacerla, he de limitarme a apoyarla porque, no lo olvidéis, si no hacemos nada, la avidez de los de siempre no se conformará con lo que ya nos ha quitado y nos devolverá a la "esclavitud" de aquello que, supongo que con ironía, dimos en llamar "Revolución Industrial".


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