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Hoy como ayer, por Javier Astasio

 
Me levanto hoy un poco más aliviado del maldito catarro que me persigue desde hace semanas y esa buena sensación ir escapando poco a poco a esa tos compulsiva de cada mañana se suma, para arruinarla, la imagen que me asalta desde la radio, la imagen de una Barcelona, orgullosa hasta hace poco de sí misma aquella, que siguiendo la consigna del añorado alcalde Maragall, se puso guapa y se puso guapa para todos, sembrada ahora de barracones en solares ahora vacíos, barracones unos encima de otros, en los que el ayuntamiento más ilusionante de los últimos años tiene previsto alojar a las familias que esperan una vivienda de alquiler social, porque la ciudad destino de millones de turistas es incapaz de devolver a sus vecinos toda esa riqueza que presuntamente deberían crear los arrastra dores de maletas, capaces de pagar por un espacio miserable que, sumado a otros iguales o parecidos, expulsando así a los vecinos "de toda la vida", los que dan vida y color a barrios y ciudades, incapaces de competir con el turista de fin de semana.
Puede que quienes apuestan por esta solución, de cuya buena voluntad no dudo, pretendan evitar que la ciudad se quede sin gente "de verdad", que se convierta en un mero decorado fiestas y borracheras, pero hacer lo que pretenden conlleva graves peligros. El primero el del desarraigo, el exilio interior, que supone vivir en una "cajita", sobre la colina o no, provisional siempre, sin historia y sin futuro.
Yo las he visto. Tengo suficientes años para ello, frías, desangeladas, húmedas, ardientes en verano y, sobre todo, sin el más mínimo calor de hogar, como almacenes para ciudadanos de segunda clase, sin la más mínima esperanza de poder salir del agujero, nidos de miseria y enfermedad que, en absoluto, restituyen, como pretenden, lo que, por justicia social, les corresponde.
Lo malo es que esto que sucede hoy en Barcelona y, al paso que vamos, acabará volviendo a pasar en Madrid, no parece preocupar a quienes nos gobiernan o pretenden gobernar. Lo peor de todo es que tampoco parece preocupar a quienes, sin saberlo, son o pueden acabar siendo carne de barracón, sin bienestar, sin futuro, exhortados a ahorrar para pagarse lo que el Estado les debe, las pensiones, la educación de sus hijos o la sanidad de todos, por los mismos que se han comido su queso y sus ahorros, para enterrarlos en cualquier paraíso fiscal.
Hoy publica EL PAÍS una encuesta que da la victoria a Ciudadanos en unas próximas elecciones, un panorama terrible que a mí me recuerda a aquel Aznar de su primera victoria, con sus garras liberales, con sus fauces escondidas tras aquel bigote, con su pelo engominado de vampiro de sainete, dispuesto a saltar sobre muestro futuro para saciarse con él y entregar después la presa a sus amigos ultraliberales, los de los fondos buitres y las guerras.
Por más que me cuenten cuentos, no soy capaz de ver en Ciuddanos otra cosa. Pocas veces se ha mojado y, cuando lo ha hecho, se ha puesto siempre del lado, si no del PP, sí de sus padrinos, mucho más cerca de los intereses de la banca que de toda esa gente que, ciega está dispuesta a votarles. De momento ya se ha hecho con amistades interesantes. Por ejemplo, ese diario EL PAÍS, con la SER incluida, "cada vez más ciudadanizados", como dijo ayer Miquel Iceta, para quienes no cabe la menor crítica a Rivera, el nuevo Aznar, o los suyos. Ya son sus amigos y les va a sacar partido, el mismo que esos y otros medios sacarán de una administración que considerarán un poco suya y que, luego, a pesar de la decepción, ayudarán a sostener.
De ahí mi depresión, porque, ahora con Internet, con televisión a la carta, con fútbol a todas horas y una aparente libertad de expresión siempre vigilada, las cosas vuelven a ser hoy como ayer.