Hambre e impuestos, por Javier Astasio


Henos aquí, hablando desde hace ya tres días de lo que dijo o no dijo el rey a sus allegados sobre su abdicación, de las fechas que barajó para ello o de los detalles de la ceremonia de proclamación, que no coronación como dicen algunos en este país desmemoriado y peor ilustrado en la que ha sido su historia reciente, cuyos informadores parecen ignorar sin que nadie les rectifique que el rey Juan Carlos nunca se ciñó la corona... llevamos tres días hablando, decía, mientras profesores y padres de alumnos temen la llegada de las vacaciones, porque saben que muchos de sus alumnos, de sus hijos dejarán de recibir la única comida decente que hacen al día, precisamente la que les sirven en el comedor escolar, que cerrará sus puertas el último día de este mes.
Cuentan algunos maestros que, cuando regresan sus niños de un fin de semana largo o de uno de esos puentes endemoniados  que salpican el calendario laboral en este país, los encuentran cansados, faltos de atención y somnolientos, que cuando les sirven la comida, se abrazan a ella como sólo un niño sabe abrazar aquello que quiere, necesita y sabe que puede perder: una madre, un juguete o un plato de comida. Lo saben los maestros y lo saben, y lo padecen, los niños y sus padres, que a duras penas reúnen el dinero imprescindible para pagar el alquiler o la hipoteca y algún que otro recibo urgente, con una barra de pan, chóped, un litro de leche y algo de pasta y salsa de tomate tienen que oficiar cada día el milagro de una cena. Y lo sabe, cada vez más, la calle.
No lo sabe este gobierno, no lo saben estos gobiernos, estos partidos inhumanos, que, para no tener que tomar medidas o parea que la realidad no les estropee su cuento de hadas, lo niegan. Lo acaba de hacer el presidente madrileño que ha negado con rotundidad la existencia de niños malnutridos en su territorio, para no tener que forzar la apertura de los centros escolares, para que, en ellos, voluntarios y organizaciones no gubernamentales sigan sirviendo esas comidas milagrosas que resuciten a nuestros niños.
Ignacio González, que no ha visto malnutrición en su ático de Marbella y ve guerrilleros en Podemos y lucha armada en su programa, prefiere ignorar a estos niños que podrían estropearle su plan maestro tan ajado ya y tan alejado de la realidad que podría, esta vez, no servir para ganar otras elecciones, si es que, desde su cueva de Génova, el gallego impasible decide que sea el candidato.
Ese plan maestro no es otro que anunciar una nueva bajada de impuestos, adelgazar aún más la caja de todos para llenar la bolsa de algunos, haciendo creer a unos cuantos imbéciles, lo siento pero ese es el calificativo que me merecen quienes no escarmientan, que defienden sus intereses y no el de los empresarios, rentistas y oligarcas.
Estoy seguro de que el todo aparato, toda la pompa, toda la circunstancia que se exhibirá para celebrar la proclamación de Felipe VI como rey nos va a costar más que mantener abiertos los colegios españoles para repartir comidas entre los niños de familias al borde de la pobreza. Esa y no otra es la España real, la que no consigue ocultar la propaganda y, encuesta tras encuesta, aflora en los datos, algunos del propio Gobierno. Sería un bonito regalo del nuevo rey a los españoles renunciar a todos esos fastos y entregar ese dinero a quienes, desde la calle, desde la realidad, tratan de poner remedio a esta locura cruel e injusta en que vivimos.
Ahora bien, llegado a este punto quiero dejar claro que, pese a lo encomiable de la labor de los bancos de alimentos como el de Madrid o la fundación Educo, esta solidaridad de urgencia, un poco por sentido de culpa, un poco por demostrarnos que somos mejores, no debería nunca suplir a la verdadera solidaridad, la que según Zapatero ya no sería de izquierdas, que no es otra que la de recaudar de manera razonable y justa los impuestos, a los ricos, más, a los que obtienen riqueza de su riqueza, más también y a los trabajadores, lo justo.
Esa es la verdadera solidaridad y os aseguro que si esa solidaridad funcionase no habría hambre ni niños derrotados por ella en los colegios.


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