Gritarse en el espejo, opinión de Javier Astasio

 
 
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que manifestarse en Madrid era para algunos casi como ir al club de campo, tomar el té en Embassy o el aperitivo en José Luis. Eran tantas las manifestaciones convocadas y por tantas cosas, todas contra Zapatero, que la hostelería, los musicales de la Gran Vía y los empresarios de autobuses hicieron su agosto, tanto que yo no descartaría que la crisis turística del último año tenga que ver con el abandono de tan buena costumbre, porque, aunque los sindicatos tomaron el relevo, ya se sabe que los obreros sin más de "tirar" de bocadillo e ir y volver en el día.
Nunca me gustaron las manifestaciones de quienes hasta entonces nunca se habían manifestado, me recordaba demasiado a todas aquellas manifestaciones de empresarios y a las caceroladas de señoras ricachonas que en el Chile de Allende prepararon el caldo de cultivo para el sangriento golpe de Estado que, con la cobertura de los Estados Unidos, acabó llegando. Y no sólo por eso. También, porque normalmente se manifiesta quien no tiene otro medio de hacer oír su voz y, a quienes acudían a la Plaza de Colón de Madrid domingo sí, domingo no, tras la pancarta de los obispos o de las tan oportunamente radicalizadas y sospechosamente hiperactivas asociaciones de víctimas del terrorismo, tienen a su servicio la práctica totalidad de los medios de comunicación para hacerse oír.
No es que yo quiera negarle el derecho de manifestación a nadie. Lo que quiero decir es que detrás de aquellas pancartas con sus lemas, justificados o no, se gritaban consignas que poco o nada tenían que ver con la legalidad. Pero, a la vista está, quienes, desde la sombra o a plena luz, las alentaban consiguieron lo que pretendían que no era otra cosa que hacer mucho ruido y movilizar a una parte importante de su electorado, algo que, por cierto, la izquierda llevaba años sin hacer.
Al PP le vinieron muy bien todas aquellas movilizaciones, seguro que de ellas nacieron amistades y noviazgos y, no me cabe la más mínima duda, afiliaciones. Pero, es lo que tiene prometer lo que no se puede cumplir y mentir o decir las verdades a medias, todo aquello, el domingo, puede volver contra quienes diseñaron aquella campaña de acoso al gobierno de Zapatero.
El Partido Popular, prisionero de toda su demagogia contra el terrorismo, acaba de anunciar que se sumará a la manifestación de la Plaza de Colón, cumpliendo mi teoría de que, si alguien apuesta por definirse, única y exclusivamente, por oposición al otro, cuando ese otro cambia o, simplemente, él mismo acaba ocupando su lugar, antes o después acaba enfrente de sí mismo. Es lo que le ha ocurrido al PP que se ha llenado la boca de acusaciones destinadas a atribuir lo que son decisiones de la judicatura a los gobiernos, si ese gobierno es de otros, claro, y a prometer lo que en absoluto está en su mano cumplir.
 
Por eso, porque se van a mezclar con quien pedirá a Rajoy que incumpla la ley y gritará contra un Tribunal cuyos fallos debe acatar el estado español en virtud de tratados internacionales y porque no quieren dejar de aparecer entre ese electorado que tan paciente y eficazmente entrenó, el próximo domingo, gran parte del partido popular y de sus electores estará frente al gobierno, como gritándose frente al espejo. O, quién sabe, a lo mejor hay alguien manejando los hilos por detrás, rentabilizando el dolor y la intransigencia de las víctimas, para algo más inconfesable.
 
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