Gratis total, por Gabriel Merino

Concierto de clave en la Junta Municipal. Entrada gratuita. Niños, jubilados, señoras que entran y salen de la sala como si fuera un puesto del mercado o el H&M en rebajas del 70%.

Ambulatorio. Médico de cabecera. Número 63, como si fuera la cola de la charcutería: faltan 35 números aunque es la hora que me han dado. Delante, el señor abonado cada tarde al médico, la hipocondríaca de los jueves, el del placebo…

Fiestas de barrio: juegos infantiles en el parque. Niños bestias que acaparan el castillo hinchable, adolescentes que hacen cola por decimoquinta vez para el toro mecánico, gente que pasa por cada caseta de asociaciones preguntando que si regalan algo.

Esto es así. Todo lo que se da gratis parece que no cuesta dinero. Cuando en un sitio hay acceso, disponibilidad o entrada gratuita parece menos valioso: si dan refrescos gratis, hay vasos llenos o tirados por el suelo en todos los sitios. Si tiran caramelos, la gente se lleva las bolsas para llenarlas y luego dejarlas tiradas por ahí. Si el acceso al acto es libre, los espectadores le tienen menos respeto al ponente o actuante y lo consideran menos que si fuera el niño aporreando el tambor en el salón de casa.

Eso si: si por entrar a un parque público te cobran 50 céntimos simbólicos, los parterres lucen, las bombillas iluminan y las flores no se arrancan. ¡Hemos pagado!. Es triste, pero estamos acostumbrados así de mal. Pagar parece que da caché a las cosas per se: la sociedad médica, el abogado de campanillas, el cole uniformado. Es el gran error de lo público. Nunca se ha hecho valer. Y nunca ha hecho conocer al contribuyente que lo está pagando. Por eso los yankis vienen a España a que les pongan la cadera en un hospital público, que la ponen muy bien y encima se cachondean de que nuestro sistema sea absurdo o de tontos.

La foto es del parque Europa -¿aviso subliminal para navegantes?- de Torrejón: un espacio público donde por hacer casi todo hay que pagar una cantidad simbólica. Cientos de personas van allí como si fuera un parque Warner o una disneylandia barata, con respeto por las instalaciones y, además, alabando lo bien que funciona.

Ahora dicen que cualquier país europeo civilizado que se precie te cobra por entrar por urgencias si el médico considera que le estabas echando cuento o morro. Yo tengo mis dudas, pero todo lo que se cobra simbólicamente, desde unos fuegos artificiales a un bocata, parece que es mejor, aunque sea público.

¿Me estaría equivocando yo de cabo a rabo con lo que es el bienestar?

 

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- Blog del autor: A mí me obligaron

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