Gran Salón. Pequeña ventana, por Ana Sastre (@_asastre)

Líderes irresponsables, una élite entusiasta del lujo, una clase media relajada y un sector rural y manufacturero explotado. Salvo por la última mención, pongamos clase trabajadora a modo de categoría general, la descripción de la sociedad actual china bien podría tratarse de un autorretrato occidental.

Aún así y sin embargo, el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PPCh) está atrayendo gran parte de la atención mundial y con ello toda clase de augurios y consejos. El mundo habla del milagro chino durante la década prodigiosa y del heredero del partido, que cabalgará a lomos del dragón mágico en los diez años venideros, cuando adelantará por la derecha ni más ni menos que a EEUU. Las tragedias del milagro se tienen en cuenta, para señalar que el PCCh tiene que renovarse o morir.

Pero las sombras del “milagro” chino son muchasLas que derivan del autoritarismo de un régimen unipartidista, hasta las que proyectan las reformas económicas de 1978 a cargo de Geng Xiaoping, que hicieron de China un estado económicamente capitalista.

El salto económico del país en la última década ha sido en gran parte,  gracias a 200 millones de migrantes que han dejado el campo, en busca de trabajo en la ciudad. Atraídos no sólo por el desarrollo industrial, los campesinos chinos se han visto obligados a migrar, al perder las tierras cedidas por el Estado que ahora confisca para seguir en la senda del desarrollo y la especulación inmobiliaria. La corrupción de las autoridades locales y la justicia, va de la mano del “gran milagro” económico, también generador de desigualdad social y gran depredador medioambiental. Según los estándares de la Organización Mundial de la Salud, menos del 1 por ciento de las 500 principales ciudades chinas, cuenta con un aire lo suficientemente limpio.

El país que dejan Hu Jintao como presidente y Wen Jiabao como primer ministro, ha cambiado mucho desde que lo recibieron hace una década. El descontento de la población también ha aumentado y se hace notar a pesar de la censura y del negacionismo oficial. Durante los primeros días del Congreso, otro monje tibetano se prendía fuego. Ya son 68 los tibetanos que se han quemado a lo bonzo desde que empezó la última oleada en marzo de 2011, y el discurso oficial sigue negado que exista un conflicto que resolver.

Y en Internet y en las mismas calles…pasa más de lo mismo. La población china ha demostrado en esta década, saber cómo sortear la censura del régimen en las redes, tratando temas delicados para el partido, a base de seudónimos y juegos de palabras. Mientras, una centena de manifestaciones locales preocupadas por el impacto ecológico de la industria, han logrado paralizar diversos proyectos.

El primer ministro saliente Wen Jiabao conoce los peligros a la que se enfrentan sus sucesores en este sentido. Si la población está descontenta se revelará contra el partido, dictaría la teoría general. Así pues, en su discurso ayer en el Congreso, Wen Jiabao hizo un alegato contra la corrupción como ya había hecho también en el acto de apertura, el presidente saliente Hu Jintao. La cúpula del Estado se preocupa por la corrupción, con la consecuente sorpresa que genera , después de que The New York Times revelara hace una semana que el entorno familiar del primer ministro posee participaciones en una amplia red de empresas por valor de 2.700 millones de dólares. Una fortuna labrada en paralelo al ascenso en su carrera política.  

De momento se desconoce el camino que tomarán los futuros líderes del partido una vez que el Congreso designe, como se supone, a Xi Jinping como nuevo secretario general del PCCh y futuro jefe de Estado y Li Keqiang como Jefe de Gobierno y número dos del partido.

Pero lo que quizá si parezca más claro es que las sombras y luces que se proyectan en el Gran Salón del Pueblo tienen muchas lecturas. Sobre monitorización de las redes, sobre el impacto ambiental del crecimiento económico y la sociedad de consumo, sobre corrupción y un largo etcétera, sabemos todos un poco. Quizás lo que los “camaradas” se juegan, también lo arriesgan otros. La misma historia china demuestra , que contra el mundo de la decadencia se puede levantar desde la dinastía Ming cuando caía a manos de los Qing, hasta los revolucionarios comunistas nacidos de la república de los Qing. 

En mi pequeño salón, a mí la ventana desde la que miramos se me hace pequeña.

 

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