Gracias, por Gabriel Merino

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Mi hija está diagnosticada hace años de dermatitis, de alergias y de asma asociado al esfuerzo. Hace vida normal, Claro, la de una adolescente de su edad. Lleva encima el Ventolin pero baila, nada, hace ejercicio, sale al campo y supongo que nada la hace diferente de las otras niñas de catorce años.

Esta tarde, cuando salia de su clase de baile, ha tenido un fuerte ataque asmático y, con eso del frio, ha tenido que sentarse en un banco para intentar recuperarse. Buscó el ventolín en un bolsillo del abrigo y ¡cosas de adolescentes!, con eso de las modas, las prisas y la falta de método que caracteriza a su edad, se lo había dejado en otro. Cuando me ha llamado al móvil, parecía que estaba ahogándose pero, afortunadamente, estaba pasando por delante del ambulatorio del barrio, que debo señalar que no tiene servicio de urgencias. Le pregunté: “¿Puedes llegar a casa?”. “No”- me contestó. “Entra en el ambulatorio y explica lo que te pasa al primer médico”. Mientras me ponía a toda prisa unos pantalones, unos zapatos y un abrigo para ir a buscarla, mi hija ha hecho eso.

Cuando llegué al ambulatorio, ya estaba diagnosticada por un médico y estaba siendo tratada por una enfermera en un box del centro. Casualmente me crucé con su pediatra –con el que acaba ahora, que pasará a depender del médico general de familia- en el hall del ambulatorio, que conoce personalmente su historial y me dijo dónde la podían estar haciendo la revisión. Efectivamente: de momento nadie le había pedido ni su nombre ni su filiación pero, a la vista de que se ahogaba, ya le habían conectado el oxígeno. Una vez consultada su ficha, le han pegado un chutazo de urbasón. Antes incluso de que su alarmado padre llegara.

El que es actualmente mi médico de cabecera, que estaba de guardia, pero no conocía a mi hija; nuestra enfermera, que también estaba de guardia, y un ayudante sanitario han tranquilizado y estabilizado convenientemente a mi hija de este pequeño ataque en el tiempo en que yo llegaba al centro. Sin pedir tarjeta ni pasta por adelantado. Cuando he llegado me han explicado escuetamente lo que pasaba y, una vez tratada, hemos pasado a consulta donde, además del diagnóstico, la han tratado para los próximos diez días y la han citado para revisión el próximo lunes.

Justo antes de que abandonara la consulta de mi médico de cabecera, el que ha atendido de urgencia a mi hija sin saber quien era ni pedirle ficha ni tarjeta sanitaria, los compañeros enfermeros y ayudantes sanitarios han entrado a la consulta para recordarle que eran las siete de la tarde y que tenían cacerolada en la puerta. Y mientras Aurora –ya estabilizada- y yo salíamos del ambulatorio nos hemos encontrado con nuestra enfermera de siempre, nuestro pediatra de siempre, las chicas de atención al paciente, médicos, ayudantes y otros facultativos del centro manifestándose con cacerolas en la puerta contra la privatización – sólo de gestión dicen- que pretende hacer de nuestro eficiente y humano centro de barrio el presidente títere de la condesa y ese consejero Lasquetty, a quien yo hasta ahora no he visto curar a nadie pero sí mentir.

Y entonces me he preguntado qué le habrían dicho a mi hija en el ambulatorio si la gestión del centro, en vez de ser pública hubiera sido, ya, privada: igual le habían mandado a casa, igual no le habían atendido sin tarjeta o igual le habrían pedido -¡nerviosa y sin pasta entró ella!- que pagara el servicio que le iban a prestar por adelantado.

Al equipo médico público que me atiende a mí y a mi familia las veces que nos ponemos enfermos –y no somos dependientes ni gorrones ni abonados, ni abusones- sólo puedo decirles una cosa. Hoy he visto, una vez más, que atienden al paciente –al que está en listas y al que no- porque son médicos y es su profesión, no gestores ni funcionarios: gracias.

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