Gotzon, por Javier Astasio

 
 
Hoy es tal el hastío, la náusea que siento al reencontrarme en la radio, como cada mañana, con el país de sinvergüenzas en el que vivo, que necesito hablaros de algo hermoso y qué más hermoso que la amistad. Una amistad que en este caso me vino de la mano de otro amigo, Rodolfo, un viernes como hoy de hace apenas tres meses.
Fue entre cañas, algún que otro vermú y el bullicio de una cervecería de la calle Toledo. Llegué un poco más tarde que de costumbre a esa cita indeterminada -nunca sabemos cuántos ni cuándo iremos a comer- de todos los viernes y, entre los amigos, había una pareja que no conocía, más que guapos, hermosos, pelo blanco los dos y ojos, azul intenso los de él, y de un verde indescriptible los de ella. Eran, son, Gotzon y Maxen. Escultor él y librera valiente ella. Me los presentó Rodolfo que, como siempre hace con sus amigos, me los puso por las nubes, una mala costumbre suya, porque., luego, un tiene que ponerse a averiguar cómo son en realidad. Sin embargo, tengo que admitir que, en este caso, iba sobrado de razón.
Fue escucharles hablar, con esa música tan bonita que le ponen a las palabras los guipuzcoanos, y recordar aquellos veranos pasados en Ubegun, un caserío entre Orio y Aya, cuando manuela aún era una niña. Y recordar esos valles y esas montañas suaves y verdes que tanto añoro, más cuando en Madrid, como ahora, han dejado abiertas las puertas del infierno. Y, en esa música, con el recuerdo de esos paisajes y otros de mi mitad navarra, nos fuimos enredando en una conversación que duró toda la tarde, pero que debió quedarse corta, porque al día siguiente, anticipándose a lo que yo, tímido donde los haya, me hubiese anticipado.
Hablamos del paisaje, sí, pero también de política, de la paz que parece asentarse en Euskadi y, claro, salieron a relucir los amigos y a algunos de los amigos de Gotzon, siempre y aunque sólo fuese uno serían demasiados, los han matado. Luego, en casa, imaginé todos estos años de la vida de Gotzon y Maxen, en Andoáin, comprometidos y conocidos, con una hija que tuvo que compartir también la angustia y los sobresaltos, años durísimos para quienes escogieron aguantar el miedo de pie y vivir con dignidad. Hablamos de cosas duras como esas y, sin embargo,  Gotzon lo contaba con la dulzura, y esa música que os digo, de su voz y una luz maravillosa en sus ojos.
Volvimos a vernos, porque quiso estar presente en el concierto con que, Ismael, el hijo de Rodolfo, cerraba su gira española -los conciertos de Ismael en Madrid son para nosotros como ceremonias de consagración de la amistas, y ese fue especialmente hermoso- Comimos y paseamos por ese Madrid hermoso y multicolor de La Latina y Lavapiés, camino del Price. Le llevé a la fuente de Cabestreros que, quizá por insignificante -nunca fue monumental, sólo útil- aún conserva la placa que recuerda que la levantó la República Española. Vimos la fuente y el paisaje cambiado con plazas abiertas en lo que fueron solares, donde matan las horas, sentados en cuclillas, decenas de africanos del barrio. Y acabamos en el Café Barbieri, en el que pasé algunas tardes de mi juventud, y que pese al paso del tiempo y a que ahora se sirven más gin tonics que cafés, sigue resistiendo, junto al Gijón y el Comercial, la agresión de los Starbucks y compañía.
A la mañana siguiente, volvió a llamarme y charlamos de nuevo, como si aquella tarde y el backstage del concierto tampoco hubiese sido suficiente, me anunció que su hija Lanbroa pasaría también por Madrid y me pidió que fuese su "contacto" para esa breve visita. Otro regalo de amigo, porque para entonces ya lo era, el de la amistad de Lanbroa, empeñada en que se conozca fuera de Euskadi la obra de Gotzon, que yo, cómplice, os invito a conocer.
Estoy deseando tocar alguna de esas piezas en madera de olivo, en las que Gotzon no trata de vencer, de domesticar al árbol, sino de descubrir los impulsos de vida que el agua, la tierra y el tiempo han ido esculpiendo, ellos también en el árbol. Sólo las he visto en dos dimensiones, en fotografía. Por eso, imagino el placer de deslizar mis dedos sobre la madera encerada de cualquiera de ellas. Entre otras cosas, porque, con ello, andaré los caminos descubiertos en la madera por mi amigo.
Ayer sentí ganas de hablar con él y lo hice. Estaba cenando con Maxen en el jardín de su casa de Andoáin. Hablé con los dos, me ofrecieron su casa y me invitaron una vez más a ir a verles a ese pedacito de paraíso en el que viven. Pero fue Maxen la que me hizo el mayor de los regalos cuando me hizo ver que ya éramos buenos amigos y remató el envoltorio de tan hermoso presente, poniéndole el lazo de esta frase: "a los sesenta uno escoge bien a los amigos",
Creo que no tardaré en ir a verles.
 
 
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