Gallardón, no tan campeador, por Javier Astasio



Pensar que durante un tiempo el hoy ministro de Justicia pretendió pasar por simpático resulta chocante, también que pretendiese hacernos creer que lo suyo era el progresismo, pero más chocante resulta aún pensar que durante años llegó a conseguir una y otra cosa. Es lo que tiene el poder, especialmente el que administra presupuestos, uno puede coserse, con billetes, subvenciones y prebendas el disfraz que crea conveniente, porque siempre tendrá una legión de corifeos dispuestos a cantar sus alabanzas.
Tampoco descubro nada si digo que el motor que mueve a Alberto Ruiz Gallardón es el de una ambición desmedida que, durante años, le ha llevado a consumir toneladas de pólvora, no del rey sino del pueblo soberano en fuegos de artificio que diesen brillo a su figura. La misma ambición que llevó a Gallardón a construir la carísima y quizá no tan necesaria "Calle 30", todavía hoy inacabada, o a trasladar la sede del ayuntamiento a Cibeles, convirtiendo el viejo palacio de Correos en el del príncipe de Cenicienta, desde el que presidir los prometidos triunfos olímpicos que nunca llegarían, una ambición que, por su necesidad casi enfermiza de acercarse al poder, a La Moncloa, le ha conducido al erial del Ministerio de Justicia, en el que lo más que puede regalar es algún que otro indulto o esas "leyes a medida", como la que desatasca juzgados en beneficio de quienes pueden pagarse un proceso, la que deja contentos a la Conferencia Episcopal y al núcleo duro de su partido, o esta última que pretende borrar de un plumazo cualquier intento de nuestros jueces de trabajar por la justicia universal.
No le ha ido bien a Gallardón el cambio. Y no la ha ido bien, porque desde el lugar en el que está son pocos los elogios que se escuchan y muchas las críticas. Justicia ha sido siempre un ministerio para tristes o para personajes un poco locos. Tanta toga y tanto armario rebosante de expedientes con el olor a moho de los expedientes traspapelados no contribuyen el escenario idóneo para conseguir el glamour y el lucimiento deseados.
Por eso quizá, en esta nueva etapa, consciente o inconscientemente, se ha desprendido del disfraz que durante tantos años ha llevado y ha dejado de ser el sobrino bisnieto de Abenuz que tanto le gustaba pasear por el Teatro Real o el Auditorio Nacional y otros escenarios También ha tenido que guardar en el cajón las tijeras de cortar las cintas de las inauguraciones y el talonario de invitar, a nuestra costa, eso sí, a todo aquel al que creía que tenía algo que sacar. Quizá por eso cambió el disfraz de alcalde "progre" y dispendioso por el de ese Cid Campeador, guardián de las esencias patrias, especialmente ese machismo trasnochado que tan difícil la ha resultado camuflar, un machismo miserable que ha dejado plasmado en la ley de reforma del aborto con la que pretende devolver a las españolas precisamente a los tiempos del Cid, a petición de esa grana aliada ideológica que es la Conferencia Episcopal Española.
Sin embargo, quienes hayan querido ver en él sólo un guardián de las esencias patrias y al fino jurista que, por pertenecer a la carrera fiscal, cabría esperar, se habrán llevado una sorpresa al repasar la última de sus tropelías, esa ley improvisada y burdamente armada para contentar, otra vez los poderosos, a los Estados Unidos y a China, con la que se ha pretendido desterrar de nuestros juzgados el principio de Justicia Universal
Ha bastado la voluntad de un juez recto y seguro de sí mismo, Santiago Pedraz, para desmontar sus argumentos. La decisión del juez de la Audiencia Nacional de no archivar el caso que instruye por el asesinato del cámara español José Couso, que podría haber sido toda una masacre pretendida por el ejército de los Estados Unidos, deja en muy mal lugar e este Gallardón Campeador que, pasándose por el arco del triunfo tratados internacionales suscritos hace décadas por España, se convierte en el fiel y servil escudero de China y Estados Unidos.
Aunque, mirándolo bien, a lo peor la acorazada mediática y el TDT Party ya están afilando las cuchillas de la picadora de jueces, preparándole el terreno al Tribunal Supremo para cargarse al tan melenudo y díscolo juez.

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