Fuera mascaras, por Javier Astasio


Hoy me he propuesto encontrar algo positivo en medio del terrible espectáculo de ver como un viejo partido, con una militancia noble y progresista, querido por muchos, ha sido entregado a los leones del circo mediático, para sucumbir entre las garras de los felones, más preocupados por su futuro y su propia prosperidad que por el futuro y la prosperidad de sus conciudadanos, o, incluso, sus votantes. 
Pues bien, he de reconocer que, no sin esfuerzo, lo he conseguido. Y, por si queréis saber qué es lo que he encontrado de positivo entre tanta tristeza y tanta miseria, os he de decir que esa perla hallada en el muladar ha sido poder comprobar cuántas máscaras han caído en medio de tanto debate y tanto navajazo.
La primera de esas máscaras ha sido, para muchos, la que protegía la honorabilidad de un tan orondo como irascible Felipe González que, hasta hace unos días, parecía estar por encima del  bien y del mal, adorado por los militantes de su partido y por muchos ciudadanos que le dimos nuestro voto, pero, en el fondo, tan soberbio y tan pagado de sí mismo como para tirar la toalla ante un Aznar, al que siempre despreció y apenas tuvo en cuenta, dejándonos, a quienes creíamos en la voluntad y en la capacidad transformadora del Partido Socialista dentro de la izquierda, colgados de la brocha.
Felipe González, que pensaba en un PSOE apoyando al PP, si no gobernando con él, cuando la sola idea de que eso pudiese ocurrir provocaba náuseas en la militancia socialista, no tardó en ver clara la oportunidad de "salirse con la suya" y lo hizo convocando a la Cadena SER -a Felipe González no se le piden las entrevistas, el las concede y, muchas veces, las propone- para explicar a Pepa Bueno lo malo que había sido Pedro Sánchez y lo peligroso que era para el futuro de España el populismo y el independentismo con los que se quería aliar. Y lo hizo tirando la piedra y escondiendo la mano, porque, inmediatamente, se marchó a Chile, desde donde comprobó, con buen humor y mucha sorna, los efectos de su "pedrada".
También se le ha caído la máscara al hasta ahora siempre muy sensato Ramón Jáuregui quien, para justificar la imposición de la disciplina de voto con que se obligaría a todos los diputados socialistas a abstenerse en la investidura de Rajoy, que, más allá de vulnerar el derecho constitucional a no aceptar el voto imperativo del grupo, rechazó también la posibilidad de los diputados de votar en conciencia, porque, dijo, eso sólo es posible cuando se trata de asuntos que afectan a la moral de las personas y que la política se rige por normas y lo que importa son las normas. Todo un decepcionante jarro de agua fría para quien, como yo, creyese que nada puede haber más moral que la política.
Quien no me ha decepcionado ha sido el amargado y mal encarado expresidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que en su más puro estilo "borroka" arremetió contra Josep Borrell, que se había manifestado por el NO a Rajoy, apelando a su catalanidad, algo que ya tenía suficientemente probado de su etapa en el gobierno extremeño, cuando malmetía en Cataluña para arañar unos cuantos votos en su feudo.
Sin embargo, no hay que dejare llevar por las opiniones de quien, como José Luis Corcuera, no es ya más que un divertimento, si no una coartada de la derecha, en las tertulias televisivas. Ambos están ya de capa caída y buscan los focos, no siempre amigos, porque se creen necesarios y creen que sus opiniones interesan a alguien. Lo verdaderamente deprimente, al menos para mí otra vez, ha sido descubrir a un Eduardo Madina, al que creía sereno, equilibrado y, sobre todo, demócrata, echarse en los brazos de quienes torcieron todo lo que se podía torcer, para acabar con su rival en las primarias en las que fue derrotado, Pedro Sánchez. Su posición, en las votaciones, su fijación con Íñigo Errejón, del que llegó a decir que es más peligroso para su partido que la colaboración con Rajoy, han acabado con la buena imagen que aún tenía de él.

En fin, parece que, a mi pesar, Jáuregui tiene razón cuando dice que la política no se rige por la moral sino por las normas y que algunos políticos las crean, las imponen o se refugian en ellas, para hacer de su capa un sayo. Menos mal que, a veces, su propia ambición y su imprudencia al manifestar en público lo que piensan, sus miserias y sus debilidades, nos permiten verles como realmente son, verles sin máscara. Gente que, no sólo toma decisiones de espaldas a sus compañeros de base, sino que reniega de la democracia y pretende que la abstención sea en bloque, para no verse retratados como cómplices de lo que acaba pasando.

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