Fuego y dinero, por Javier Astasio

 
 
Es muy triste, pero es así, no le demos más vueltas. Nuestros políticos y nosotros habitamos mundos distintos. Ellos viven en un universo de papel, hecho de cifras y presupuestos, protegido de la realidad por carísimas barreras de asesores, escoltas y periódicos a sueldo, un mundo que no tiene nada que ver con el nuestro, armado de dificultades para llegar a final de mes, de indignación por ver como unos pagan mucho por lo que otros no pagan nada, un mundo de dolor y penurias innecesarias, un mundo de angustias porque no hay trabajo o porque, en el que hay, nos explotan de manera inmisericorde. Dos universos, en fin, que pocas veces coinciden y, si coinciden, chocan.
Ahora, por ejemplo se está produciendo uno de esos choques y está siendo muy doloroso. Doloroso, porque lo es ver cómo arde inmisericordemente el tesoro verde que hemos visto crecer a nuestro alrededor durante décadas. Mucho más doloroso si pensamos que la dimensión de la tragedia podría haber sido otra si en el universo de los despachos no se hubiese borrado de los presupuestos el dinero necesario para proteger esos montes del fuego.
Desde ayer arden en la sierra oeste de Madrid miles y miles de hectáreas de monte, tradicional refugio de muchas especies que eran hasta antes de ayer punto de atracción de miles de madrileños interesados en la naturaleza. Es también la zona en la que más de cuatro décadas se establecieron las primeras urbanizaciones en las que los madrileños construyeron sus chalés para los fines de semana y las vacaciones. Muchos niños han crecido campando por esos montes que ahora arden y cabrea saber que, por una decisión tomada en el universo de los despachos, este verano se habían quedado sin protección.
Parece que la estrategia del PP es la de "arreglar" las cuentas, sin pararse a pensar en que eso tiene consecuencias. Todo lo fían a la virgen o al gánster de turno, porque, si lo pensamos bien, es lo que están haciendo o al menos diciendo, encomendando la solución del paro a la virgen del Rocío, la Almudena o San Sheldon Adelson, sus putas y sus casinos.
Mientras tanto, Robledo de Chavela y Valdemaqueda estaban sin retenes, con los bomberos más cercanos y los camiones cuba a más de veinte kilómetros de allí. Y eso que los términos municipales de ambas localidades son ¿eran? una bomba en potencia, plagados de pinos resineros y vegetación abundante y sometidos a un encanallado régimen de vientos. Muy probablemente, poniendo en la calle a esos bomberos, la Comunidad de Madrid se habrá ahorrado unos cuantos miles de euros, pero el santo o la virgen de turro han fallado y el fuego se ha comido a estas horas infinitamente más de lo ahorrado.
Lo dicho, dos universos distintos. Seguro que esta noche centenares de vecinos de Robledo y Valdemaqueda, decenas de ancianos desalojados de la residencia que había en la zona habrán llorado pensando en lo perdido o angustiados por la cercanía del humo y el fuego. Esperanza Aguirre no. La presidenta sólo llora, y sabe hacerlo, al recordar a los suyos, su suegro, sus hijos y supongo que, en privado, de rabia. La misma con que la recibirán en la zona si es que se atreve a asomar por allí.
 
 
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