Frescura y rigor, por Gabriel Merino

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Ayer venia al curro andando y me cruzo con un anuncio en una marquesina que te ofrece un móvil que, en un solo pantallazo, te cuenta el estado actual de todos tus amigos. Y me pongo a pensar… ¿Y para qué iba a sacar yo ahora el smartphone android éste que tengo y mirar si J. está echando su cagadita matinal o A. ya se ha mirado los chistes de La Razón o M. está en un atasco?. Todo a base de tuits, de aplicaciones y de inmediateces: la mitad de las cosas esas son, por otra parte, puramente anecdóticas, emocionales o faltas de rigor –por la mañana todos vamos un poquito con el paso cambiado hasta que nos templamos con el café de mediodía-. Y entonces, asociaciones extrañas, me entró la nostalgia por los tiempos en que curraba en la radio.

 

Cuando yo empecé a currar en radio, esto de internet y de los móviles estaba en bragas. De hecho, la información más inmediata salía del teléfono del testigo directo, de la unidad móvil convocada al lugar de un evento anunciado o del teletipo. Y para informar de ello –a menos que fuera una catástrofe nuclear, de esas de parar máquinas o interrumpir la programación- había que esperar a contarla  por lo menos a la hora del boletín de noticias. Eso te permitía, entretanto, consultar fuentes, contrastar, documentar o tirar de agenda para confirmar datos.

 

Ahora veo que aquellas esperas se han perdido en beneficio de la inmediatez. Y, por tanto, también se ha perdido el rigor. Estás en un programa de televisión de tertuliano y te vibra el móvil en un bolsillo con información de una fuente de esas que no se puede desvelar: pues según te llega –sea una verdad absoluta, un bulo o una venganza- vas y lo cascas. O te coge un calentón en un debate y sin papeles ni pruebas, sueltas lo que te parece y que te echen un galgo. La sensación es de frescura absoluta, pero cualquier belenesteban, político incluso del gobierno, opinador que pasaba por allí, arzobispo, entrenador, sindicalista o periodista puede soltar tal cual, como quien va suelto y sin dodotis.

 

He trabajado en programas en directo en lo que, antes de soltar algo al aire, necesariamente había que comprobar que lo que se decía era cierto. Ahora, en una sociedad de “me han dicho”, “y tú más”, “mi fuente es secreta pero absolutamente fidedigna” o “esto no es una calumnia sino libertad de información”, cualquiera está en posición –y asegura que con derecho- de informar.

 

De hecho tomamos por información hasta lo que te sueltan en una red social, en una tertulia matinal de café, en una reunión de borrachazos postliga o en un cónclave sectario  de sede política. Y así le va a la objetividad del medio.

 

Si. Frente a la frescura e inmediatez  con la que se mueven datos actualmente, al menos, en lo informativo echo de menos aquellos tiempos de la radio en que antes de soltar algo tenías que confirmarlo y contrastarlo. No por el miedo a cometer un delito o que te pusieran una querella, sino por la propia honra de ser un informador a quien nunca se le pudiera pillar en un renuncio o con el carrito del helado.

 

Pero es que ahora también  las mentiras de hoy son las verdades de mañana y viceversa.

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