Franco y Chávez, por Javier Astasio

 
 
Qué difícil resulta morir cuando uno es caudillo. Aquí, en España, algunos tenemos experiencia y guardamos memoria de lo difícil y penoso que es morir así, encerrado en una burbuja que le aísla de ese pueblo al que dicen servir y que ha puesto una gran parte de sus esperanzas en su figura y en la delirante creencia en su inmortalidad.
Franco murió como un perro, cuando a su familia y su régimen le convino o cuando fue ya imposible mantenerle con vida, mientras esa familia y ese régimen ponían a salvo sus intereses. Al hombre que creyó tener, y en gran parte lo tuvo, el poder absoluto en España, no le cupo siquiera la gracia que a todo ser humano le corresponde de dejarse morir o, simplemente, morirse cuando toque sin dolor y con el cariño de los suyos. Por el contrario le mantuvieron inconsciente días y días, enterrado en un enjambre de cables y tubos, después de haberse encarnizado con aquel cuerpecillo miserable que tan poco tenía que ver con el del orondo y sangriento general que un día fue.
Ni siquiera le respetaron el deseo a la intimidad que debe acompañar a todo ser humano en sus últimas horas, porque alguien -dicen que su yerno, un rancio playboy que se decía y ejercía de cirujano- se ocupo de fotografiar al dictador agonizante y vender las fotos años después.
Ahora es Hugo Chávez quien se enfrenta a la muerte aislado y lejos de Venezuela sin que se sepa claramente ni qué tiene ni cuál es su pronóstico, porque su enfermedad se ha convertido en asunto de estado y no son médicos quienes hacen públicos los partes sobre su estado, que no existen, al menos públicamente, sino que son sus ministros quienes divagan sobre lo que le pasa.
Fidel Castro tuvo suerte y pudo salir de la grave crisis de salud que le aquejó hace unos años y pudo traspasar el poder a su hermano Raúl, que en cierto modo ya lo tenía. Algo parecido a lo pretendido por Chávez al señalar a Maduro como su sucesor, antes de viajar a La Habana para volver a ser tratado del cáncer que se había reproducido.
Es lo que tienen las dictaduras encaradas en una sola figura, en ellas no se completa el relevo en vida de los dictadores resulta difícil y, cuando llega la hora, la sucesión se precipita y se complica. Hugo Chávez, que, pese a los procesos democráticos a los que se somete, tiene ademanes de dictador y ejerce el poder de manera a veces tiránica, es admirado por gran parte de su pueblo, la que no tenía nada y ahora tiene algo, aunque apenas sea un subsidio o un dispensario. También lo es por muchos que se dicen de izquierdas, algunos, amigos míos, que no sé si estarían dispuestos a vivir en una Venezuela gobernada por Chávez.
Pese a todo, hay que reconocerlo, a Chávez le idolatra, literalmente, gran parte de su pueblo que llora, vela y reza por su salud. Es lo malo de los caudillos, la prosperidad que pueda vivir su país, el mismo régimen y su figura se confunden en la inocencia de sus pueblos y, cuando desaparecen, llega el caos o algo que se le parece.
Habrá quien no me perdone escribirlo, pero, sinceramente, creo que Chávez y Franco tienen mucho que ver. Más de lo que parece.
 
 
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