Fotoperiodismo: Turquía VII – Rumbo a lo desconocido, por @Lola_Hierro

10.30

Me dirijo a la Turquía profunda, ahora un poco sí que sí. Voy a una zona poco turística que nunca hubiera pisado de no ser por gajes del oficio. Hablo de Gaziantep, ciudad de más de un millón de habitantes en el sureste del país, a una hora de la frontera con Siria, y la que va a ser mi base los próximos tres días, de los cuales utilizaré uno de ellos para visitar Kilis, otra localidad más pequeña, a solo 10 kilómetros de la frontera, donde se encuentran dos de los 21 campos de refugiados para sirios que el gobierno turco ha habilitado desde que comenzó la guerra en el país vecino.

De momento no m está costando tanto llegar. He tomado esta mañana un autobús en Göreme con destino a Kayseri, que es un ciudad un poco más grande a una hora de distancia y que dispone de aeropuerto, estación de trenes y autobuses. Es la segunda ciudad más islámica de Turquía después de Konya pero no me ha dado tiempo a comprobarlo. Media hora después, he abandonado la estación de buses y sus carnicerías con salamis colgando para dirigirme a mi destino.

Carnicería en la estación de Kayseri. / © Lola Hierro.

Esperando al autobús en la estación de Kayseri. / © Lola Hierro.

El camino hasta Gaziantep es precioso. Las siete horas de autobús se me están pasando rápido entre que escribo, duermo, como chocolatinas de todos los colores y me quedo atontada mirando el paisaje montañoso, un poco nevado. Lo de las chocolatinas es algo que no he mencionado hasta ahora pero que se debe tener en cuenta: en Turquía venden mil millones de caramelos y dulces diferentes a precios de risa. No solo los típicos, como las delicias turcas y el baklava, sino también toda clase de tabletas de chocolate, bollitos rellenos y cosas así. Soy muy feliz comiendo chocolate a todas horas, llevo una bolsa cargada hasta arriba. Me acabará dando un ataque de glucosa. A todo esto: Gaziantep es famosa por ser la capital del baklava… hacen, supuestamente, el mejor del mundo.

15.30

Sigo metida en el autobús. Definitivamente, me adentro en la Anatolia profunda. Hemos parado a comer en un bar de carretera y nadie hablaba inglés, nadie me entendía… con ayuda del ayudante del chófer de autobús, que es un chico jovencito que sabe un poco de inglés, me he apañado para comer. He pedido un durum porque ha sido lo primero que me ha venido a la mente y me han servido un zurullo enorme que me daba hasta vergüenza meterme en la boca. En serio, ha sido embarazoso.

Restaurante de carretera en medio de ninguna parte. / © Lola Hierro.

Vemos la nieve desde el autobús. / © Lola Hierro.

Nieve turca. / © Lola Hierro.

Por aquí se ve una Turquía más relajada, menos turística y moderna que la de Estambul o Göreme. El autobús para de vez en cuando para recoger gente de la carretera, y hemos parado también en la estación de no sé qué pueblo y había un grupo de hombres y mujeres bailando al son de un tambor y una flauta como las que se usan para encantar serpientes. La única explicación que he obtenido ha sido la palabra “soldier”, es decir, soldados. Mediante gestos, creo haber entendido que era la despedida de unos chicos que se iban como soldados, pero no sé si a la guerra, a la mili o a dónde. He observado con más atención y entonces he distinguido a dos muchachos jóvenes que tenían unos collares colgados y que se iban dando abrazos de despedida con el resto del grupo. Había algunas mujeres con la cabeza cubierta por coloridos pañuelos que tenían cara de estar un poco tristes. A unos pocos metros, los más jóvenes bailaban en un corro. Estas son las cosas que una se encuentra cuando se sale del circuito guiri. Me gusta.

Esos collares parecían importantes. / © Lola Hierro.

El corro de la patata. / © Lola Hierro.

Dos que se despedían. / © Lola Hierro.

Señora en la estación de autobuses, muy metida en la fiesta. / © Lola Hierro.

19.30

He llegado a Gaziantep a las cuatro y media y he deseado morir, lo he pasado fatal. Esta ciudad es infernal o, al menos, lo que he visto de ella desde su caótica estación de autobuses. Tráfico, ruido y contaminación al estilo asiático,  cientos de personas moviéndose de un lado a otro apretujadas, otros tantos cientos despidiéndose en medio de la estación de otros militares con el mismo ruido de tambores y de flautas chillonas pero multiplicado por mil… Lo que antes me ha parecido exótico y enternecedor se ha convertido en una pesadilla. Además, mi teléfono turco ha dejado de funcionar y no podía llamar a Ahmad, el chico de Couchsurfer que me iba a alojar en su casa. Solo tenía unas someras indicaciones para llegar hasta él.

Cuando he mirado a mi alrededor, casi me he echado a llorar de la desesperación. El amigo me había dicho que cogiera un autobús hacia la universidad. ¿Pero qué autobús? ¿A la derecha o a la izquierda? ¿En esa calle o en otra aledaña? Y por supuesto, por aquí nadie habla inglés y yo en turco solo sé decir por favor, gracias, sí y no. Como para entenderme.

En fin, he agarrado todas mis mochilas y me he tirado al barro con más miedo que vergüenza. Al final, como siempre, todo ha ido saliendo solo. Le he preguntado a un policía por la universidad (universitesi) y me ha indicado que fuera a la derecha. Luego he vuelto a preguntar y una señora me ha ordenado cambiar de acera. Allí, un tendero de un puesto de kebabs me ha llevado de la mano, literalmente, hasta un autobús que estaba atascado entre un montón de coches colocados de cualquier manera. El conductor ha entendido que iba la universidad y tras un larguíiiisimo trayecto, me ha indicado que me apeara. Allí he encontrado la referencia que mi anfitrión me había dicho, y ya solo he tenido que llamar al telefonillo y entrar. Parece fácil, pero lo he pasado muy mal hasta que he cogido un autobús y después, mientras viajaba por calles desconocidas, también. No sabía cuánto iba a tardar. Lo curioso es que he encontrado un lugar de una ciudad de tantos habitantes yendo de una punta a otra usando solamente la palabra universitesi. Qué cosas.

Ahmad, mi anfitrión en Gaziantep, que me ha salvado la vida!. / © Lola Hierro.

Ahora estoy a salvo en una magnífico apartamento de dos habitaciones que tiene Ahmad, mi nuevo amigo. Es muy cálida, tanto que por primera vez puedo ir en manga corta, tiene wifi y todas las comodidades del mundo. Pero lo mejor es Ahmad, un tipo estupendo, profesor de inglés en la universidad de Gaziantep y aprendiz de japonés, español, turco… un valiente. Él es sirio, como toda su familia. Huyó de Alepo hace un año y medio y su hermano pequeño, Usama, lo hizo justo ayer porque la cosa se ha puesto “muy fea”. Pero esta es otra historia que contaré más adelante.

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