Fotoperiodismo: Meknès, la ciudad del rey sádico, por Lola Hierro (@NabiaOrebia)

Meknès no me entusiasma. A Tirso le parece un quiero y no puedo. Está orientada al turismo pero no ofrece nada realmente interesante, o nosotros no lo hemos encontrado, y eso que hemos visto casi todos los sitios que la Lonely Planet dice que hay que visitar.

Entrada a la medina.

Primero hemos atravesado la puerta de Bab Al Mansour, incólume al paso de los siglos y deslumbrante toda ella, que por algo es la más grande de toda África. Es lo más bonito de la ciudad, y me es imposible no mirarla sin imaginar cuántas batallas se habrán librado a sus pies a lo largo de la historia.

Bab Al Mansour.

Desde ahí nos hemos adentrado en el mausoleo de Mulay Ismail, nuestro amigo el sultán guerrero y sanguinario que destripaba esclavos. Es más que bonito, transmite paz. Dentro reina el silencio más absoluto, solo roto por el murmullo de una fuente y el clic de las cámaras de fotos de los turistas pesados como nosotros. Este mausoleo es uno de los pocos de Marruecos al que pueden entrar las personas no musulmanas porque no está destinado a la oración, sino que simplemente es donde está la tumba del sultán, un rey que cogió el país totalmente dividido y enfrentado y a su muerte dejó un legado que se extendía por todo Marruecos y Mauritania.

La tumba del rey guerrero.

Un patio del interior del mausoleo.

La construcción está dividida en varias salas decoradas con mosaico, complicados relieves arabescos de escayola y techos de madera. El templo tiene un aire europeo, y es debido a que en su construcción participaron numerosos ingenieros y militares franceses, un regalo del rey Luis XIV al sultán en compensación por haber rechazado la propuesta de matrimonio del marroquí con su hermana Ana María de Borbón. También le regaló una colección de relojes que adornan ahora la tumba del sultán, y que cuatro siglos después siguen sonando.

El mausoleo por dentro y por fuera.

Relieves en el mausoleo.

Una vez fuera del templo, nos hemos encaminado como unos inconscientes al mercado de alimentos Dar Sultana. Nunca había visto tantas aceitunas juntas ni tantas cabezas de animales. He cometido la torpeza de adentrarme en el callejón de los carniceros y de repente me he visto rodeada por docenas de cabezas de burro y cordero y toda clase de casquería desagradable. Del olor, ni hablamos.

Mercado de Dar Sultana.

Las tiendas son pequeños cuartitos atestados de productos.

Horror vacuii de aceitunas.

El verdulero del mercado.

A todo correr hemos salido de allí para acabar entrando en la medina de la peor manera posible: por la zona más comercial, que en nada te transporta a las historias de las mil  una noches sino más bien al mercado que ponen los gitanos de Santander en la plaza de México todos los domingos, es decir: marcas falsas, bragas gigantes de muchos colores, packs de calcetines deportivos cutres y demás parafernalia de rastrillo. Es un atropello al buen gusto y un agobio no apto para claustrofóbicos. Esta medina tiene su gracia cuando consigues salirte del circuito comercial y te pierdes por las callejuelas marrones, donde solo te cruzas con alguna mora o algún gato que otro.

Rincones de la medina.

La medina es multicolor.

Con el cántaro a la fuente.

Anda que andarás, uno llega a la madrasa de Bou Inania. Es preciosa, toda llena de relieves arabescos, mosaicos y de techumbres y celosías de madera de olivo, pero no tiene un puñetero cartel que te explique qué se hacía ahí. Fue construida en 1350 y era una escuela pública y religiosa:  se estudiaba el Corán pero también otras materias como matemáticas o astronomía. A ella acudían alumnos de todo el país, ricos y pobres, que vivían en los habitáculos que rodean el patio central, unos mejor que otros en función de su capacidad económica. Hoy en día pueden recorrerse todas las estancias, que están vacías, e imaginar lo dura que debía ser la vida allí. Al final, lo más interesante de la visita es subir a la azotea y encontrar a tus pies todos los tejados de Meknès.

Dentro y desde la madrasa Bou Inania.

La plaza El Hedim ha sido nuestra despedida de Meknes. Está situada frente a Bab Al Mansour, y es -o quiere ser- una imitación de la famosa plaza Djema El Fnaa de Marrakech. Yo no lo sé porque aún no la he visitado. Lo que sé es que es el único espacio abierto que he visitado en horas, donde el sultán Ismail ejecutaba a sus esclavos y hoy en día el lugar con más vidill a de la ciudad. Sentada en una de sus terrazas en compañía de un zumo de naranja, huelo a menta y a pan tostado, y escucho música arabesco que proviene de la flauta de un encantador de serpientes. Cinco minutos antes, se oía al muecín llamar a la oración desde algún minarete cercano. Veo puestos en los que venden chorradas como elixires contra el mal de ojo, afrodisiacos y cosas así, muchos guiris como yo tomando un refresco en alguna de las tropecientas terracotas que inundan la plaza, un señor que ofrece un poni a los turistas para que se hagan una foto con él, y sobre todo, mucho ir y venir de cazaturistas en busca de un cliente para su restaurante u hotel de turno.

Plaza El Hedim

Encantadores de serpientes en El Hedim.

Nosotros lo hemos pasado mal a la hora de comer. Se nos ha ocurrido la inocente idea de parar a consultar el menú de un restaurante que estaba expuesto en un cartel en medio de la plaza. En menos de un segundo teníamos a cinco o seis tíos dándonos la tabarra a la vez, hasta el punto que nos hemos chinado tanto que nos hemos ido de allí sin comer. Hemos almorzado más tarde en un sitio escondido en el interior de la medina. Nos han dado un bocata grande y muy sabroso por la mitad de precio de lo que nos pedían en la plaza.

Perdidos en busca de un bocado.

Los precios de las cosas son siempre muy bajos. No sé qué pone ahí pero seguro que lo valía.

He de avisar que llegar a la medina desde la estación de trenes es una odisea si no quieres que te tomen por tonto. Nosotros a la ida hemos tomado un taxi después de perdernos un poco al intentar ir a pie. Nos ha salido bien de precio pero antes hemos tenido que rechazar la generosa ofera de un señor que nos quería llevar en su coche al santuario de Mulay Idriss, a unos kilómetros de Meknes. Según él, no podíamos visitar la medina de Meknès porque estaba cerrada debido a una fiesta nacional. ¡Valiente caradura!. El taxista que nos ha cogido después, que era honrado, se partía el pecho con nuestra historia. Los marroquíes deben pensar que los viajeros somos todos imbéciles. Suerte que nosotros somos españoles y estamos acostumbrados a la picaresca. Eso y que soy la tía más agarrada y desconfiada del mundo mundial.

Una calle comercial.

Calles fuera de la medina.

La vuelta a la estación la hemos hecho a pie, ya más orientados. Previamente hemos descansado un ratillo en un cesped cercano a Bab Al Mansour y luego hemos atravesado la ville nouvelle o ciudad nueva, es decir, lo que no es el casco histórico, para llegar a la estación. Esta Ville Nouvelle es fea como un dolor de muelas, pero al menos la gente no te acosa tanto como en la medina, van más a lo suyo. Me he fijado en que casi todas las mujeres mayores llevan velo y casi ninguna joven lo usa, como mucho llevan un pañuelo en la cabeza.

Diversas maneras de taparse y un gato muy fresco.

Si llevas dinero puedes ir en carruaje en vez de caminando.

Y así nos hemos plantado en nuestra tercera noche en Marruecos. Despido el día con una postal espectacular aún en la retina: un sol rojo, redondo y gordo, un sol africano, una bola de fuego que nos ha dicho adiós cuando íbamos en el tren de vuelta a Fez. Por experiencias como esta merece la pena salir a ver el mundo.

Pincha aquí para ver más fotos.

GASTOS

Bocadillos de pollo: 15 DH

Botella de agua pequeña: 5 DH

Taxi desde la estación de trenes de Meknes a la medina: 11 DH

Tren Meknès-Fez: 20DH

*El cambio es de 1 EURO = 11 DH

**Todos los precios que pongo son por persona, si es algo conjunto lo indico y lo divido para que salga el total de lo que yo pagué.

Deja un comentario

Su dirección de email no será pública.


*