Fotoperiodismo: El mundo es verde - The Old Man of Storr, por Lola Hierro (@NabiaOrebia)

15.00

Me hallo encaramada a una montañita bajo la terrible presencia del Old Man of Storr, una piedra de cobalto de 674 metros de longitud que se yergue en plena costa de la península de Trotternish, en el norte de la isla de Skye. Llegar aquí es sencillísimo: puede uno hacerlo por su cuenta en el autobús público 57A,  que se coge en Portree, la capital de la isla, y que te deja a los 15 minutos en un aparcamiento desde donde comienza la ruta.

Plaza de Portree. Aquí se coge el 57A. ©Lola Hierro

Lo primero que me ha chocado es la cantidad de gente que hay aquí para ser lunes. Me he cruzado con varias parejas de excursionistas de distintas edades, grupos de amigos, familias con niños y hasta una excursión escolar. Lo segundo que me ha sorprendido es la tala masiva a la que han sometido a los alrededores del Old Man, en concreto, desde la carretera hasta casi la falda de la montaña donde se encuentra la roca, que es donde yo estoy sentada ahora. No sé por qué han talado así, espero que la razón no sea la comodidad del turista para hacer la ruta. El paisaje del inicio es deprimente, menos mal que luego se arregla.

Comienza la excursión. Este es el único árbol en pie. ©Lola Hierro

La ruta es bastante fácil, aunque a mi me ha costado un poco porque no tengo forma física alguna. El sendero es fácil de seguir, pero son imprescindibles unas buenas botas de montaña porque hay mucho charco y zonas un poco pantanosas, y eso que hoy hace un sol de justicia. Primero hay un sendero muy bien marcado donde se alternan repechos con zonas llanas, algo que se agradece mucho. Luego, según vas acercándote a la roca y el terreno se vuelve más verde y escarpado, se van distinguiendo muchos caminitos; unos con más piedras, otros con más barro… a gusto del consumidor. Eso sí, no hay ni un puñetero cartel que indique el camino. Al principio es fácil: subir y subir en dirección al Old Man. Pero, cuando estás en la base, ya dudas, porque no sabes hasta dónde se podrá subir, si será peligroso, o por dónde se irá al punto desde el que se hacen esas fotos tan chulas que yo he visto en internet. Total, que he ido como una cabra montesa dando brincos sin ningún tipo de responsabilidad y criterio. Iba tras una pareja con un perro, pero les he acabado perdiendo. Como la izquierda parecía impracticable, he tirado hacia el lado opuesto, donde se apenas se distinguen unos caminitos muy bien disimulados en los que apenas se notan las huellas de los excursionistas.

Niños con su profe, de excursión. ©Lola Hierro

Estoy escribiendo desde aquí. ©Lola Hierro

Durante toda la ruta he ido mirando a mi alrededor y hablando sola en voz alta, diciendo: “No puede ser, qué maravilla, qué flipante, no puede ser cierto. Me encuentro en medio de un documental o de una foto de National Geographic”. Nunca había visto montañas tan verdes y prados tan mullidos. Y al fondo, el mar, confundiéndose con un cielo azulísimo.

¡Que llego! ©Lola Hierro

Un poco perdida, con el Old Man a mi derecha. ©Lola Hierro

Yo llegué desde el otro lado. Vaya… ©Lola Hierro

¡Qué bonito el Old Man of Storr! ©Lola Hierro

Como decía, he seguido un camino a mi derecha y  me he ido alejando del Old Man. Me dirigía hacia unas montañas verdes y no veía el destino, pero me ha dado lo mismo. No había un alma, era yo sola y el paisaje, la dramática naturaleza escocesa. Y ha sido en este sendero cuando he encontrado tres cosas interesantes: una, un letrero colocado al revés (es decir, para que lo lean quienes van en sentido contrario al mío) que dice que si se cruza ese punto es bajo la responsabilidad de uno mismo. Supongo que no me metí por donde debía. Dos, he descubierto un precioso laguito secreto, bien oculto entre un grupo de colinas. Y tres: ¡ovejas! A falta de una vaca con flequillo… Total, que tenía dos opciones: continuar el sendero o bajar a ver bien ese lago. Me he decidido por la primera porque un chico de mi hostal en Inverness me contó que hay unas cascadas que merece la pena ver. Así que he seguido, animada tras cruzarme con dos jubilados muy lozanos que venían de donde yo quería ir.

El mini lago. ©Lola Hierro

Hasta la orilla misma me bajé. ©Lola Hierro

Con lo que no contaba es con el viento. Según avanzaba, se hacía más fuerte y el sendero más estrecho y empinado. Ha llegado un momento en que me ha dado miedo caerme. Estaba a mucha altura, totalmente sola y sin un mapa, así que no he tardado ni diez minutos en pegar media vuelta y abortar la misión. No obstante, aún tenía mucho que ver. Me he bajado hasta el laguito y he flipado con él. Totalmente solitario, con el agua inmóvil, ahí no se oía ni el viento ni el zumbido de una mosca, como si le hubieran quitado el volumen al mundo. Es uno de esos sitios místicos que me guardo para mi, como el camino que hice a Dunnotar.

Lo último que he hecho ha sido bajar poco a poco, merodeando por senderos y pequeñas lomas, intentando sin éxito acercarme a las ovejas. Yo tenía más miedo que ellas, qué pena de mujer). Luego me he sentado a comer y ahora me toca irme de este maravilloso lugar.

20.00

Cenando en mi hostal en Portree. Hoy es el primer día desde que empecé el viaje que ceno algo que no es un yogur. Estoy comiendo un pastelillo de pollo al curry calentado al microondas. Pica mucho y es una basura insana, pero me encanta el curry, no lo puedo remediar. Quería una ensalada, me muero por una, pero en ningún supermercado encuentro aceite de oliva y, sin eso, paso.

Estoy en la inmensa cocina-comedor del hostal, que está bien, aunque no tiene wifi. Acaban de entrar dos señoras de cincuenta y tantos con una botella de vino blanco y muy buen humor encima.

Calles de Portree. ©Lola Hierro

El trayecto de vuelta a Portree rodeando la península de Trotternish en autobús ha estado muy bien. De la forma más boba me he visto un montón de sitios y he vivido más de cerca el día a día de las gentes de aquí, sin excursiones organizadas ni nada. Cuando me he subido, en la parada del Old Man of Storr, el vehículo estaba lleno de niños que regresaban a casa después de un día de colegio. Se han ido bajando en sitios casi desiertos. En realidad, la isla entera es así, salvo Portree, los pueblos no son más que cinco o seis casitas juntas y otras tantas esparcidas por el terreno y las mini montañas que acaban en la costa. En algunos hay Bed & Breakfast, en otros hay iglesias, y en otros las dos cosas.

También he comprobado lo estrechas que son aquí las carreteras, y cómo los coches tienen que meterse en unos desvíos, como islas hechas en el asfalto a un lado de la carretera, cuando se cruzan dos. Siempre tiene que dar marcha atrás alguien. Durante el trayecto nos ha pasado varias veces, pero la gente no se estresa, se ceden todos el paso tan tranquilos, incluso aunque tengan que dar marcha atrás varios metros. Lo hacen y, luego, los conductores se saludan y se sonríen. Esto es como la Aldea del Arce.

En el autobús, plácidamente. ©Lola Hierro

Luego, he visto otro ejemplo clarísimo de que aquí no hay estrés. En un momento dado, el bus se ha detenido. Parecía que nadie iba a bajar, pero sí: una ancianita se ha levantado leeeeentameeeeente, pero no lo ha hecho hasta que el coche se ha detenido completamente. Ha ido caminando despacito hacia la puerta. Antes de bajarse se ha colgado unas cuantas bolsas, una a una, todo parsimonia, y luego se ha bajado por fin. En total, habrá invertido 4 o 5 minutos la pobre mujer. Pero nadie se ha impacientado ni el coche de atrás ha pitado. Y yo, pensando que en Madrid la hubieran llamado de todo menos guapa.

Mujeres en el muelle. ©Lola Hierro

Las casitas de colores. ©Lola Hierro

 

Ya en Portree, he comprado algo de comer para los próximos días. Todo es caro y malo, lo que daría yo por unos tomates con aceite de oliva virgen o una tortilla de patatas… Luego he ido a ver el puerto pesquero de este pueblo, que tanta fama tiene por sus casitas de colores. Son cuatro, exactamente cuatro. rosa, melocotón, azul y verde. Todas son Bed & Breakfast salvo la azul, que es un restaurante de fish’n chips. Es un poco decepcionante, la verdad, yo me esperaba algo como San Vicente de la Barquera… pero bueno, no deja de tener su gracia.

Tienda de cuidados cristianos para el cuerpo y el alma de Portree. ©Lola Hierro

Barcos pesqueros. ©Lola Hierro

Fish & Chips en el puerto. ©Lola Hierro

Atardecer en el puerto de Portree. ©Lola Hierro

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