FLORES DE CEMENTERIO, por Javier Astasio


De todo lo ocurrido ayer, mejor dicho, de lo conocido ayer a propósito de la corrupción, no sé qué es lo que más me inquieta, lo que me da más asco. Por un lado, está la frialdad con que Félix Millet, que expresidente de la Fundación de Orfeó Catalá y Palau de la Música, explica de qué modo se repartían las "mordidas" cobradas a constructoras y otras empresas contratistas de la Generalitat de Mas o el descaro con que la putrefacta Esperanza Aguirre se quita de en medio, en cuanto aflora una nueva fosa séptica repleta de las heces resultantes de la financiación del PP de Madrid, el partido que tantos años ha presidido.
La Generalitat presuntamente era algo más que el gobierno de los catalanes. Era también una especie de pervertido Robin Hood que "atracaba" a los ricos, o no tan ricos, constructores para hacerse con un botín que, como el propio Millet detalló ante el juez, iba a parar en parte a sus bolsillos y en parte a los de su compinche Montull, como recaudadores de la rapiña del partido del gobierno que fue y, de alguna manera, sigue siendo de Convergencia Democrática de Catalunya, el partido que fue de Pujol y, con otro nombre, sigue siendo de Mas.
Lo de Millet, Montull y Mas, aunque sólo sea, que no lo es, "in vigilando" tiene, además, el agravante de haber mancillado un símbolo como lo es el Palau de la Música, un símbolo de la resistencia de los catalanes y su cultura frente a la rancia zafiedad del franquismo, que mantuvo la llama de la lengua y de la música de los catalanes en los años más negros de la dictadura. Un símbolo que arrastrará para siempre la lacra de haber sido el instrumento del saqueo de esos mismos catalanes, a los que se privó de escuelas, residencias y hospitales, para que CiU manejase los fondos necesarios para imponerse una y otra vez en las elecciones y así seguir saqueando y llenando las arcas del partido y los bolsillos sin fondo de los trúhanes que todos sabemos.
Lo del PP madrileño y Esperanza Aguirre es parecido. Ya se sabe que sobre corrupción nada se ha inventado desde hace mucho. Basta con concentrar el poder, conseguir la mayoría absoluta, a ser posible simultáneamente en autonomías y municipios, para construir esa red mafiosa de recaudación, mediante la cual se nutren las arcas del partido, convirtiéndolas en la fuente inagotable para pagar, en A o en B, las campañas electorales que aseguran el poder, cerrando este círculo perverso.
Pero hay algo más: de un tiempo a esta parte se repite machaconamente, como cualquier letanía de beatas, que fulanito o menganita -se dice mucho de Esperanza Aguirre y se decía de Rita Barberá- no se han llevado nada, que no se han enriquecido con la política, algo que resulta perverso y mentiroso, porque, simplemente, el puesto que ocupan se lo deben en gran parte a ese gasto desmedido, a ese gasto incontrolado, porque nadie parece interesado en revisar con todas sus consecuencias esas sucias cuentas que dan y quitan el poder con el que dar y quitar los contratos con los que consiguen renovar mayorías... y así hasta el infinito o hasta que un juez con redaños suficientes para abrir en canal tan depravado sistema.
Esperanza Aguirre lo bordó, hizo creer a muchos madrileños, me temo que la mayoría, que esos hospitales, nuevos y amplios, pero mal dotados en material y plantillas se hacían en beneficio de su bienestar. Nada más lejos de la realidad, porque un porcentaje de lo invertido, iba a parar al partido, lo mismo que ocurría con nuevos colegios o infraestructuras de transportes que, como aquellas casas cuartel que renovó Luis Roldán desde la Dirección General de la Guardia Civil, para ellos, quienes las adjudican, no tiene otro fin que el del saqueo.
Por más que insistan unos y otros en que Aguirre tiene las manos limpias, nos engañan. Esperanza Aguirre, desde el poder conseguido tan tramposamente, quitó y puso cargos, dio empleo y negocios a los suyos, a sus amigos y a los hijos e sus amigos, tejiendo una red impenetrable y pegajosa que los madrileños, dando verdadera utilidad, a nuestro voto dejaron al descubierto lo que escondían, lo que esconden los siniestros cajones de sus gobiernos.
Esperanza Aguirre y otros como ella son como esas flores de cementerio, no las que se colocan sobre las sepulturas, sino las que crecen en la tierra que cubre los cadáveres putrefactos, flores aparentemente hermosas, flores que brotan de plantas que hunden sus raíces en la podredumbre.

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