Flipe y el señor González, por Javier Astasio



Hace ya mucho y me duele que no reconozco en el señor González, consejero de Gas Natural, a  aquel Felipe que nos encandilaba en mítines y entrevistas. Hace ya tiempo que no se parece en nada a aquel joven presidente que una tarde de verano del 83 sentado en una silla, en un salón del Palacio de la Moncloa, rodeado por unos cuantos periodistas entre los que me contaba me miraba a los ojos y, todavía de carne y hueso, nos daba su opinión sobre lo divino y lo humano de la política de aquí y de allá. 
No sé si en aquel entonces González era más creíble o yo más inocente. Lo cierto es que aquella tarde me hice felipista. A partir de ahí le defendí contra viento y marea, hasta el punto de que, pese a que se trajo de China dos gatos, uno blanco y otro negro, porque los dos cazaban ratones y que un día nos dijo que prefería morir apuñalado en el metro de Nueva York, antes que vivir en Moscú, durante mucho tiempo, quizá más del debido, seguí creyéndole y votándoles a él y a sus cmpañeros.
Sin embargo, con los años, la soberbia y la arrogancia fueron creciendo en el personaje, arrogancia y soberbia que quizá identificábamos como fuerza y seguridad. Pero era soberbia y era arrogancia Se conoce que después de tantos años codeándose con los líderes mundiales, después de que su opinión pasase a tener peso en la política internacional, se fue olvidando de nosotros, los que le hicimos fuerte con nuestros votos y de nuestros problemas. Nos fue dejando de lado, al tiempo que, en determinados asuntos, se ponía en manos de los peores.
Por eso me indigna como me indigna oírle hablar con esa distancia de los niños que se quedan sin comedor, de los parados o apoyar algunos tenebrosos pactos de Estado. Nada puede llegar a odiarse como lo que se ha querido y de nada se defiende uno como de lo que le duele. Y, a mí, el señor González y su partido me duelen y me duelen mucho, porque, por desgracia, todo lo que le reprocho a él, se lo reprocho también a ese partido que no ha sabido encontrar su camino sin él ni su tutela.
De González le han quedado al PSOE los aires de grandeza, esa incapacidad para bajar a la calle a escuchar a los ciudadanos, a empaparse de sus problemas y a buscar soluciones para ellos. El PSOE, como el señor González, ya sólo viven para las grandes cifras, los "parámetros", tan alejados de la realidad como estamos comprobando. Si al menos el partido tuviese la determinación que en otros tiempos, con acierto o sin él, mostró Felipe. Pero no, este PSOE, en el que las bases eligieron lo más "vendible" frente a lo mejor, es un mar de dudas, un "sin vivir" que le lleva a indecisión y a la peor de las parálisis, la del cálculo y la conveniencia.
Al PSOE, como al señor González, le ha ocurrido que ha olvidado sus principios, esos que te llevan a ganar o a perder, pero nunca a equivocarte, lo que te hacen reconocible y, por qué no, amable y defendible por los tuyos. Entre la identidad y la estrategia, han optado por la estrategia, la que quizá les lleve  a lo más alto, para, cuando están allí, olvidarse de para qué subieron.
Ayer el señor González dio un recital de lo que os digo. Rechazando una derogación de esta reforma laboral que está haciendo picadillo a los españoles, con el único fin de que los ricos, los que tienen su dinero en las SICAP que él inventó sean cada vez más ricos, hasta que unos y otros sepan lo que quieren, dijo. Sin considerar siquiera la emergencia que el daños produce. Y, para remate, abogó por la firma de éste, parece que como cualquier pacto antiterrorista, y criticó a quienes los critican de un modo injusto, cuando no cruel, porque dijo que no vale criticar ahora, para sumarse a las manifestaciones y las condenas, cuando se produce un atentado. De lo que parece no darse cuenta el señor González es de que, así, está poniendo nuestros derechos y libertades en manos de quienes decidan cometer un atentado.
En fin, qué poco se parece aquel Felipe de hace tres décadas a este señor González, al que el poder y la gloria, como al personaje de Poe el bebedizo, han convertido en un monstruo irreconocible.


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