Final feliz, por Javier Astasio

Me encantó ver ayer las imágenes de colas en Cataluña, bajo la lluvia, al sol, con frío o sin él. Para mí, más allá del resultado, de su legalidad, de su utilidad o de su validez, que creo que no la tiene, porque no hubo garantías exhibibles ante ningún tribunal de aquí o de allá, más allá de todo eso, lo importante fueron esas colas de gente ilusionada y necesitada, deseosa de ser preguntada, Para mí, esa es la imagen de ayer, la de toda esa gente disponiendo de su día de descanso para expresarse. Y el valor democrático de esa imagen comienza y termina en la misma fila, porque no quiero entrar en los interesas de los convocantes, ni en la inexistencia de un censo, ni en la extensión de los convocados a los mayores de dieciséis años, lo que deja la consulta fuera de toda comparación con anteriores llamadas a las urnas.
Me encantan esas colas. Me recuerdan a mis primeras consultas, en las que las colas de votantes eran una fiesta. Nada que ver con las colas. Por eso ayer sentí envidia cuando comprobé que las únicas colas existentes en Madrid eran las de la lotería de Doña Manolita, en la calle del Carmen, o las de los comedores sociales y los bancos de alimentos, algo que no parece preocuparle  tanto al gobierno y su partido como dice que le preocupa la unidad de España, preocupación  que manifiesta siempre que puede, incluso delante de figuras de madera o escayola.
Me importa la gente de las colas de ayer ante los puntos de votación, desde la última que esperaba paciente su turno y hasta que alcanzaba la mesa. El resto, forma parte no de la ilusión y la esperanza en un futuro mejor, sino de la utilización, de la manipulación de esas esperanzas e ilusiones para ocultar problemas más inmediatos como esas colas ante los comedores sociales que, seguro que, también, se repiten en Cataluña o las colas ante las oficinas de empleo que hoy habrán abierto en Cataluña.
No le gustaron a Rajoy, el político más torpe y más cobarde que ha ocupado la presidencia del gobierno en España, ha cometido un error tras de otro, desde que, aún en la oposición, decidió, acosado por sus barones, echar abajo en el Congreso aquel Estatut aprobado por el Parlament de Catalunya que, quién sabe si quizá, hubiese zanjado o al menos hubiese sido el comienzo de una solución para eso que eufemísticamente llamamos "el encaje de Cataluña en España". No le gustó, porque su torpe intento de que el Tribunal Constitucional prohibiese la consulta se convirtió en el mayor acicate para que los catalanes que quisieran se acercasen a las urnas,
Tampoco a esos partidos pequeños y no tanto que se oponen siempre a la consulta, porque saben que, una vez disipada la duda, quizá se quedarán sin su mayor argumento para tocar a rebato en busca del trasnochado sentimiento nacionalista español, ese miedo ciego e inconsciente a Cataluña y los catalanes que de vez en cuando siembran o azuzan, boicoteando embutidos y cavas, recogiendo firmas o amenazando con "españolizar" a los niños catalanes.
Creo que la jornada de ayer no resolvió nada, pero, sin embargo, ayudó,  a quien así quiera verlo, a aclarar muchas cosas. Y creo que el hecho de que se pueda celebrar el referéndum es algo que cada vez está más cerca. También creo que el resultado de ese referéndum acabará sorprendiendo a más de uno, porque, si se hace de común acuerdo entre el gobierno de España y el de Cataluña, no estos, naturalmente, y se defienden desde la calma una y otra postura, si, desde "Madrid", se explica por qué queremos que los catalanes se queden en lugar de por qué nos oponemos a que se vayan, probablemente estaremos más cerca de Escocia, lo que, con el día después ofrecido por Cameron a los escoceses sería sin duda un final feliz para Cataluña y, no lo dudéis, para España.


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