Fiebre, por Javier Astasio



Cuando en la tarde de ayer saltó la noticia, a mí, como imagino que a la mayoría de los ciudadanos, se me vinieron a la cabeza infinidad de preguntas, pero, sobre todo una, qué se ha hecho mal, porque esa es la única certeza, la de que algo se ha hecho mal, porque, en teoría o al menos eso se nos dijo cuando se repatrió al primer misionero infectado, el riesgo de contagio era nulo.
Eso está claro, si la auxiliar d enfermería se ha contagiado es porque, pese a lo que nos han contado, estuvo en contacto con el virus. Ahora queda por saber si ese contacto tuvo su origen en una mala práctica, un fallo humano, personal o colectivo, o, si por el contrario, el error estuvo en el empleo de medios de aislamiento inadecuado. Lo más urgente es, por tanto, investigar minuciosamente todos y cada uno de los pasos dados por la enferma en su contacto con los pacientes repatriados desde África o con todo aquello que estuvo en contacto con ellos, además de revisar minuciosamente todo el material estéril que se empleado en la atención de los religiosos.
Es obvio que algo o alguien no estuvo a la altura de lo exigido para un riesgo tan grande o que alguno de los pasos dados para deshacerse de la vestimenta o el material empleados por el personal sanitario se ha roto la barrera estéril y ojalá no descubramos que también en esto, como en casi todo, tenemos fama de ello, hemos hecho un "apaño" con un poco de esparadrapo o una pinza de la ropa.
Eso es primordial. Sobre todo, para no repetir los posibles errores cometidos, pero más crucial aun debe ser modificar el protocolo a que se someterá personal encargado del tratamiento de los futuros infectados. No puede ser que alguien que haya corrido el riesgo de resultar contaminado por el virus quede fuera de control, salvo las ya sabidas tomas de temperatura dos veces al día, y con libertad de movimiento para, incluso, como es el caso de la auxiliar contagiada, irse de vacaciones. Sé que ella, como sus compañeros era voluntaria, pero está claro que el riesgo que asumían no es sólo personal sino que afecta y compromete al resto de la comunidad.
Está claro, porque  la historia de la medicina y del mundo así lo atestiguan, que pocos procedimientos resultan tan eficaces para el control d epidemias como la cuarentena, ese aislamiento a que se sometía a los viajeros sospechosos de estar enfermos y a quienes con ellos habían compartido el viaje, hasta haber comprobado que no habían contraído el mal, fuese cual fuese. Y son famosas, por ejemplo, las ciudadelas, como la que hay en la isla situada frente al puerto de Mahón, en las que se recluía a todos estos viajeros hasta estar seguros de que no representaban un riesgo para el resto de la población
No entiendo. pues, que, a menos de dos semanas, de la muerte del último paciente traído a España, esta trabajadora sanitaria y sus compañero que estuvieron en contacto con los enfermos hayan gozado de libertad de movimientos, quedando al arbitrio, únicamente, de su sentido común y responsabilidad.
Sé que es duro plantear el establecimiento de una cuarentena para quienes voluntariamente se han puesto a disposición de la comunidad para trabajar en unas condiciones de riesgo como esas. Pero eso es algo que debería estar previsto y recompensado. Lo tengo tan claro como que ahora va a resultar mucho más difícil encontrar voluntarios para tan necesaria labor. Y eso no es lo más grave, porque la ahora oficialmente enferma, pese a estar sometida a tan somera vigilancia fue atendida en un centro convencional como lo es el Hospital de Alcorcón, en cuyas urgencias fue atendida y donde estuvo en contacto con sanitarios y, es de suponer, con otros pacientes, además de todos los familiares y vecinos con los que ha estado en contacto.
Ahora toca reconstruir los últimos movimientos de esta auxiliar sanitaria para determinar quienes han estado en riesgo de haber contraído el mal, hacerles el seguimiento y aislarlos para evitar que ocurra con ellos lo mismo que inexplicablemente ha ocurrido con ella. Sobre esto, cuando menos, habrá que exigir responsabilidades a la ministra o los responsables de la sanidad madrileña. Lo han hecho muy mal, rematadamente mal, tanto que ahora, después de sus evidentes fallos, los ciudadanos españoles, especialmente los madrileños, estamos más en riesgo que antes, ojo, no de que se atendiese a los religiosos repatriados, sino de que se desmantelase sin las precauciones debidas el dispositivo que les atendió. Algo que, espero, no tenga que ver con el rácano concepto de la gestión que continuamente exhiben los gestores de la Sanidad del PP.
La fiebre ha cruzado el Estrecho y ya está entre nosotros. Sólo espero que, haciendo de la necesidad virtud, entendamos que no somos inmunes y pongamos los medios para tratar el ébola allá donde está la enfermedad, aplicando el sentido común y no el heroísmo o la suerte y el cálculo de probabilidades.


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