'Federer y la eternidad', por @RodriguezPPedro

Roger Federer suma este lunes 287 semanas en el número uno de la ATP, convirtiéndose en el tenista que más veces ha liderado la clasificación, superando a Pete Sampras. El suizo, una leyenda en activo -la más grande-; que no cataba las mieles del trono del tenis mundial desde mayo de 2010, volvió a lo más alto el pasado 9 de julio tras conquistar su séptimo Wimbledon, con el que además rompía una racha negativa de ocho Grand Slams sin triunfar (desde el Abierto de Australia 2010), la peor de su carrera. El siguiente es un artículo de opinión que realice a comienzos de año para una amiga, sobre las posibilidades de Federer de rebasar el único límite que le separaba de la eternidad:

Federer volvió a lo más alto de la clasificación tras vencer en Wimbledon por séptima vez

Federer volvió a lo más alto de la clasificación tras vencer en Wimbledon por séptima vez (Fuente: EFE)

Federer y la eternidad

Un mes. Es lo que ha tardado Roger Federer en tapar bocas y hacer buena una temporada que hasta noviembre era la peor de su carrera desde que es lo que es. En realidad, menos de un mes: Federer abrió fuego en su casa, en Basilea el último día de octubre, y finalizó el curso el 27N, en Londres, como el mejor tenista del momento; rompiendo récords y agigantando, más aún, su inmensa leyenda. Porque sí, que nadie lo dude: Roger Federer es el deportista más grande que jamás haya conocido el deporte de la pala encordada. A sus 30 años, el suizo, actual 3 del mundo, prepara su asalto al trono de la ATP, romper el único límite que le separa de Sampras y tocar la eternidad.

Echemos cuentas: hasta el torneo de Basilea, Federer había levantado un raquítico título menor (Doha) en todo 2011. Eso fue en enero. Entre medias, apenas dos finales, perdidas ante sus máximos rivales (en Dubái frente a Djokovic y en Roland Garros contra Nadal). Paupérrimo bagaje para un tenista que no concluía una temporada sin levantar un ‘grande’ desde 2003 (precisamente, mismo año que le viera por última vez fuera del podio de la ATP, como volvió a ocurrir a mediados del octubre pasado, cuando Murray le relegó al cuarto escalón mundial tras ganar en Shanghái).

Ese fue el punto de inflexión del ‘Federer 2011’. El helvético llevaba ya tiempo soportando voces que le daban por finiquitado, e incluso muchos intuyeron un adiós anticipado cuando espetó aquello de “no voy a estar en esto toda la vida”. Nada más ajeno a la realidad: caer del podio supuso un bálsamo que le devolvió a la tierra, le sacudió la grandeza de los hombros y, sobre todo, le abrió el apetito. Y mucho.

Entonces llegó la bendición: noviembre. Federer se plantó en Basilea y, como quien se merienda un tierno bollo, fue despidiendo oponentes sin decir ni “hola”. Hasta que venció en su torneo. Llegó inmediatamente después París-Bercy, último Master 1.000 del año. Y levantó por primera vez el cetro con la velocidad de años mejores. Era su hexagesimonoveno título. Un número que le debió poner a 100, porque antes de que acabara el mes ya había ganado la Copa de Maestros, la final de la ATP, dejando para los restos al propio Nadal (contundente 6-3- y 6-0); a Fish, Ferrer y Tsonga en la final (6-3, 7-6 y 6-3), para salvar una temporada que, ahora sí, quedará en los anales. Mal que pese a algunos.

Así, pues, en tan solo un noviembre, Roger Federer ha ensalzado un año que se daba por perdido. Con el 70º título de su carrera, su sexta Masters Cup, el que más, y volviendo a engancharse al podio mundial. Y viendo sus ganas, seguro que estará contando las horas para que dé comienzo la temporada 2012. En su mente, en su dulce y demoledora derecha, asaltar el 1 que ahora custodia, celoso, Novak Djokovic, y, finalmente, superar a Pete Sampras como tenista que más semanas ha copado el trono de la ATP (286 por 285).

Próxima parada: los Juegos Olímpicos, que se juegan en la hierba londinense de las instalaciones de Wimbledon.

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