Farsa mundial, por Javier Astasio



La pregunta es sencilla ¿necesitaba Brasil organizar este Mundial? ¿Lo necesitaba Suráfrica? ¿Necesitaban los brasileños pagar sus transportes a precio de turista rico, lo necesitaban los surafricanos? ¿Quién gana un mundial,  él que levanta la copa o el que levanta los estadios?
En los "grandes" acontecimientos deportivos, que lo son porque alguien decide que lo sean, son más del cemento que del balón, las vallas o la pértiga y ya se sabe que, cuando el cemento entra en escena, salen de ella la honradez y la decencia. Los mundiales, los juegos olímpicos y, cómo no, las exposiciones universales se convierten ya desde el mismo momento en que alguien decide optar a su organización, en coartada que lo justifica todo y en grandes oportunidades de negocio para los de siempre, constructores y, desde hace unos años, los medios de comunicación.
No hay nada en el entorno de estos acontecimientos que no huela mal. No hay una sola cuenta clara. Todo  se justifica, gastos, alianzas y silencios, en aras de un pretendido bien común que no lo es. Cuántos brasileños van a poder pagar las entradas de cualquiera de los partidos. Cuántos van a tener trabajo a cuenta de este mundial y por cuanto tiempo. En qué van a quedar todas las enormes infraestructuras deportivas que se han levantado, para que van s servirles a los brasileños, que quedará al día siguiente de toso este carnaval con que se está disfrazando la enorme desigualdad que se ha adueñado de Brasil y que pugna por asomar bajo el oropel de este enorme negocio.
Mega estadios que sólo tendrán sentido durante dos semanas, teleféricos que sobrevuelan la miseria de las favelas, restaurantes con menús inaccesibles para quien apenas tiene para llenar la olla común del bloque, de la que comen todos los vecinos, calles engalanadas y luces deslumbrantes junto a barrios enteros que no conocen la luz y el alcantarillado, modernas clínicas especializadas en medicina deportiva, en un país en el que la sanidad y la salud para todos es apenas un sueño.
Me imagino el Brasil del día siguiente como el Villar del Río del "Bienvenido Míster Marshall" de Berlanga, con los vecinos barriendo su miserable trozo de calle y las banderas flotando en la acequia, o como el día después de la corrida en el cine de maletillas y toreros, todo un género en España, en el que todo vuelve a ser lo de siempre, mientras los que se creyeron toreros se lamen las heridas y, si pueden, van en busca de otra feria con la que soñar.
En ese cine sólo gana el que lleva los toros o el que cierra algún negocio en la barrera. Los demás siempre pierden. En esto de los mundiales, los que ganan son los constructores, los que se hacen con las exclusivas del "patrocinio" de las selecciones, algún turoperador, y la televisiones que ven engordar su cuenta a base de publicidad, aunque, a veces, ni siquiera cubre los gastos que conlleva el seguimiento del acontecimiento.
Hay quienes, como Pelé o el inocente Iniesta, critican las protestas de los brasileños por las desigualdades que ha dejado el mundial al descubierto. Se les nota demasiado que, para ellos, la miseria, si es que la llegaron a conocer, es apenas un mal recuerdo y que si alguien la padece es porque no ha sabido aprovechar las oportunidades que ellos sí tuvieron.
No sé cómo va a acabar este mundial brasileño, no sé ni siquiera cómo va a comenzar. Sólo sé que Brasil se juega mucho y que, con la tradición de estado policial que arrastra, hará todo lo posible para que la miseria de las favelas y sus protestas no se acerquen a los estadios para deslucir el oropel de esta farsa mundial. Y eso, por no hablar de Qatar.


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