Fair play, mejores amigos, por Gabriel Merino

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Hace lo menos 25 años que conocía ya personalmente a Esperanza Aguirre y a Santiago Carrillo. Tenía, yo por tanto veintitantos. Y me parecía entonces que, en política, incluso contrapuesta, era habitual el fair play y el arrimar el hombro. Es decir: se estaba ahí –creía yo- por ideología, por cambiar las cosas anteriores y por mejorar el futuro, cada uno desde su perspectiva. Quizá es que yo tenía mucha menos edad y era la impresión que me daba: que las ideologías y convicciones podían cambiar el mundo.

 

Que una se retire –dice, por enfermedad- y el otro se haya muerto, esta semana, me ha hecho mirar con cierta melancolía atrás. Sobre todo, por las actitudes. Como dice mi compañera de clase del colegio P., en los años de la transición creíamos en cosas: unos en unas y otros en otras, claro. Entonces los partidos presentaban programas y estimaban que eran un contrato ético con la sociedad. Y eso traspasaba lo meramente electoral y escrito. Era un tiempo –no sé si otro siglo, otra gente, otra edad- en que quienes te rodeaban tenían convicciones no sólo políticas sino éticas, personales y vitales. De hecho, crecí rodeado de amigos, maestros, familia, que las tenían. Al final, como casi todo el mundo de mi edad, terminé de salir de esa época en que todavía crees en los “mejores amigos”, esa gente que nunca te traiciona, que están siempre: a las duras y a las maduras, de día y de noche, en la salud y en la enfermedad, para lo bueno y para lo malo… y en la que proyectabas esa visión inmediata de tu entorno sobre el mundo que te rodeaba.

 

Yo, la verdad, tuve muy mala suerte con eso de los “mejores amigos”. Mi primer gran amigo del colegio, Asaf, se fue a vivir a Tel Aviv antes de que acabáramos la básica. Luego, ya entrando en la adolescencia, Lucas se marchó a Estados Unidos –allí sigue, ayer fue su cumpleaños- y con Norman me pilló el cambio del cole al insti, cuando todos ellos se quedaron alli a hacer el bup. Con mi mejor amigo de después, Yago, tuve muchos años de complicidad e incluso de disputa de chicas: ahora coincidimos mucho aunque estuvimos casi sin vernos una década. Antonio y Jorge -hoy los dos en Sevilla cada uno con su movida-  y Pedro, con quien de repente coincidi al cabo de los años viviendo casi en la misma calle, desaparecieron por caminos diferentes al alcanzar los veinte. Y luego sólo consideré “mejor amigo” a Óscar, que hoy vive a caballo entre dos países y es un tío tan ocupado que resulta imposible verle. Con todos ellos –no hablo de las chicas: con ellas he mantenido una relación más directa y diferente aunque a ninguna de ellas, con excepción de mi chica, podría englobarlas en ese concepto de lo que en la adolescencia se considera “mejor amigo”- tenía esa relación intensa, celosa, segurísima, cómplice de la edad de la creencia.

 

Empecé a ejercer creyendo en esa visión del mundo. La realidad –como a los presidentes y a los reyes- me demostró que las visiones que tenemos en la cabeza, al final, si no son espejismos se diluyen en la crudeza de caminos que ni esperabas nunca que llegaran a presentarse. Con todo, concluía que cuando Esperanza abandonaba esta semana diciendo que estaba enferma y Santiago moría, te dabas  cuenta de que, entre quienes jamás llegaron a hablar con ellos, las reacciones iniciales eran exaltadas, groseras, sin el fair play que merece la cautela o el duelo. Todo el mundo que no coincidía ideológicamente con ellos ha aplicado invariablemente la “doctrina Andrea”:” ¡que se jodan!”. No sé si, realmente, ellos seguían teniendo las convicciones en el fair play en que creíamos muchos hace veinticinco años –yo ya no, sé que el mundo no juega limpio- pero me duele que nadie, ni siquiera los que todavía creen en cambiar el mundo o en “mejores amigos” crean que este juego ya no tiene reglas, lealtades o respetos.

 

Sé que esto que escribo hoy -como siempre que se pone uno un poco melancólico- para un lector normal seguramente no debe tener ni pies ni cabeza. Pero a mí me lleva atrás, me reconcilia con una edad en la que creíamos en cosas. Y en que quizá pensábamos que las cosas eran blancas o negras, pero que no existía ni el olvido ni la traición. Qué lastima que ese tiempo –quitando sólo eso y esos que quieres y que te dejas, por necesidad, muy pegados al cuerpo, a la existencia-, para mí, se haya pasado. El tiempo, al final, que es el único que dice verdades y pone cada cosa en su sitio.

 

Me he cruzado esta mañana en la calle con Pedro. Felicidades otra vez, Lucas, allí en Connecticut. Felicidades, Antonio, que ayer fue tu cumple. Y a ver si mañana vuelvo a escribir cosas que se entiendan: a ti, P., ese soneto prometido.

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