Estado de excepción, por Javier Astasio



Desde que Rajoy y Rubalcaba se vieron más o menos discretamente en la Moncloa, una pregunta me quita el sueño ¿Qué sabía el presidente, qué sabe desde entonces el jefe de la oposición, que no debe conocer el resto de los españoles?

Algo grave debe ser lo revelado, puesto que desde aquella de cita -han pasado apenas cinco días aunque parece que el encuentro fue hace un siglo- los acontecimientos nos han precipitado hacia el desastre, porque un desastre va a ser que acabemos rescatados por Europa después de haber perdido más de un año manoteando y boqueando como náufragos extenuados en el intento de evitarlo. Otra forma de verlo es la de tratar de llegar a otra conclusión que no puede ser otra que la de que uno y otro sabían lo que estaba pasando, porque motivos tenían para ello.

La cuestión es que miles de millones de los euros que han contabilizado los bancos en su balance son como la espuma de la cerveza que, una vez en la jarra, más o menos deprisa, se deshace. Miles de millones de pisos, promociones inmobiliarias, solares y terrenos que Europa quiere contabilizar a precio de mercado y que dejan a nuestros modélicos bancos, porque no creo que haya ninguno limpio, con el culo al aire.

Para pasar el examen de Frankfurt hay que quitar esa espuma de los balances, como los buenos tiradores de cerveza la quitan con su paleta. Lo malo es que a algunos no les va a quedar cerveza en la jarra, porque casi todo era espuma, y hay que "inyectarle" más cerveza para que pueda ponerse sobre el mostrador. Y ahora lo que toca es encontrar el barril del que sacarla.

Más allá de que el barril sea propio o ajeno, lo importante es encontrarlo y pagarlo. Eso sí, a ser posible y por el prestigio del establecimiento, de España, sin que nadie se entere de que el barril es prestado y con condiciones.

En esas andamos. Tratando de maquillar con burdos brochazos de ingeniería financiera, "trucos" lo llama el Financial Times, que quizá engañen a los depositantes de Bankia, pero en modo alguno a los serios contables del BCE. Cada vez queda menos tiempo y, cada vez, menos alternativas posibles. De momento, la de pelotear el préstamo como bonos de deuda pública que, al final, habría de asumir el Banco Central Europeo, ya parece descartada. A ver que se les ocurre ahora a los magos de las cuentas que parece haber en el equipo de Guindos.

Ya sé que todo esto que escribo es como una letanía cansina y aburrida. Pero es que no hay más y es que, además, nuestro país está atravesando por la situación más grave de los años de democracia, comparables y, a toro pasado, más grave por sus consecuencias que la intentona del 23-F. Y, menos mal que Europa es el principio y el fin de nuestros males, porque, fuera de Europa, estas cosas se resolvían con mano dura y uniformes.

Lo que no acabo de entender es esa obcecación en el silencio, ese intento vano de recortar por la puerta de atrás los derechos de los ciudadanos. Lo que no entiendo es por qué Rajoy y Rubalcaba, aunque este último acaba de pedir tímidamente que los responsables de lo que ha pasado en Bankia lo expliquen en el Congreso, nos quieren dejar al margen de la verdad. Es como vivir un estado de excepción en el que el único derecho que se niega a los ciudadanos, y qué derecho, es el de conocer la verdad para poder defenderse y defender lo suyo.

Si Rubalcaba no pide la comisión de investigación en el Congreso, tendré, tendremos, motivos suficientes para pensar que alguna responsabilidad hay en su partido, porque, si no la hay y tal y como está el panorama, nada mejor que conocer la verdad sobre lo que, por malicia o por torpeza, ha pasado.

Rubalcaba debe hacer caso a quienes desde su partido le están pidiendo ya que, a su vez, pida la comisión donde unos y otros expliquen por qué los gestores de una de las mayores entidades del país, esos que se van a casa con pensiones millonarias, incumplieron la primera norma de cualquier manual de Economía: que nunca se deben poner todos los huevos en la misma cesta. Y menos si esa cesta es la del ladrillo.

Ayer, vapuleado por propios y extraños, Miguel Ángel Fernández Ordóñez dimitió de su cargo de gobernador del Banco de España, el presunto "gran hermano" de la banca y, aún así y pese a que lo ha pedido, no se le permite explicar su verdad ante el Congreso.

Lo dicho vivimos en un estado de excepción en el que nos es permitido casi todo, salvo que lo que pretendamos sea conocer algunas verdades.


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