Esconder la realidad, por Javier Astasio

 

Nuestro presidente, que por desgracia lo es, habla poco, pero, cuando lo hace, sus palabras podrían fundirse en bronce. Qué frases, qué pensamientos tan profundos. Lástima que el motor que mueve su verbo suba con dificultad las cuestas y no esté pensado para circular por el espeso y pegajoso tráfico de las ruedas de prensa y los "canutazos" improvisados. En ellos, renquea, a veces se cala y, en ocasiones tiene que llevárselo al garaje la grúa de la escolta. Pero cuando se arranca a hablar, como digo, nos suele regalar pensamientos profundos.

Recordáis, por ejemplo, de aquella su primera entrevista en nueve meses de gobierno, la sublime frase que lo explicaba todo, aquella que rezaba "la realidad me ha impedido cumplir mi programa electoral". Quién puede negarle la razón. Quién puede decirle que no desde el convencimiento que tal cosa ocurre porque su programa era irreal. Quién desde quienes le apoyan y aún se fían -y cada vez son menos- de su buena voluntad. Quién, desde la indiferencia, puede no calibrar el peso, tremendo, de la realidad.

Por eso, Rajoy y su gobierno han llegado a la conclusión de que el enemigo no es la crisis, qué va, el verdadero enemigo, lo que puede poner en peligro su continuidad en ese poder que tanto les ha costado alcanzar, es la realidad. Y, si el enemigo a combatir es la realidad y la realidad es tan tozuda y tan evidente, lo mejor es esconderla. Ocultarla bajo las alfombras, en lo más profundo de los telediarios, tras las portadas y los titulares de los periódicos o en las tertulias grandilocuentes y mentirosas de las radios.

Estos señores de la derecha no son más que el instrumento del poder que impera que estos tiempos, ese poder económico que tiene por el mango la sartén en que nos freímos los demás y el cucharón dispuesto para devolver al fuego a quien pretenda escapar de él. No hay más que ver el resultado de todo lo que han hecho hasta ahora, resultado que puede resumirse y así lo resumen las agencias internacionales que se pronuncian, en "ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres y más numerosos". Por eso, los sesudos propagandistas del Gobierno ya no se esfuerzan en manipular la información, en maquillar la verdad. Sería una tarea inútil, porque nadie mejor que los parados, los desahuciados, los padres de alumnos, los que han perdido sus ahorros por culpa de la codiciosa ludopatía de los bancos, para saber lo que está pasando sin matices ni maquillaje. Por eso en lo que consumen su esfuerzo es en ocultar esa odiosa realidad, para que quienes se quedan en casa, quienes no ven más que los telediarios de orden, quienes, si leen prensa, la leen en el mejor de los casos con grapa, y quienes escuchan la radio prefieren los cuentos de terror al sentido común, no sufran, para que crean que lo de la realidad es algo pasajero y para otros, sigan confiando en la buena voluntad del presidente.

Pero, todo el mundo lo sabe, la realidad es muy tozuda y acaba por imponerse. Rajoy y sus palmeros se han pasado dos días, vendiéndonos la importancia y lo crucial de la cumbre de la pasada noche en Bruselas, hablando de ella como la gran esperanza, todo bien aderezado con la intervención de Rajoy en Bucarest, para que, al final, todo sea otra vez decepcionante y Rajoy no haya pasado de ser en la cumbre más que un convidado de piedra.

Pero, ellos, erre que erre. Negando la evidencia de que, ayer, la mayoría de las aulas se quedaron casi vacías y de que muchos de los padres que mandaron a sus hijos al cole lo hicieron porque, trabajando los dos, no tenían con quién dejarlos. Negando también lo concurrido de las manifestaciones, así como la diversidad de quienes defendían en ellas la enseñanza pública. Ellos tienen el poder, el sueldo, el coche oficial, la escolta, los gabinetes de prensa y un futuro asegurado, al igual que Nacho Vidal, en alguna tertulia o algún "reality show".

Ellos a lo suyo, a ocultar la realidad que, como todo el mundo sabe, es perniciosa. Por eso y porque nada hay más peligroso para el honor y la carrera de un policía que verle actuar en determinadas y recientes circunstancias, el ministro más de la porra que hemos tenido desde que Fraga lo fue en los tiempos de la matanza de Vitoria, auxiliado por su director general de la Policía, que se como el marrón de proponerlo, quiere prohibir, bajo penas quién sabe si de prisión, que se tomen y difundan imágenes de policías en plena acción.

Parece que, como quienes, conscientes de su fealdad y de sus malas intenciones, apagan la luz, quieren jodernos, pero a oscuras.
 
 
 

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