Érase una vez en El Paraíso… ¿perdido?, por Fernando Velázquez B. (@FernandoLocuta)

"Pobres Mexicanitos, no se han dado cuenta que si este barco se hundió, no fue sólo por los errores del timonel, sino por la desidia y la torpeza de los remeros"
-Monologo de Antonio Lopez de Santa Anna en "El seductor de la Patria" de Enrique Serna-

Muchos son los rumores, pocos más son los relatos narrados por los viejos del pueblo, pero se cuenta que una vez, en algún espacio de tiempo, tal vez lejano o quizá más cercano de lo que imaginamos, existió una gran hacienda llamada “El Paraíso”.

“El Paraíso” era un vasto terreno donde la mirada del extranjero se extraviaba en las millones de hectáreas cubiertas por verdes pastos, en la inmensidad del azul profundo de sus lagos, y en  sus montañas irguiéndose como imponentes gigantes que se extendían infinitamente a lo largo de la hacienda. A pesar de ello, este lugar tenía una peculiar característica que era la que verdaderamente la hacía tan mística y atrayente para cualquier extranjero que había oído hablar de ella: el terreno de “El Paraíso” era habitado por una raza de extrañas características pero de nobleza, picardía y corazón inigualables, el mexicano.

La hacienda no tenía un origen conocido, simplemente se sabía que al sur de los grandes edificios de frío concreto y al norte de las selvas bañadas del verde tropical, ahí se encontraba;  bajo las órdenes del terrateniente Díaz, un viejo que ya había dado lo que tenía que dar, que durante mucho tiempo trajo prosperidad a la hacienda pero, como no pocas veces suele suceder, el poder se convirtió en su adicción. Ante esto, los mexicanos organizaron una revuelta para expulsarlo. Los cultivos fueron bañados de sudor y sangre durante siete años, logrando al fin el exilio de Díaz.

Pero no todo resultó como se había planeado ni las personas se pusieron de acuerdo como se había  esperado. Entonces fue cuando  el aire se impregnó de de desconfianza, temor, miseria y traición.

Muchas personas fueron las que trataron de tomar las riendas de la hacienda y hacerla mejorar, fracasando en el intento, ¿que por qué?, porque al final velaban por sus intereses, porque eran asesinados por ‘gente de confianza’, porque el poder los cegaba y se olvidaban de sus orígenes o porque simplemente no supieron qué hacer al tener el mando.

Pasaron los meses, los años, los terratenientes, los revolucionarios; y los mexicanos que cultivaban y labraban las tierras generación tras generación seguían magullándose sus mestizas manos.

Un día, un campesino descubrió que un extraño y denso líquido negro emanaba de las profundidades de la tierra, ese líquido que los vecinos de los grandes edificios de frío concreto le llamarían el ‘oro negro’. A partir de ahí, aires de prosperidad comenzaron a llegar a “El Paraíso”, pero también la corrupción empezó a enmohecer las mentes de los posteriores terratenientes; y así la esperanza se fue diluyendo de a poco entre los campesinos; pero el descontento, a su vez, se iba acrecentando cada vez más.

Llegó el terrateniente Gortari, quien a la luz del día aparentaba ser apto para el cargo, realizando lucrativas obras; pero en la penumbra de la noche sus movimientos eran turbios, desconocidos: se fue llevándose consigo muchos frutos de la hacienda, dejando a muchos campesinos en la miseria total.

Y llovía sobre mojado en esos terrenos.

Pasando el tiempo, llegó lo que a la postre, dicen, se convertiría en el final de aquélla mística hacienda. Ilícitamente se empezó a sembrar plantas que, dependiendo de la dosis, curaban, enajenaban a las personas o les arrebataba la vida de distintas formas y diversas velocidades. A estos campesinos que sembraban y distribuían estas plantas se les empezó a denominar narcos. Los narcos operaban libremente, corrompían a los guardias de la hacienda  para poder distribuir su producto sin tantas dificultades, hasta que llegó un terrateniente de apellido Calderón, quien decidió poner más campesinos como guardias para enfrentar a los narcos...pero el narcotráfico ya para ese entonces se había convertido en una plaga insaciable. Algunos aplaudían el esfuerzo del terrateniente, otros más, lo repudiaban y lo culpaban de las muertes que ya se contaban por decenas diariamente y habían manchado de sangre cada parcela de la hacienda. Así “El Paraíso Vejado” se manejaba en medio del caos, cuando un buen día...

-       ¿Y luego qué pasó papi?, preguntó el niño a su padre con un dejo de angustia en su rostro.

Su padre se limitó a sonreírle, susurrándole al oído: “Ya es hora de que duermas...mañana tal vez te cuente lo que pasó”. Besó su frente y apagó la luz.

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