ENTRE VISILLOS, por Javier Astasio


Se defendía ayer Luis Bárcenas, el que fuera hombre de los dineros del PP, de las acusaciones de opacidad fiscal planteadas por la fiscal, diciendo que él nunca se ocultó tras ninguna pantalla y que, en todo caso, él y su fortuna estaban bien visibles detrás de un visillo. Puede que sea cierto, puede que los negocios de Bárcenas, en solitario o para el PP, no fuesen difíciles de detectar, puede que, desde su cinismo esté tratando de recordarnos lo que, desde hace tiempo, todos sabemos, puede que quiera recordaros aquellas palabras del entonces ministro socialista de Economía Carlos Solchaga, que proclamaba a los cuatro vientos que España era el país donde era más fácil hacerse rico en poco tiempo. Y puede que ambos, Bárcenas y Solchaga tuviesen razón. Bastaba con ocultarse detrás de un visillo, el del poder.
Nada de lo que llevó a Luis Bárcenas, un joven "de provincias", ambicioso y prometedor, a ocupar un escaño en el Senado, a compartir "paseíllo" con Berlusconi en la boda de Estado de la hija de Aznar con Alejandro Agag, amigo de Correa y pieza aún por tallar en la financiación popular, y a guardar las llaves de las contabilidades del Partido Popular, la que se enseña al Tribunal de Cuentas y esas otras, extracontables, que permitían pagar los sobresueldos y campañas que le afianzaron en el poder durante tantos años y todavía, nada de eso pudo hacerse, de no hacerse detrás de los visillos del poder que llegó a su vida cuando su padre, director de una sucursal bancaria en Badajoz, autorizaba los créditos a Ángel Sanchis, hombre de negocios al que acabaría sucediendo en la tesorería del partido.
Desde entonces estuvo cerca del dinero, recibiéndolo y repartiéndolo, tras ese visillo que, como él mismo dijo, no llegaba a ocultarle del todo y que, de haberlo querido, cualquiera podría haberlo descorrido. 
Curiosa defensa, la del guardián de los libros de caja del Partido Popular, una más después de haber saciado en parte su sed de venganza contra quienes, pese a los SMS de aliento y el despido simulado, al final, le dejaron caer. Curiosa, porque el destino convierte a quien lo tiene ya todo perdido en juez que reparte furia y clemencia a partes iguales entre los que antes se decían amigos y, al final, no han resultado serlo ni todos ni tantos. Curiosa defensa de quien creyó estar protegido tras el contenido de unos discos duros que la negligencia de un juez permitió borrar y destruir a martillazos, dejándole desnudo ante el tribunal. Curiosa, porque, ahora, en demasiados asuntos del caso, es su palabra contra el vacío y son ya demasiadas las versiones, a veces contradictorias, que ha dado.
Lo único que queda claro en este proceso es que hay mucho contra este personaje oculto tras su visillo y que al personaje le queda ya poca o ninguna credibilidad, algo injusto, porque, en algún momento todos tuvimos claro, yo al menos, que lo que se investigaba y ahora se juzga es la financiación ilegal del PP, la que adjudicaba obras innecesarias o sobrevaloradas a benefactores del partido, la que no era más que una corriente más, sin duda la mayor, en el enorme Amazonas de la descomunal borrachera que fue la falsa opulencia que la corrupción nos hizo ver que vivíamos en España.
Todo, medio oculto tras infinidad de visillos como el citado por el acusad Bárcenas, que, ahora que el fin, al menos aparente, del bipartidismo ha abierto balcones y ventanas, se agitan ante nuestros ojos dejando ver lo que todos suponíamos que había tras ellos y quizá más. Hemos vivido demasiado tiempo entre visillos y ojalá que, en adelante, la tan cacareada transparencia nos deje ver los que hay tras los cristales.

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