Entre las mentiras y el arrepentimiento, por @German_Temprano

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Entre las mentiras y el arrepentimiento

Dicen las encuestas que el bipartidismo se tambalea aunque los mismos periódicos que las publican menosprecien en sus portadas esta tendencia. Desconozco si más por interés que por pereza, o viceversa, lo común es que los debates sobre el Estado de la Nación primen el combate personal sobre la altura política.

Acaso porque entre los dos primeros espadas, con independencia de la forma más o menos brillante que le den a su discurso, no hay demasiada. Entre las mentiras del presente del uno y el arrepentimiento de su pasado del otro queda ese gran vacío que es cuál será el futuro de los demás. Por desgracia, cientos de miles de ciudadanos ya lo saben: simplemente no lo tienen. Bien es cierto que después de catorce meses de desastres recurrir aún, casi de manera monotemática, a la herencia recibida sólo es posible cuando el perímetro facial del interviniente es absolutamente descomunal. Nada extraño en alguien que alude a la corrupción como un ente abstracto, una plaga de origen ignoto o un mal que hay que prevenir cuando lo tiene enquistado en su propio partido, que se sepa, desde hace casi veinte años.

Todas esas medidas anunciadas al calor del innombrable, ese Luis Bárcenas que en su vergonzoso infantilismo sigue sin mencionar don Mariano, tendrían mayor credibilidad con carácter retroactivo. Implicaría, por ejemplo, que el ex tesorero de Génova (aunque es más que probable que ahora guarde tesoros más valiosos que antes) tendría que dar la cara en el Congreso en vez de tostársela con el sol mientras esquía. Pero no. Todo esto que ayer se propuso es a futuro. Una especie de tabula rasa motivada más por el ventajismo propio que por la inquietud general ante el sistemático choriceo. Está demostrado que no hay grandilocuencia que doblegue la realidad. Por ello esas épicas declaraciones sobre la gran indignación que al presidente le procura el saqueo de lo público o esa insistencia en decirnos que no ha cumplido con sus promesas pero sí con su deber abochornan sobremanera.

Uno imagina que, sobre este último, ha reflexionado poco o nada pues repetirlo como si fuera un gran hallazgo dialéctico en vez de una estafa democrática es más que preocupante ¿Cómo que ha cumplido con su deber? Su deber, de no cumplir nada de lo que le aúpo a la presidencia del Gobierno, hubiera sido irse ¿O creen que le votaron para hace justo lo contrario de lo que dijo? Querer, según está el patio, insuflar esperanzas a la gente mientras no se les garantiza ni siquiera que esta noche puedan dormir en su casa o tengan que hacerlo en la puta calle es una burla. Como lo es pintar de colores un mercado laboral en el que los convenios con los trabajadores se han convertido en látigos para los empresarios. Y eso si aún tienes la suerte de que te puedan explotar a gusto. Eso es lo que hay.

Otra cosa es que no se conozca y, por tanto, se esgriman, como hizo Rajoy, los apoyos de los organismos internacionales a su reforma. Como si el FMI, el BCE o la madre que les parió a todos padecieran los excesos que consagra. Como si sus directivos fueran víctimas de una sanidad puesta a la venta al mejor postor o sus hijos no pudieran llegar a la universidad por no poder asumir su familia las tasas. Estas cosas pasan a diario. Nunca a ellos, eso sí. Quizás sea por eso que en vez de avergonzarse siguen aplaudiendo. Hasta que se acabe la fiesta que ojalá sea pronto.

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