'Entre la mística la histeria y el marketing', por Javier Astasio

Foto: Fab Llanos


Recibo esta mañana esta foto de mi amiga Fab, en la que una yaya empuja el carrito con su nieto hacia la catedral de Barcelona poco antes del comienzo del funeral en memoria del fallecido entrenador del Barça, Tito Vilanova, y se me vienen encima las setenta y dos horas de continuas alusiones en todos los programas de radio y televisión, especializados o no, a la desaparición prevista y anunciada del joven técnico catalán.
Se me viene encima toda esa parafernalia, con las imágenes de las colas en torno al Nou Camp y las de todos los minutos de silencio guardados en todos los estadios de España y no puedo sino preguntarme por qué en este país la capilla ardiente por un entrenador de fútbol recibe tantos o más respetuosos visitantes y tanta o más atención mediática de la que tuvo la del recientemente fallecido ex presidente Suárez.
Es evidente que, si es así, lo es porque el fútbol ocupa una parte importante, demasiado importante, en la vida de los españoles, una parte importante, convenientemente cultivada y explotada por los medios de comunicación que basan una gran parte de sus ingresos e inversiones en todo lo que tiene que ver, no con el deporte, sino casi exclusivamente con el fútbol.
La imagen de la abuela empujando el carrito con su nieto, enfundada en una camiseta en la que ha dejado escrita su pasión por el Barça, camino del funeral en la catedral, deja claro que las pasiones en el fútbol son inducidas, porque qué le puede importar a un bebé la muerte de Tito Vilanova. Y sin embargo, entre los recuerdos de ese niño, cuando sea mayor, estará sin duda el de haber presenciado el acontecimiento.
Estas cosas pasan porque los espacios dedicados a la información, la opinión y el humor entorno al fútbol, amén de las transmisiones de los partidos, superan con creces al destinado a lo que podríamos denominar "la vida más allá del fútbol". No es extraño, pues, que dos de las mayores, si no las mayores, manifestaciones que han visto Vigo y Sevilla fueran convocadas para protestar, con éxito por cierto, por el descenso forzado del Celta y el Betis por el estado de sus cuentas.
No es extraño eso, ni tampoco lo es que los políticos de turno agachen la cerviz ante las pretensiones de los clubes y les regalen, a nuestra costa, las calles de la ciudad cada vez que uno de ellos consiga un trofeo. Más extraño es que las normas de tráfico, que deberían ser iguales para todo el mundo, incluida la maleducada Esperanza Aguirre, se pasen por alto los días de partido consintiendo a los aficionados tomar los barrios que tienen la desgracia de albergar un estadio, obligando a sus vecinos a renunciar a sus coches, encerrados por las dobles filas y a sus peatones a saltar, si pueden, por encima de los coches subidos a las aceras para pasear o, simplemente, buscar una farmacia.
Todo es un círculo vicioso, una espiral diabólica por la que nuestros gobernantes consintieron en su día que el fútbol fuese el gran negocio de las televisiones, que se hicieron fuertes con él, cambiando el panorama de lo que debería haber sido un servicio público destinado a elevar el nivel cultural y dotar de criterio a los ciudadanos y que, sin embargo, ha acabado en lo contrario, porque el nivel de alienación de la ciudadanía es cada vez mayor y su sentido crítico brilla por su ausencia.
Los que manejan "el cotarro" tienen claro la eficacia de esa arma que hemos puesto en sus manos y, por ello, las televisiones explotan esta nueva gallina de los huevos de oro y los clubes disponen de los canales propios de radio y televisión que uno quisiera para las universidades.
No seré yo quien critique todo el dolor y el respeto manifestado por los aficionados en los últimos días, pero ello no debe hacernos olvidar que ese dolor, que esas reacciones, son inducidas y facilitadas por quienes pueden hacerlo, por quienes tienen los micrófonos, las cámaras y los archivos de imágenes y por quienes disponen de algo tan estratégicamente útil como los es un gran estadio de fútbol, capaz de transformarse en lo que convenga.
De todos modos, quienes inducen toso ese dolor y todo ese respeto, deberían dosificarlo, porque cada vez es más frecuente asistir a interminables minutos de silencio previos a los partidos en recuerdo de personajes de los que ni se acuerdan los socios del club anfitrión presentes. Del mismo modo, me ha dado por pensar en que habrá que hacer para honrar como se merece a Vicente del Bosque cuando nos deje, espero que dentro de muchos años ¿un funeral de Estado, un suicidio colectivo?
Nos hemos vuelto locos y nos estamos dejando llevar por algo que está entre la mística, la histeria, pero muy cercano al marketing, porque hace tiempo que el fútbol es, ante todo, un negocio entre gente no siempre decente.


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