Entre Escila y Caribdis, por Gabriel Merino

Escila te aplasta y te despedaza, Caribdis te traga, te succiona entero.

Ulises tuvo que pasar entre los dos monstruos que, dicen, guardaban el estrecho de Mesina, separados por una distancia que bien se podía alcanzar con un disparo certero de flecha.

Como cuando hablé de Ícaro o del hilo de Ariadna y el laberinto, siempre me he preguntado por qué los héroes clásicos se metían en esos fregaos y berenjenales, con lo fácil que podía ser sortear un minotauro, al cancerbero, a la esfinge y su enigma, al jabalí de Erimanto o a las aves del lago Estímfalo. Pero es que parece que estas pruebas van en la profesión de héroe y son las que definen su esencia.

Ahora, parece que como si se tratara de un baile de limbo,  nos quieren hacer pasar a todos contorsionándonos y bailando por debajo de un palo puesto demasiado bajo: no sólo a los bailones o a los héroes sino a los jubilados, los parados, los dependientes, los emprendedores,  los becarios, los buscadores de crédito,  los inmigrantes, los autónomos, los cotizantes…Y encima, ¿quién sujeta el palo?: pues los de siempre. De un lado Escila y del otro Caribdis. Escila escoltada por el euro, los bancos, la Merkel, la reforma laboral, el Ibex, los jerifaltes de la CEOE y las agencias de calificación; Caribdis por los eres de palo, los prejubilados forzosos, las subvenciones, saneados exministros, la función pública, los pequeños feudos...

Y encima, nosotros, forzados como cuando éramos bebés a decidir a quién queremos más: a papá o a mamá. Con la diferencia de que Escila y Caribdis no son -¡para nada!- progenitores amantísimos sino las dos caras de un Jano bifronte que no podrían existir una sin otro: son dos monstruos que se complementan para aplastar o deglutir siempre en su propio beneficio al incauto o al héroe que se aventura a pasar entre ellos.

Hay malas lenguas que dicen que esta complementariedad es precisamente la clave de su monstruosa infalibilidad: funcionan como un mecanismo de relojería y, si te toca pasar entre ellos, por buen sorteador de peligros que te consideres, date por muerto. En tiempos de bonanza, los dos monstruos en la lejanía parecen diferentes.  Escila parece una roca, un puerto seguro, un monolito inamovible en el que se guardan las esencias de la civilización. La deseable Caribdis parece, más que un remolino, una mujer hermosa y fiel, una compañera comprensiva, una igualitaria madre de tus hijos –hablo desde la perspectiva del héroe: supongo que a las heroínas heteros le parecerá, por el contrario, una espalda amplia en que apoyarse o algo más cercano al reposo de la guerrera-. Pero son sólo apariencias: si se desata galerna en el estrecho, se acercan más que nunca y casi se confunden entre sí. Como las sirenas, cantan y cantan para que te acerques a cada uno de ellos como si fuera la única manera de salvarse de la muerte segura que te acarreará acercarte al otro monstruo. Pero están tan cerca entre sí que, en pleno temporal, de hecho se reúnen a discutir qué se llevará cada uno de los restos del naufragio.

Y yo, que nunca he tenido madera de héroe, me sigo preguntando: “¿Es que no hay otra vía, otra ruta cartográfica, otra manera de sortearlos?”. Seguro que sí. Porque es que de ésta, parece que o nos aplastan o nos tragan a toda la tripulación.

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Gabriel Merino
Jefe de Opinión de Periodísticos.com

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