¡Enemigos líquidos, apartaos de mis copas!

(Por RaqueLíquida)

Este fin de semana, aprovechando que uno de mis regalos de Navidad ha sido una suscripción a Orbyt, me ha llamado la atención un artículo con el título “Guía para ser un entendido en vinos”. Bien, me he dicho, a ver qué cuentan por aquí.

En el texto, narrado con un formato de “nuevo periodismo” donde el periodista también vive lo que cuenta, es él precisamente el conejillo de indias que, como inexperto en vino, comienza a recibir los consejos de una sumiller experimentada, que además, ha escrito un libro titulado “Presume de vinos en 7 días” (yo me pregunto si saber de vino tiene el objetivo único de presumir y de fardar, o si, como yo me lo creo, es que es cultura, civilización e historia, aparte, claro, de diversión). Ella, que se llama Meritxell, le da al periodista una serie de útiles consejos para conseguir ese grado de experiencia que anuncia en el titular: no llevar perfumes, no catar a lo loco sino eligiendo un objetivo, probar el vino siempre en copas adecuadas… vamos, los primeros pasos, utilísimos, para cualquiera que se interese un poquito en el vino y quiera no ya beberlo, sino degustarlo.
Después, el autor es instruido por la sumiller en las fases típicas de la cata: mirar, oler, probar, esencialmente, apuntando datos que pueden ser útiles para identificar el vino como la añada, la variedad o la región. Incluso se permite el aspirante a experto utilizar vocablos vinícolas como “capa” o describir cuáles son los tipos de aromas presentes en un vino (primarios, secundarios y terciarios). Estupenda clase, de manos de una mujer que ya sabe lo que es enseñar al que no tiene ni idea.

El terrible momento, el enemigo acecha

Pero hay un momento en que la buena intención y lo instructivo del artículo se torna en lo contrario. Hay un momento en que el periodista califica a la sumiller de enóloga. Y en ese instante (ya me había espantado, y reconozco que es algo personal, cuando leí “caldos” como sinónimo de vinos, que aunque por la RAE es aceptado, no deja de espeluznarme leerlo para referirse a ellos), en ese instante… es cuando pienso que todo el que lo lea, y que quiera aprender con el texto, confundirá un sumiller con un enólogo… ¡Maldita sea! ¡Con lo bien que íbamos! Meritxell es sumiller, no enóloga, porque un enólogo es el que hace los vinos y aunque sepa tanto o más que un sumiller, su función no es la de instruir (oye, que puede haber enólogos con dotes comunicadoras excelentes, pero no es ese el asunto). Sí lo es la de un sumiller, que bien en la sala o bien como esta catalana, en la tienda de su padre y en clases de cata, enseña sobre vinos para presumir… o lo que sea.

Mi “top ten” de enemigos líquidos

Fue entonces cuando empecé a pensar en que el vino, mal que nos pese, y puedo hacerlo extensivo a los destilados (que se da menos, pero se da) tiene unos cuantos enemigos líquidos en su propia casa que, más que culturizar, aborregan. Y me he propuesto hacer un “Top ten”, una lista a la que os invito a colaborar, añadir, quitar…:

1-    Periodistas: nos pongo los primeros, por indocumentados (pasa no solo con el vino), por tirar excesivamente de tópicos, por llamar caldos a los vinos. Y un toque especial a las revistas “femeninas”, que parece que solo pueden hablar de un vino si lleva diseño de un modisto o como insignificante acompañamiento de una enoooorme receta. ¿Qué pasa, que no puedo tomar una copa en la discoteca o con mis amigos y una tapa?

2-    Blogueros: sigo tirando piedras a mi tejado, pero hay algunos que no informan porque son excesivamente tendenciosos, no enseñan porque no saben contar lo que quieren y otros que, sencillamente, no saben ni expresarse correctamente. Ni de vino, ni de destilados, ni en nuestra lengua.

3-    Técnicos: amigos de utilizar palabros técnicos para que su interlocutor no se entere de nada, desde “empireumático” a “brettanomyces” (los profesionales del mundillo sabemos lo que son, pero para disfrutar del vino no hace falta… al principio). Si yo quisiera enamorar del vino a alguien, lo último que le diría es que el vino tiene “un toque de hidrocarburo”. Para evitar que corra y se dé un coscorrón.

4-    Bodegueros: los que se empeñan en seguir anclados en el romántico pasado… ahora el vino no se bebe por que sí, el que lo bebe, quiere saber elegirlo y no se conforma con cualquier cosita en garrafa.

5-    Hosteleros: aquellos que no se ocupan del vino como un producto distinto y se pasan por el forro la manera correcta de servirlo. También los que cobran una copa y una botella en exceso y, encima, no lo sirven adecuadamente.

6-    Marketinianos obsesivos: hay que vender el vino, pero aunque queramos, no es cocacola, precisa un pelín más de respeto (¿elaboraban cocacola los fenicios? ¿la bebían en la corte del Rey Sol? Noooooooo). Marketing sí, mensajes modernos y adecuados a la audiencia sí, pero sin abusar de la frivolidad (que conste que apoyo totalmente que se pueda tomar vino en lugares de comida rápida, una cosa no quita otra).

7-    Snobs con pintas: huyan de aquellos que dicen “yo de vinos entiendo mucho”… para añadir “llevo bebiendo mi riojita reserva más de 20 años”. También, cuidado con las palabras “tanino” y “afrutado”, que en bocas perversas son un peligro.

8-    Pedantes: parecidos a los snobs, pero estos sí saben de vino de verdad. El problema es que aburren soberanamente hablando de terrenos calizos, orientaciones sur- sureste y la madre del cordero.

9-    Enófobos: muy fácil, a estos no les gusta el vino, “no lo pruebo porque no me gusta ninguno”… ay, si tú supieras lo que te pierdes…

10-    Abusones: los que beben sin conciencia, por beber, cuanto más mejor. Lagarto.

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