Encuestas, por Javier Astasio

A menos de una semana para que votemos en las elecciones más cruciales de los últimos años, dicen las encuestas que uno de cada cinco de los consultados no sabe aún qué votará el domingo. Quizá sea ese el único dato creíble de los sondeos y el que, sin duda, servirá de coartada a la empresas del ramo cuando, a última hora del domingo sepamos la verdad al contar las papeletas depositadas en las urnas. Y si lo digo es porque en menos de veinticuatro horas nos han sorprendido con sondeos que dan y quitan mayorías, con la misma tranquilidad con que algunos políticos y demasiado a menudo las portadas de los periódicos dicen una cosa y la contraria.
En Madrid, por ejemplo, los que añoramos esa ciudad feliz y vanguardista de los tiempos de Tierno pasamos en un día de la depresión de ver a la condesa perversa y boquirrota gobernando con el apoyo de Ciudadanos a que nos contasen que Manuela Carmena podría cerrar el paso a esa derecha rancia de misa de doce el domingo y desahucio de ancianos y niños a las ocho de la mañana del lunes, para que, en otras horas veinticuatro, otra encuesta, otro diario, devuelva las cosas a su sitio. Un sube y baja de euforias y depresiones que no nos merecemos.
En mis años de profesión he vivido muchos periodos electorales y he sido testigo, si no de cómo se hacen, sí de cómo se "emplatan" y venden las encuestas, cómo, en las jornadas electorales, se intercambiaban “cromos”, resultados, de los sondeos a pie de urna entre unas y otras encuestadoras. Y es que el tan manido "margen de error" da para cometer muchos errores, las más de las veces intencionados. Mi mejor consejo para estos casos, muy difícil de seguir, es el de no hacer caso de las encuestas, el de que no hay que dejarse llevar por unos datos que, no lo olvidemos, alguien encarga y paga a alguien.
Las únicas encuestas válidas, si es que alguna lo es, son las que lleva a cabo el CIS, sobre una enorme muestra que resulta inaccesible para cualquier empresa privada. Y, aún esas, pueden quedar sesgadas en función del cuestionario y de las opciones de respuesta que se ofrezcan al encuestado. Quizá a las del CIS habría que sumar las que encargan los partidos para consumo interno, una especie de "espejo mágico" que, como el de la madrastra de Blancanieves, les confirma o desmienta que serán los más votados, o no, del reino y les señalan cuándo y cómo "deshacerse" de sus rivales.
Al PP de Esperanza Aguirre se le notó mucho hace una semana que sus "encuestas espejito" decían que no era la condesa la más hermosa, sino que había una juez afable y honrada disputándole el favor de los madrileños. Fue por eso que mandó a sus ballesteros a buscar por todo el reino la flecha con que atravesar el corazón de su rival y a fe que lo intento con saetas amañadas y emponzoñadas que, afortunadamente, se deshicieron al impactar con el prestigio y el buen talante su adversaria, porque, a diferencia del cuento, los ballesteros de la condesa no sólo no perdonaron a su víctima en el bosque, sino que usan una y otra vez sus flecha amañadas en cuantas tertulias visitan "a tanto el chisme" y os aseguro que son muchas las tertulias y muchos sus chismes.
Otro uso perverso de las encuestas es el de influir en la voluntad de los electores, porque no debemos olvidar que hace mucho tiempo que los periodistas dejamos de ser sólo testigos para pasar a ser actores deseosos de influir para modificar la realidad y no digamos quienes "se" compran o alquilan un medio de comunicación para hacerlo. Por eso, algunas encuestas buscan desalentar a los peor parados en ellas, del mismo modo que, a veces, intentan relajar al ganador y espolear al segundo. Esto que os digo no es una tontería, ni mucho menos una novedad, ya en la segunda guerra mundial, creo que en el frente italiano, un oficial del ejército norteamericano ocultó a sus hombres el final de la guerra para evitar ese peligroso relajamiento.
No es que yo pretenda alabar tan inhumana conducta, menos habiendo vidas humanas en juego, pero creo que las encuestas se están utilizando para condicionar el voto ciudadano. No hay más que ver el estrepitoso "despiste" de las encuestadoras británicas, que fueron incapaces de predecir el triunfo conservador y que ahora están siendo investigadas por el órgano supervisor. No. No me gustan estas encuestas ni mucho menos esa "cocina" en la que se maquillan sus resultados. Es más, creo que no sería malo, sino todo lo contrario, prohibir la realización de encuestas y su difusión tanto en periodo electoral como al menos dos semanas. Quizá así seríamos más libres y sinceros en las urnas.  


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