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EN SU PROPIA SIEN, por Javier Astasio

 
Después de cuarenta y ocho horas, quizá hayan sido más, de martilleo incesante, por tierra mar y aire, o lo que es lo mismo en las redes, los kioscos, la radio o la televisión, sobre la imperiosa y unívoca necesidad de encarnar en la imagen solitaria del pobre Miguel Ángel Blanco, asesinado sádicamente, por una ETA en pleno delirio, en plena resaca por la indigestión de saber de sobra lo que pudo haber sido y en qué se había convertido, y sobre la tremenda mezquindad de la alcaldesa Carmena, que no quiso descolgar en la fachada del ayuntamiento de todos los madrileños, una pancarta encargada por el PP y sólo por el PP que, finalmente, acabó en Génova 13, después de esa tormenta de opiniones, insultos y verdades a medias, esperaba ver en las portadas y escuchar en los titulares una reseña, al menos una reseña, de los actos que a la postre se celebraron. Pero no. Hoy ya nadie se acordaba de una polémica que, durante días, ha hecho correr ríos de tinta, ha consumido horas y horas de animada tertulia y ha permitido a los de siempre apropiarse de víctimas que lo fueron muy a su pesar y que son de todos los que desde siempre creímos en el Estado de Derecho y en la Democracia.
Esperaba verlo, esperaba oírlo, y no he visto ni he oído nada, porque la única función de la polémica era la de dar un momento de respiro a un partido agobiado por la corrupción, permitiéndole colgarse la medalla de partido mártir entre los mártires, cuando ni siquiera sumando sus muertos, si es que los muertos son de alguien, sería campeón del dolor de ETA. El PP, aunque sea ya un anacronismo, ha hecho lo que mejor sabe y ha sabido hacer: agitar y patrimonializar, en su propio beneficio y contra los demás, el dolor de unas víctimas que, insisto, muy a su pesar, son de todos.
Se ha dicho que Miguel Ángel Blanco es una víctima especial, porque, por la cruel naturaleza de su asesinato, por ese trágico tic tac que aquella trágica tarde de sábado sonó en nuestras cabezas, por la increíble y salvaje chulería de sus asesinos, revolvió algo en la conciencia de muchos ciudadanos, en especial en Euskadi, y les llevó , por unas horas, a perder el miedo al miedo, a buscar a quienes se colocaban junto a sus asesinos en sus sedes y a gritar en las calles, con las manos limpias y vacías, todo el dolor y toda la rabia acumulados durante tantos años.
Es cierto que aquello pasó y que la muerte del joven concejal fue el desencadenante, pero Miguel Ángel no eligió ser la víctima, como tampoco eligió serlo, doce años antes, el capitán de Farmacia Alberto Martín, secuestrado y asesinado en circunstancias parecidas por ETA pm, un crimen que no olvidaré nunca, porque me "pilló" en Vitoria vistiendo un uniforme parecido al de aquel joven militar.
Tampoco los empresarios secuestrados y asesinados por ETA a lo largo de todos los años de su triste existencia, eligieron ser víctimas. Nadie elige morir si puede evitarlo, como nadie elige ir a prisión por sus ideas. Lo decía siempre ese vasco bueno y sin rencor que fue Ramón Rubial, presidente del PSOE, que, después de años y años de cárcel, cuando alguien elogiaba el mérito de su sufrimiento, contestaba con una sonrisa "mérito ninguno, yo no elegía ir a la cárcel. siempre me llevaban".

Las víctimas no eligen serlo, a las víctimas las eligen sus asesinos, en este caso ETA. Por eso, no hay que elevar a Miguel Ángel Blanco al altar de los héroes, al menos no más que al casi millar de víctimas que ETA ha dejado tras de sí. Estoy de acuerdo con que hay que conmemorar la fecha de su asesinato, pero no por su martirio ni con pancartas con su rostro colgadas en los ayuntamientos de las ciudades de España. Si algo hay que conmemorar, si de algo debemos sentirnos orgullosos, todos, es de aquella reacción espontánea del pueblo vasco que se echó a la calle sin líderes y sin consignas, el espíritu de Ermua lo llamamos, para decirle a ETA que ya estaba bien, que bastaba de tata crueldad. Finalmente, aquella reacción libre y generosa fue reconducida por quienes vieron en peligro su hegemonía de décadas en Euskadi, y ETA siguió teniendo coartada para matar algunos años más. Pero aquel fue el principio de su fin y debe ser aquella reacción del pueblo y no otra cosa lo que deberíamos estar conmemorando, el día en que la banda que tanto dolor "socializó" en España, creyendo que mataba a un "enemigo del pueblo vasco, el que tuvieron más a mano, el más fácil de secuestrar, puso una pistola cargada en su propia sien.