En las garras de Montoro, por Javier Astasio


Fue sólo un instante, pero en esa milésima de segundo, la cámara del fotógrafo capto la mano del ministro cayendo, por un capricho del destino, transformada en garra sobre el código BIDI que representa los presupuestos generales del Estado para el año próximo que, tengámoslo en cuenta, es año electoral. Un gesto que, si no fue intencionado, sí fue muy expresivo e ilumina para muchos, entre ellos yo mismo, la actitud de este gobierno, demostrada año tras año, ante las cuentas que, en buena ley, deberían distribuir la riqueza que es de todos, entre todos.
Las miremos por donde las miremos, las cuentas del Estado reflejan esa relación patrimonial que la derecha ha mantenido siempre frente al mismo.  Así, el ministro, desde su despacho, parte y reparte ingresos y gastos a su entender, castigando y premiando, relegando o primando intereses, según sus afinidades y quereres.
Así, como viene ocurriendo desde que gobierna el PP, ha caído la inversión en la "díscola" Cataluña, del mismo modo que se ha recortado en todo lo que tiene que ver con acortar distancias, en sanidad y, sobre todo, en educación entre los más privilegiados y quienes no han tenido la suerte de nacer en una cuna con blasones. Así, mientras crece en casi un millón el número de familias españolas, afectadas por el paro o la enfermedad, que a lo largo de este último año han tenido que recurrir a las ayudas sociales, privadas o públicas, el presupuesto destinado a ellas se mantiene congelado, del mismo modo que el presupuesto dedicado a las becas Erasmus, las que, según las estadísticas, garantizan una mejor salida frente al paro juvenil, también en el frío.
Es lo que ocurre cuando se elaboran los presupuestos sin salir de los despachos, partiendo de deseos más que de realidades y sometidos a la necesidad imperiosa de maquillar las cifras para hacernos creer, a un año de unas elecciones generales y apenas medio de otras municipales y autonómicas, que se han cumplido los objetivos. Tanto es así, que, en un país cansado de sufrir recortes sus dotaciones sociales, salarios y todo aquello que lleve el apellido de público, devaluado internamente porque aún sigue atado al despotismo monetario de Alemania, el ministro responsable de la caja común, de las cuentas de todos, Cristóbal Montoro, se permite escribir un cuento increíble, grabarlo en un pen drive y enlazarlos c un BIDI, cuánta modernez para un ministro salido de las caverna, para distribuir sus mentiras más a diestro que a siniestro.
Porque qué es sino un cuento un conjunto de sumas y restas, de ingresos y gastos, que parte de una premisa tan falsa, como que los ingresos del Estado van a ser los mismos que fueron durante aquella borrachera de hace siete años, cuando apurábamos las copas del boom inmobiliario que acabó como todos ya sabemos. Pues sí, por imposible y delirante que parezca, ese es el cálculo del que parten, sin ningún rubor, las cuentas del ministro más delirantemente descarado de este gobierno. El mismo que descalifica hasta el insulto a quienes desmienten sus números o critican sus prioridades.
Las cuentas del ministro nos hablando de  un país que no es España, en el que crecen las afiliaciones a la Seguridad Social, cuando él sabe, como todos nosotros, que esas afiliaciones sólo son por días a por contratos miserables que en modo alguno garantizarán las pensiones actuales o futuras. Montoro nos habla de unos ingresos idílicos que no se compadecen con la realidad, porque los provenientes del turismo, una de nuestras mayores fuentes de ingresos, pueden ser grandes en cifras de viajeros recibidos, pero han caído estrepitosamente en cuanto a calidad y gasto realizado por cada uno de los turistas.
Pero no importa. Este gobierno y los que ostenta su partido en las autonomías que gobierna han caído en la cuenta  de que mentir en las estadísticas no es tan grave y que un titular construido con una de esas mentiras pesa menos en la conciencia de la gente que los desmentidos posteriores que a duras penas logra asomar en los medios. Lo cierto es que, de momento y si no le ponemos remedio en las urnas con nuestros votos, seguimos en las garras de Montoro.



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