En la punta de los dedos, por Javier Astasio

 
 

Curiosa semana la que acabamos de vivir, la última de este verano de recortes, dudas y silencios. Más que curiosa, ilustrativa de lo peligroso que resulta hacer navegar por las procelosas aguas de las redes sociales, sin tener claro qué son ni para qué sirven.

Tuvimos, creo que el lunes, la metedura de pata de la Casa Real o el propio rey que se aventuró a dejar su opinión por escrito, en forma de carta, sobre un tema tan apasionante como lo es el de las justas aspiraciones del pueblo catalán a la independencia, especialmente si, como ocurre, tiene la sensación de ser poco querido y nada reconocido por el resto de España. Más allá de si esas aspiraciones tienen razón de ser o no, el hecho de que el rey, que reina, pero no gobierna y que, hasta ahora, sólo opinaba en sus mensajes de Navidad, algún que otro discurso o intervenía, afortunadamente una única vez, de uniforme y como jefe supremo de las Fuerzas Armadas, para parar a los golpistas del 23 F.

No midieron ni el rey ni sus asesores la trascendencia de la carta y, supongo, estarán ya arrepentidos de publicarla, porque más le vale al monarca en estos tiempos convulsos y "horribles" para su buen nombre y su imagen, sumar en vez de restar. Y, si algo estaba claro desde el principio, es que de un plumazo, mejor dicho de unas cuantas pulsaciones sobre el teclado, se restó el respeto del millón y medio de ciudadanos que salieron a la calle en Barcelona y otros tantos que respetamos sus quimeras.

No saben en la Casa Real que, a diferencia de los periódicos, en la red, nadie puede, una vez pulsada la tecla oportuna, parar las máquinas y que, al contrario que los periódicos que tienen perfectamente medidas sus tiradas, lo que se cuelga en la red se extiende como un virus imparable y queda sometido al escrutinio y la crítica de todo el mundo.

Esto que ha ocurrido en torno al monarca les está ocurriendo todos los días a los políticos y sus partidos que se entregan, casi como al onanismo, al trepidante y vertiginoso mundo del tuiteo, porque quién no recuerda a estas alturas alguna metedura de pata de alguno de estos personajes. Pero no son los políticos los únicos "famosos" que se estrellan contra los escollos de la costa atraídos por el canto de las sirenas del éxito.

Le ocurrió esta semana a la cantautora Russian Red algo demasiado habitual entre tuiteros, confundir el proceso habitual de la reflexión con el hecho de escribir los pensamientos propios en twitter. Os aseguro que yo, que paseo en solitario durante horas y, por tanto, reflexiono durante horas, muchas veces me río de las gilipolleces que se me ocurren y, en más de una ocasión, me río en voz alta de ellas.

A la pobre Lourdes se le ocurrió escribir que la fealdad se combate -no con simpatía, no desarrollando las muchas virtudes que puede desarrollar una adolescente leyendo, cultivándose o disfrutando de toda la belleza que nos ofrece la vida- sino con la delgadez extrema. Bien es verdad que luego quiso explicarse y tuit tras tuit lo fue matizando. Pero el mal estaba hecho y se le vino el mundo encima, hasta el punto de tener que cerrar su cuenta en Twitter. Espero que ella, y otros muchos famosos que se creen en la obligación de trascender en ciento cuarenta caracteres, hayan escarmentado.

También esta semana, el error de una adolescente holandesa que envío una invitación a su fiesta de cumpleaños a toda la red en lugar de limitarla a su grupo de amigos. La convocatoria se convirtió en un asunto de orden público, con heridos y toso, y, me temo, que la protagonista se quedó sin fiesta y sin regalos.

Lo que olvidan quienes se asoman a las redes -redes que "enredan" y atrapan, más que protegen o amortiguan las caídas- es que la red, así en abstracto, tiene alma justiciera y, si es capaz de las mayores crueldades, también lo es de combatirlas. Que se lo pregunten, si no, al "listillo" de Nicolás Alcalá, que se permitió ridiculizar, despreciar y humillar en la web de su empresa, Riot Collective Cinema, al joven parado que le había enviado su currículo solicitándoles trabajo. Fue tal la tormenta desatada, por esa falta de sensibilidad y esa "sobrantía" de alguien que, como el mismo dijo en su respuesta al solicitante, apenas tiene veinticinco años, que se vio obligado a reconocer su error, aunque no bastó para parar los miles de comentarios condenatorios que le llovieron a Riot.

Quienes escribimos y opinamos en la red debemos tener presente que hacerlo es arriesgado, porque lo hacemos en la soledad de una habitación, pero lo que expresamos llega a muchas y muy distintas personas. Tocamos el mundo con la punta de los dedos y no nos damos cuenta de que, si no andamos con cuidado, podemos quemarnos.



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