En el fútbol, expresarse (también) conlleva consecuencias, por Jorge Gómez García (@xurxogg)

Fútbol y política. Política y fútbol. Dos temas recurrentes de la sociedad que muchos aseguran que conviene no mezclar. Pero en ocasiones es inevitable. El caso de Salva Ballesta es el último ejemplo.

Acudir al estadio religiosamente cada domingo es una excusa para gritar animando a  tu equipo, divertirse con los amigos o incluso declarar sentimientos políticos. ¿Qué mejor publicidad que un campo de fútbol, con cámaras de televisión y fotográficas? Manifestarse no es malo –por algo existe la libertad de expresión- y hacerlo sobre cuestiones políticas, tampoco.

En ocasiones se asocia la política en el fútbol única y exclusivamente a los aficionados ultras o más radicales. Es incorrecto, o al menos, no es del todo cierto. En estadios como Vallecas, Riazor, Balaídos, el Camp Nou, el Calderón o San Mamés, podemos encontrarnos cada fin de semana con banderas que reivindican un sistema político diferente al actual en zonas no habilitadas para ultras. Al margen del debate sobre si estos símbolos están o no aceptados en la Constitución, mientras no se falte al respeto de nadie –por ejemplo, pitando himnos-, no nos deberíamos echar las manos a la cabeza. Todos somos soberanos para exteriorizar nuestras ideas.

Por tanto, no hay nada de malo en mezclar, en su justa medida, dos elementos tan presentes en el día a día de la sociedad como son la política y el fútbol. Es más, muchas voces reclaman que los futbolistas también demuestren su formación –los que la tengan- y se abran a hablar de temas que, en general, preocupen a la ciudadanía. Algunos sí han apostado por manifestar claramente su ideario político, como es el caso de Oleguer Presas –llegó a rechazar jugar con España- o Salva Ballesta, quien siempre ha defendido a España por encima de cualquier cosa. Son dos ejemplos de deportistas que suponen una excepción, que se han expresado clara, pero también libremente y que, en consecuencia, están expuestos tanto a elogios como a críticas. Por eso, no es de recibo que Salva Ballesta critique la decisión del Celta de no ficharle por “motivos políticos”. Un club se debe a sus aficionados y la directiva consideró, a mi parecer con acierto, que contratar a una persona que no había sido bien tratada en sus visitas a Balaídos como jugador, podría crispar aún más el ambiente.

Salva, para quien decir afirmar cosas como “me gustaría conocer a Tejero”, “si Aznar me hace ir a la Guerra de Irak, voy el primero” o “dadles 72 horas a los que hay que dárselas y verás como con esto acaban rápido (sobre el 11-M)” no es manifestarse sobre política, debería dejar los resentimientos a un lado. En caso de criticar a alguien, su blanco debe ser Abel Resino, del que solo ha dicho: “Le respeto y agradezco su confianza durante estos meses, pero yo no hubiese firmado. Mi equipo técnico va conmigo y cae conmigo”.

Salva debe abandonar victimismos y aprender que en el fútbol, como en la vida, expresarse conlleva consecuencias. Titulares como “El Celta rechaza a Salva por motivos ideológicos" sí son ciertos, pero no se puede culpar a ninguna afición por no estar de acuerdo con lo que él piensa y por tanto, por no quererle en su equipo.


[Xurxo Gómez G.]
@xurxogg 

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