¿En Dinamarca olía a podrido? Pues anda que aquí, por @German_Temprano

Algunos le suelen llamar democracia de baja intensidad aunque en realidad se trata de una democracia de mierda de manual. Si al Marcelo de Hamlet algo le olía a podrido en Dinamarca aquí no aguantaría ni cinco minutos. El hedor, al igual que la situación, es absolutamente insoportable. Veinte años no es nada, treinta algo más pero parece que tampoco tiempo suficiente para asimilar cuál es el verdadero espíritu de este sistema tan razonablemente denostado.

La confusión estructural entre lo que es gobernar y lo que es mandar, la creencia en que las mayorías absolutas otorgan absolutos salvoconductos para actuar con hábitos cortijeros, la arrogancia por encima de la responsabilidad, la imposición sobre el diálogo, el secuestro de los medios públicos o la contaminación política de los tribunales son algunos de los cimientos que sustentan esta farsa. La apelación a las urnas para justificar los desmanes sólo es síntoma preclaro de la mediocridad política de quienes, a falta de razones intelectuales, esgrimen aritméticas caducas.

Y lo son porque nadie en su sano juicio, lo que excluye a bastantes representantes del partido en el Gobierno, puede sostener que a día de hoy su presidente conserve los apoyos que le llevaron al poder absoluto. No se trata de convocar elecciones cada cuarto de hora. Bastaría con que quien ostenta la responsabilidad máxima dé las máximas explicaciones. No desde su madriguera de plasma sino desde el lugar que, muy presuntamente, representa a la soberanía popular.

Rajoy es un hombre desbordado, bajo sospecha de trinques fuera de cacho, mentiroso compulsivo, cobarde persistente y chantajista contumaz, él sí o por lo menos también, al insinuar que todo debe permanecer igual si queremos salir de la crisis. Primero esto último no es ni remotamente seguro y, segundo, el fin no justificaría los medios de tener que tragar con alguien que ha hecho de la opacidad y el engaño bandera. Todo esto y más se puede pensar hasta que, por lo menos, el estadista in pectore gallego suba al estrado, dé un sorbito al agua o tres que falta le harán, y, una de dos, o disipe las dudas o refuerce las sospechas.

Ese es el riesgo pero también la obligación. En este océano de inmundicias diarias, con tipos que pasan por periodistas paseando sus felaciones políticas por los platós, titulares que abochornan a cualquiera que tenga una mínima vergüenza democrática, magistrados que no sólo pagan cuotas de partidos, legal o no legal en todo caso impresentable, sino que ejercen de militantes desde sus deslumbrantes cargos, pen drives plagados de contabilidades en negro y trincheras de uno y otro bando plagadas de sinrazón urge una catarsis que se lleve por delante todo aquello que mancille el buen nombre de la democracia. Caiga quien caiga.

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