El virus más peligroso, por Javier Astasio



La sociedad alegre y confiada que hasta hace tres días era España ha despertado de su plácido sueño sacudida por una terrible realidad, la de haber puesto su destino en manos de enfermos, aquejados de la peor de las enfermedades que puede padecer quien tiene en sus manos la gestión de la salud y el bienestar de sus conciudadanos, una enfermedad que se manifiesta en egoísmo, ambición, ineptitud y soberbia.
Nos habían dicho, llevamos años escuchándolo, que nuestra sanidad era modélica. Y no dudo que lo fuese, entre otras cosas, porque, por circunstancias personales, vengo disfrutando de sus servicios desde hace tiempo y no tengo ninguna queja, más bien al contrario, de la atención que recibo de sus profesionales, ni por su preparación ni su disposición.
Ahora bien, de un tiempo a esta parte, desde que las tijeras de los recortes llegaron a los hospitales y centros de salud y, lo que es peor, se interfirió en la gestión de la sanidad, colocando al frente de la misma a quienes venían dispuestos a "hacer carrera", atendiendo sólo a las exigencias de ahorro de quienes les nombran y no al buen funcionamiento de los servicios que les han sido encomendados, aplicando la maldita práctica de suprimir cualquier gasto en prevención, poniendo en manos de la también maldita providencia el destino de lo que gestionan-
Nos estamos dando cuenta, ahora que se ha desatado una seria alarma sanitaria a propósito del ébola, de que no había nada previsto para atajar nada semejante y que, si lo había, estaba muy mal diseñado, tanto como para perder el control de los previsibles posibles contagios durante días, exponiendo a la población y, especialmente a los sanitarios a riesgos tan graves como innecesarios.
Parece mentira que, hasta ayer, los responsables del ministerio de Sanidad, bien pagados y supongo que bien formados,  no hayan caído en la cuenta de lo que yo ya apuntaba aquí hace tres días; de que no se puede dejar libertad de movimientos o fuera de supervisión a quienes han tratado directamente con los infectados.
Desde ayer se va a extender ese control a los sanitarios a los veintiún días siguientes al contacto con enfermos de ébola para tener la seguridad de que no ha habido infección y, al parecer, se va a rebajar el umbral de fiebre que desate las sospechas de haber sido infectado, algo que a cualquier ciudadano con sentido común y sin necesidad de agradar a sus superiores o de cuadrar presupuestos, se le habría ocurrido, a mí, por ejemplo.
Eso, por no hablar de los medios puestos a disposición de los sanitarios que han tenido, tienen y van a tener que enfrentarse al contacto con infectados o sospechosos de estarlo. Si se ha sido tan rácano como se ha sido en el Carlos III, donde la más crucial de las operaciones del procedimiento que es la de desvestirse se hace en un habitáculo poco mayor que un armario ropero y donde la vestimenta de aislamiento no cumple siquiera los requisitos aconsejados por la OMS, si en el Hospital de Alcorcón, en cuyas urgencias fue atendida en primera instancia Teresa Romero, no había uno de esos trajes, si es que había más de uno, que sirtrviese al médico que la atendió, si se le dejó sólo durante dieciséis horas, si se había enviado para el traslado desde su vivienda una ambulancia cualquiera, con sanitarios sin el equipo de protección adecuado y, conociendo ya las graves sospechas de contagio, no se la trasladó al Carlos II, sino a las urgencias de un hospital no preparado para atenderla ¿podéis imaginaros qué puede ocurrir en un centro de salud cualquiera de la red.
Sé que a algunos de estos centros están llegando pacientes angustiados por la sospecha, fundada o no, de haberse contagiado y sé que no hay material específico para tratar con enfermos de ébola, sé que apenas quedan restos del material distribuido hace más de cuatro años, cuando padecimos el agobio inducido, quién sabe si interesadamente, por la OMS de la epidemia de gripe A. Estos equipos que ni están completos ni son los adecuados es lo único que tienen los trabajadores. Tampoco disponen de una sala adecuada para aislar a los pacientes, ni estos tienen información suficiente para dirigirse con sus sospechas al centro más adecuado.
Yo lo que sé sobre el ébola y sobre cómo atender a los enfermos lo he conocido a través de un reportaje rodado en África por la polémica Toni Moreno y en los artículos de divulgación que se han publicado en prensa o blogs. No he recibido la más mínima orientación procedente de este gobierno que se gasta millones en su propia propaganda. Por eso me atrevo a decir que son ellos, nuestros gobernantes, el virus más peligroso, Un virus que se manifiesta en el aturdimiento y la perplejidad de la ministra Ana Mato o en al hedionda diarrea del consejero Javier Rodríguez, que va cagando por su boca cuanto se le ocurre para criminalizar a la pobre Teresa Romero, ayudado, eso sí, por el doctor Germán Ramírez, que violando la confidencialidad debida a cualquier paciente, paseo como un trofeo la "confesión" de la auxiliar, admitiendo sus dudas sobre el roce accidental en la cara con un guante contaminado al que parece atribuirse el contagio,
Ha sido el Ébola el que ha desatado el pánico, pero el virus más peligroso son toda esa gente de la que os hablo.



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