El vestido de la becaria, por Javier Astasio

 
 
 

Poco le ha durado a Rajoy el calor de los aplausos del mayoritario y monolítico grupo parlamentario popular. Apenas unas horas y toda la tranquilidad, todo el presunto prestigio arrancado en aplausos de unos diputados que-nunca hay que olvidarlo- lo son porque, antes incluso de recibir los votos de los ciudadanos, tuvieron que superar el filtro de la comisión de listas, controlada por Rajoy y gente de su total confianza para, con su plácet, figurar en la candidatura correspondiente. Digo esto para que no nos despistemos con los análisis que hoy aparecen en primeras, editoriales y tertulias, porque los problemas de España y de Rajoy siguen siendo los mismos, si no más, ahora que ha caído el telón sobre la ficción de un debate capado por el hecho de que una mayoría absoluta -la del PP- controla el Parlamento.

Una vez cerradas las puertas del hemiciclo, nos dimos de bruces con el hecho de que Bruselas se pasa bajo el chorro del manneken pis las cuentas que Rajoy esgrime para tratar de contagiarnos su poco o nada creíble optimismo. Malo, malísimo para España que, pese a lo que cada día evidencian Rajoy y su gobierno, la integramos los españoles todos, sin excepciones. Pero no sólo eso, casi al tiempo -y no sé si era eso lo que en la foto le contaba el ministro de la Policía a Rajoy- se supo que el juez Ruz conoce ya y supongo que no tardará en reclamarla que Luis Bárcenas declaró hace unos días ante notario que desde 1990, sólo o en compañía de su antecesor Álvaro Lapuerta, llevó un registro de todos los donativos que recibió a nombre del PP y los pagos que, también en su nombre, hizo. Algo que si no es una contabilidad B, se le parece mucho.

Dicen que Bárcenas se presentó ante el notario nada más conocer que la rogatoria pedida por Garzón a Suiza, había dado por resultado la localización de las dos primeras cuentas con firma de Bárcenas en aquel país. No cuando el resto de los mortales supimos de la existencia de las cuentas, sino cuando él lo supo, a través de alguien que, evidentemente, contaba con información privilegiada. En este punto no conviene olvidar que las comisiones rogatorias y sus resultados se comunican de ministerio a ministerio, antes incluso de pasar a manos del juez.

Dicho esto, sólo cabe interpretar la visita de Bárcenas al notario como si tratase de la colocación de un nuevo y sofisticado artefacto explosivo en el campo de minas que está tendiendo en torno a él por si le tocase defender el fortín a él solo. Teniendo en cuenta que se minan las líneas defensivas no sólo para evitar el avance del enemigo, sino para persuadir a los sitiados de abandonar la posición cuando las cosas vengan mal dadas.

Esta declaración, este ataque de sinceridad, que diría Rubalcaba, del extesorero, investigado -no hay que olvidarlo- en el sumario que investiga la presunta trama de financiación ilegal del Partido Popular, conocido como caso Gürtel, me recuerda -me he despertado pensando en ello- al vestido que aquella becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, conservó años en un armario, en lugar de enviarlo al tinte, como haría cualquiera, porque conservaba manchas del semen del fogoso Bill Clinton y que acabó por convertirse en la prueba de convicción contra el presidente.

La declaración de Bárcenas, que da carta de naturaleza a los papeles del extesorero publicados por EL PAÍS, es el equivalente a aquel vestido. Una prueba acusatoria que echa por tierra todo lo dicho por aquel jefe-colega que quiere abandonarte a tu suerte y que dinamita lo más preciado que debe tener quien ha sido elegido para regir los destinos de un país: la credibilidad.

De ser cierta mi teoría sobre lo que Fernández Díaz está confiando a Rajoy, no me extraña que su rostro tenga ese color blanco de cera o de papel... o de sobre.

 
 

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