El valor del periodismo frente a la desinformación, por @RdrguezNemesio, presidente de @fape_fape

POR NEMESIO RODRÍGUEZ, PRESIDENTE DE LA FAPE/ Hemos leído y escuchado tantas veces que el periodismo había muerto que más de uno se habrá quedado sorprendido al comprobar que, en la crisis del coronavirus, el periodismo está más vivo que nunca y que, en estos momentos de tremenda angustia, de apremiante necesidad de saber qué es lo que realmente está ocurriendo, los ciudadanos recurren masivamente a los medios para informarse adecuadamente
Neme hoy

Nemesio Rodríguez, presidente de la FAPE

Se me dirá que las redes también difunden información, cierto, pero a diferencia de los medios les importa menos jugarse la credibilidad sirviendo de canal de propagación a las miles de noticias falsas que se expanden con pasmosa facilidad, amplificando en unos casos las llamadas al pánico y en otros ofreciendo remedios milagrosos de infames curanderos.

En esta crisis, la información veraz y rigurosa se convierte en un bien

valioso e imprescindible. La responsabilidad de los medios y de los periodistas se eleva hasta el máximo nivel. Tenemos el deber cívico de contribuir a que los ciudadanos la afronten sin entrar en pánico y de que respeten estrictamente las medidas que aprueben las autoridades.

Hay hambre de información, como lo demuestra el hecho de que la comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para explicar las medidas del estado de alarma fue seguida por 18 millones de espectadores (un 80,9% de cuota), la emisión más vista de la historia del país.

Y en general se puede afirmar que estamos cumpliendo. Nada más hay que ver el despliegue incansable de los medios y de sus periodistas y fotorreporteros para ofrecer a los ciudadanos la más completa cobertura informativa sobre la pandemia del coronavirus.

Periodistas que acuden a trabajar a las redacciones o que lo hacen desde casa, que salen a la calle para buscar una información que, fuera de los comunicados y ruedas de prensa, telemáticas o no, exige estar a pie de obra diariamente. Y no solo de plantilla, también están aportando su profesionalidad, cuando los medios recurren a ellos, los periodistas y fotorreporteros autónomos, los “freelance”, los colaboradores, los becarios, pese a la racanería remunerativa con que se les trata.

Todos se vuelcan para garantizar el derecho de información de los ciudadanos, la función democrática más trascendental de nuestro oficio. Porque nos debemos ante todo a los ciudadanos, mucho más en crisis tan graves como la de la pandemia del coronavirus. Este compromiso es un “pacto tácito con el lector, oyente o espectador” basado en que las noticias “no responden a intereses particulares ni son sesgadas” (Del libro “Los elementos del periodismo”, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel).

Pero hay un valor fundamental previo que los periodistas no debemos olvidar: la búsqueda de la verdad. Lo subraya con letras grandes nuestro Código Deontológico: “El primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad”. Este compromiso es inseparable de nuestro trabajo y es la base de la responsabilidad que asumimos con la sociedad a la hora de informar. Es nuestra manera de hacer libres a los ciudadanos y contribuir al fortalecimiento de la democracia.

En épocas de crisis como la que vivimos hoy, la información se convierte en uno de los valores más importantes. La sociedad, confusa y angustiada, necesita un faro que le ayude a explicar qué es lo que está pasando y cómo va a influir en su vida y en la de sus familias, no solo en términos de salud, sino también de trabajo, de relaciones con los demás, de bienestar en general.

Ese faro puede ser, tiene que ser, el periodismo. Solo los periodistas pueden jerarquizar la avalancha de noticias que abruma a los ciudadanos en esta época de sobreabundancia informativa, seleccionarlas, desmenuzarlas para cribar los rumores y las mentiras, contextualizarlas e interpretarlas para ofrecer información suficiente al lector, oyente o espectador para que éste, libremente, extraiga sus propias conclusiones y participe, con conocimiento, del debate democrático.

Para cumplir de una manera eficaz nuestra función democrática, la información está sujeta a una serie de principios deontológicos imprescindibles: tiene que ser veraz, estar verifica y contrastada con fuentes fiables.

Estos principios son los pilares del periodismo de calidad, aquel que, además, rechaza el sensacionalismo y el espectáculo, respeta el derecho de las personas a su propia intimidad e imagen, sin perjuicio en ningún momento de proteger el derecho de los ciudadanos a estar informados.

En la crisis del coronavirus, el periodismo de calidad es el mejor antídoto para luchar contra la desinformación que, aprovechando la enorme capacidad de difusión de las redes sociales, circula a una velocidad tal que lamina la verdad, socava los cimientos de nuestro oficio y debilita la democracia, al propiciar el alarmismo, el miedo, el pánico, la angustia y la división social.

Miles de noticias basura inundan las redes. Toda la panoplia habitual de las mentiras en las crisis se manifiesta como un maremoto arrollador con absurdas teorías conspiratorias sobre el origen del virus, supuestos remedios sanadores ofrecidos por presuntos científicos, comunicados supuestamente oficiales, pseudociencias, datos inventados sobre la extensión de la enfermedad, milagrosos sueros, timos, alertas falsas.

Un “tsunami” informativo que crea desasosiego y miedo en los ciudadanos, una verdadera máquina de polarización donde ganan los que más gritan, los que más mienten, que convencen a los que desconfían de las autoridades y, a veces, hacen caer a los periodistas en la trampa de la desinformación.

La crisis ofrece una gran oportunidad a los medios que apuesten por el periodismo de calidad, sobre todo cuando el paradigma que ha dominado en el sector editorial en España está en plena transformación, del todo gratis al cobro de los contenidos. No cabe ninguna duda de que los medios que sean capaces de informar con rigor y veracidad estarán en mejor situación para ganar suscriptores que aquellos que opten por todo lo contrario.

Vivimos un capítulo que entrará en la historia como uno de los más trascendentales de este siglo. Los periodistas y los medios estamos llamados a aportar nuestros esfuerzos a conseguir que el país supere la crisis. No solo elaborando información con rigor, sino también contribuyendo a la calma con la difusión constante de las recomendaciones y de los consejos de las autoridades, sin dejar a un lado nuestra función de control crítico e independiente de los poderes.

Es cierto que hay una sobreabundancia de información que puede crear más confusión que claridad, más dudas que certezas, y que siempre planea la tentación de enfilar el camino del sensacionalismo para ganar audiencia a toda costa. Quien ceda a la tentación podrá ganar audiencia a corto plazo, pero perderá a largo.

La cobertura de la crisis del coronavirus es una de las mayores que afronta el periodismo español en este siglo. Los ciudadanos esperan de nuestro trabajo que iluminemos la oscuridad de la desinformación y les ayudemos a afrontar esta crisis con mayor seguridad, respondiendo con datos rigurosos, explicativos y con base científica a las dudas que más les inquietan.

Si al final de la pandemia, la percepción de la sociedad es que hemos cumplido con notable tales objetivos, la credibilidad y el prestigio de nuestro trabajo crecerán y los ciudadanos sabrán que en épocas de crisis el periodismo es un valor seguro y fiable y que las noticias falsas, las difunda quien las difunda, hay que arrojarlas al cubo de donde proceden: el de la basura.

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