El último, que apague, por Javier Astasio



Están nerviosos. No hay duda de que lo están. La prueba más evidente está en que están modificando su conducta pública, cambiando el cinismo y el disimulo tramposos por la bronca y el enfrentamiento abierto con la prensa, algo que fue la imagen de marca de aquel Carlos Fabra acorralado, cuando vio claro que, antes o después, acabaría en la cárcel, en la que aún no ha entrado por el pánico que tienen el gobierno y el partido a que acabe hablando y contando el porqué de su "barra libre" en Castellón y el de su "apoyo" incondicional a Rajoy, que aún sigue cobrándose.
No sé si porque los procesos por corrupción en curso van abriéndose tojos y obscenos como los frutos del granado cuando maduran, no sé si porque los jueces le han perdido, si es que lo tenían, el miedo al poder, que ironía, no sé si porque los ciudadanos, y especialmente los funcionarios, han decidido no callarse más, no mirar hacia otro lado, pero lo cierto es que los escándalos y los abusos de esa vida muelle que han vivido en este país los políticos de la casta y de la caspa, con o sin consecuencias en los juzgados, con o sin imputaciones, pero, siempre y cada vez más, con el reproche ciudadano y, ahora sí, la voluntad de denuncia de los medios, no paran de surgir, ocupando ya, prácticamente, las dos terceras partes de la información que reciben los ciudadanos que, en sus conversaciones, dudan entre hablar de fútbol o hacerlo de cotinos, monagos, granados o, ahora, graus.
Sin salir de Valencia -Madrid y Valencia son el paradigma de la corrupción popular, aunque Valencia está claro que es más fallera- fijémonos en Alfonso Grau, el vicealcalde de Valencia, número dos de Rita Barberá, que ayer en una rueda de prensa intolerable mostró con descaro, con falta de respeto a la prensa y a la ciudadanía y con toda la mala educación de que fue capaz que se pone por montera la autoridad de Alberto Fabra, presidente del PP valenciano y la del juez instructor del Caso Nóos. Y lo hizo diciendo que se saltaba las "líneas rojas" marcadas por Fabra, porque, como dijo, él tiene las suyas propias, y lo hizo en una rueda de prensa que había convocado porque le dio la gana. Lo que deja claro que ni en Valencia ni en Alicante respetan ya los designios de la dirección del partido en Valencia.
No son de extrañar los nervios de Grau, porque esa misma mañana se había sabido de la imputación del ya dimitido y beato Juan Cotino, hasta hace poco presidente de las Cortes Valencianas, por sus tejemanejes a la hora de contratar, a costa de la desaparecida Radiotelevisión Valenciana, por un precio más que hinchado la sonorización de la visita del papa Benedicto XVI, visita que le permitió esconder el horror y las responsabilidades del accidente del metro, sucedido horas antes de la llegada del visitante, con decenas de muertos.
Esto en Valencia. Pero fuera de Valencia la cosa no pinta mejor. Monago es pillado in fraganti en ese sainete viajero con su amiga colombiana de Tenerife y Monago, en una esquizofrénica sucesión de fases, primero indignada dignidad, luego resignada, lacrimosa y contradictoria contrición, eso sí, sin el más mínimo asomo de asumir responsabilidades, sin plantearse la salida de la dimisión, menos con el apoyo de Rajoy y su partido que aplaude una cosa y la contraria. Y cuando parece que está agotada toda nuestra capacidad de sorpresa en este asunto, aparece un diputado de Teruel, sorprendido en los mismos viajes y en la misma compañía al que, esta vez sí, es obligado a dimitir por su presidenta regional, Luisa Fernanda Rudi, con lo que Rajoy queda, una vez más, con el culo al aire.
Son sólo unos ejemplos, pero dejan a las claras cuál es el panorama del PP, un partido en absoluta descomposición, en el que son tantos y tan diversos los escándalos  abiertos y con intereses tan diversos, con tantas imbricaciones en tantos niveles que la madeja está a punto de desquiciar o de ahogar a dirigentes y militantes. No sería de extrañar que, de aquí a poco tiempo, comiencen  a brillar las navajas y los secretos en las sedes del partido. De ahí al apocalipsis del PP, con esta nueva actitud dela justicia y la sociedad hacia ellos, no hay apenas trecho.
Cuando eso ocurra, el último que apague la luz de la carísima sede de Génova 13 y el resto que paguen.


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