El último héroe, por Javier Astasio

 
 
No me atrevo a afirmarlo rotunamente, pero creo que Nelson Mandela ha sido, aún sigue siendo, el último héroe, el último símbolo de la lucha por la libertad. No sé si hoy sería posible otro Nelson Mandela. Lo que sí sé es que sería distinto. Es más, ni siquiera sé si ese hipotético héroe del siglo que vivimos tendría rostro, porque hoy las luchas son anónimas y colectivas, pese a que, en ocasiones, haya quienes que, como el soldado Manning o Edward Snowden, movidos por su conciencia se arriesgan para defender con sus denuncias la libertad que ni siquiera somos conscientes de haber perdido.
No es fácil, salvo excepciones, encontrar ahora un marco como la Sudáfrica por cuya libertad luchó Mandela. No es fácil, porque los regímenes despóticos han aprendido a subyugar a los pueblos de manera más sibilina. Cada vez son menos los sátrapas que, como Mubarak, Al Assad o el desquiciado Erdogan, sujetan a la población a sangre y fuego. Suelen hacerlo con mano izquierda. A veces, desde el poder conseguido con las urnas, porque han aprendido la lección y saben que de vez en cuando hay que levantar la bota, porque, cuando no hay nada que perder y todo está por ganar, cuando el hombre alcanza sus límites,  y, sólo cuando llega a ellos, es capaz de superarlos.
Es lo que ocurrió en Sudáfrica, donde las leyes eran tan injustas, donde ser negro, en una tierra que fue de sus antepasados, era poco más que ser un animal, carne de mina y fábricas, carne de servicio doméstico, esclavos sin cadenas o, mejor dicho, encadenados con sangre y terror, confinados en guetos, obligados a desaparecer del paisaje, como desaparecen hoy las basuras de las ciudades.
En ese escenario Mandela tuvo la suerte, si se le puede llamar suerte, de convertirse en la imagen de la dignidad, de ser un hombre inquebrantable que supo encarnar los valores que su pueblo quería conquistar. También tuvo la suerte de que, en los años previos al que fue el final de su cautiverio, el mundo comenzaba a ser global, Y las injusticias en el país del apartheid comenzaron a serlo en todo el mundo y a importarle a toso el mundo. Mandela tuvo la suerte de que en un mundo en el que, apenas unos años antes, Estados Unidos, el paradigma de la democracia, mantenía leyes racistas no tan lejos de las surafricanas.
Quizá por ello, por esa mala conciencia, y porque la historia de Madiba Mandela tenía mucho de mediática, la juventud de todo el mundo acabó movilizándose y la figura del líder encarcelado se convirtió en la del héroe que la juventud andaba buscando. Hoy Mandela es un símbolo, su autoridad moral sigue siendo incontestable, pero, como pasa siempre, su sueño se está desmoronando en manos de sus sucesores. Harían falta muchos mandelas para retomar el tono del músculo revolucionario que tanto echamos de menos hoy. Son otros tiempos y en estos tiempos quizá esos héroes hayan de ser otros.
 
 
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