El sí de las niñas, por Gabriel Merino

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Reconozco que existen culturas –pero sobre todo, economías- en que los menores maduran deprisa porque, entre otras cosas, no les queda más remedio, especialmente las niñas. Pero también tengo que reconocer que en esas culturas, tradiciones, etnias o grupos en que, por ejemplo, las niñas casan nada más alcanzar la capacidad reproductiva –véase la gitana o la  árabe- o esas otras en que la imagen de la menor se ha convertido, además de en un negocio, en poco menos que una perversión o una parafilia –el hentai japonés-, estamos hablando de “culturas” en las que –con todos mis respetos por la diversidad- queda mucho por recorrer y, en una sociedad avanzada e igualitaria, se debería empezar a pensar en intentar poner coto a ciertas ideas, por liberal que sea la etiqueta que se pone la sociedad que lo consiente. Que conste que no estoy de acuerdo en que los niños tengan que serlo para siempre y que el peterpanismo me jode de toda la vida. Pero creo que el menor per se ha de contar  -al menos para ciertas cosas en las que no tiene experiencia, no se ha estrenado o simplemente es “más pardillo”- con un derecho y una protección especial.

 

De acuerdo, por otra parte, en que un –o una- menor tiene una capacidad de raciocinio como para no considerarle un dependiente ni un retrasado: cuando matan, maltratan, hacen bullying, roban, conducen temerariamente, se emborrachan, faltan a sus obligaciones –que las tienen- o destrozan marquesinas creo que son responsables y, subsidiariamente, sus padres, que generalmente son quienes no les supieron educar mientras se formaban como aprendices de adulto. Para eso, en la ley del Menor yo sería mucho más estricto. Pero lo que no es de recibo es que un/una menor tenga minorías de edad diferentes para el consentimiento en una relación sexual, para disparar una escopeta de aire comprimido, para decidir abortar, para votar, para sacarse el carnet de conducir, para ser parte de un consejo de administración, para heredar –una cartilla de ahorros o un trono- o para ir a la carcel por cometer un delito. Y menos, que eso varíe de un país a otro o incluso entre las “culturas” que conviven dentro de un mismo territorio.

 

La verdad es que a mí en esto me falta una referencia, porque para la líbido y la convivencia soy más de mujer de mi edad que de Lolita de Nabokov:  no entiendo lo de Woody Allen con su hija adoptada Soon Yi, ni los gustos confesos de Umbral o Sanchez Dragó por adolescentes, ni la locura de Verlaine por Rimbaud ni que Edgar Allan Poe se casara con su prima de 13 años: Hay algo de lo que sí me doy cuenta en la mayor parte de los casos: el adulto que hace de un/a menor su pareja –y eso es lo que les debe poner, al final- suele tratarle más que como a un igual como a un objeto, una figurita de porcelana, un dependiente, una posesión o una moneda de cambio para una transacción. De hecho ha sido tradicional entre reyes y latifundistas casar reinos o tierras a través de niños y niñas, pero…

 

Mi hija acaba de cumplir 14 años y me dice que Brad Pitt y Johnny Depp –que tienen mi edad- están como un queso. Y hasta lo entiendo. Como lo que decían las niñas de mi generación de Paul Newman. Pero lo raro sería que un cincuentón correspondiera a la adolescente con el mismo interés. Y no me voy a cortar: sé que hay niñas de 13 que están buenorracas –¡claro!, tengo ojos-, y que incluso, hasta tienen conversaciones de interés, pero eso no me lleva a desear tener contacto carnal con ellas y mucho menos a hacer de ellas mi pareja –estable o inestable- o la madre de mis hijos, con la edad que tengo. Todavía menos intentaría tratar de enrollarlas con ese aparentemente pasional pero verdaderamente insano salmo de ”tú eres mía y de nadie más”. Si esa sensación de posesión enfermiza no la tengo no siquiera con mi hija –por quien temo, velo y me afano, pero a quien no considero “mía”- sería imposible que la tuviera por una pareja, y mucho menos de esa edad. Por eso, por quienes piensan así, amparándose en un amor fou, a veces las pasiones tan descompensadas suelen terminar en crímenes como de una obra de García Lorca.

 

Creo que se impone no sólo cambiar la ley sino la educación: de los menores, pero también de algunos adultos.

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