El selfie de Rajoy, por Javier Astasio


Lo de Rajoy ayer en Soutomayor, con  mil doscientos invitados en un escenario amigo y sin el más mínimo asomo de crítica n fue más que un selfie. No el primer selfie del curso político, como pretenden hacernos creer, sino el último de las vacaciones. De no haber sido por la hora, demasiado temprana, habría sido el equivalente a esa última cena que se comparte con los amigos la última semana de vacaciones, para contar anécdotas, incluso de tiempos ya lejanos, cuando se ha sido fiel al escenario de las vacaciones, y para hablar también de nuevos proyectos, a punto de partir cada uno a sus casas.
Considero un selfie lo de ayer, porque, en los selfies, el protagonista lo elige todo: los acompañantes, el fondo, la luz, el gesto.... bueno, el gesto no, porque Rajoy es de los míos que, ni a tiros, salimos simpáticos en las fotos. Un selfie caro, cuyos estrados, atriles, forillos y autobuses espero que haya pagado el partido, sin bigotes ni correas de por medio, porque la fiestecita fue a mayor gloria de Mariano Rajoy y no del presidente del Gobierno.
Por lo demás, el selfie de ayer, como todos los selfies y más los de Rajoy, no dejo el menor resquicio a la sorpresa. Todo lo dicho por el presidente era lo esperado. Todo, los velados envites apoyados en faroles a los que nos tiene tan acostumbrados, que, al final, nunca se confirman. Uno de esos faroles, el que hizo en clave agrícola, me llamó especialmente la atención. Dijo Rajoy que lo suyo no son brotes verdes -los brotes hay que verlos y los suyos no se ven- sino raíces vigorosas, que, como todo el mundo sabe, se esconden bajo la tierra y, si asoman, como asoman las de la higuera, lo hacen rompiendo algo. También algo parecido a que, si no reparten grano es porque lo están usando como simiente o, lo que es lo mismo, que habrá que esperar otro año para que todos disfrutemos de la cosecha.
En eso, hay que reconocer que Rajoy es un maestro. Nadie como el para ocultar, disfrazar o esquivar la realidad. Nadie como él para disimular y esperar, nadie como él para dejar que las cosas las arregle el tiempo o se pudran definitivamente. Lo ha demostrado con las justas aspiraciones que los catalanes tienen a expresar su voluntad. Ha dejado pasar el tiempo, ha permitido que creciesen las contradicciones, pero a sabiendas, eso sí, de que tenía en su mano el comodín de las cuentas de Pujol, un comodín que han venido guardando todos los gobiernos que en democracia han sido en España y que ninguno se atrevió a jugar por eso del "sentido de Estado" del ex honorable que compraba, a izquierda y derecha, el silencio sobre sus trampas fiscales, a cambio de su apoyo a las mayorías minoritarias de PP y PSOE en Madrid.
La estrategia perfecta con que el PP -no pensemos que son absolutamente torpes, porque algunas cosas las bordan- ha ido minando el prestigio de CiU, desenmascarando a un Pujol mezquino, a partir de los feos tejemanejes de su viajero primogénito, ha dado su resultado. Artur Mas es hoy un hombre acorralado al que desprecian sus socios en el viaje a la independencia y del que reniega su pata democristiana. Y, ahora que el president catalán anda desconcertado y, por qué no decirlo avergonzado y temeroso por las consecuencias del asunto Pujol, es cuando el PP comienza a hablar de la posible reforma de la Constitución, ahora que el pescado está macerado, considera que ya es momento de prepararlo para la mesa.
Quiere también Rajoy, lo dejó claro en su selfie, llevar adelante su reforma del sistema de elección de los alcaldes y, si no me equivoco, su intención es sólo a corto plazo, porque lo único que pretende es poder presentarse a las próximas generales con las mismas o más alcaldías de capitales que han fueron las que llevaron al PP a la Moncloa en dos ocasiones. Sabe Rajoy que los partidos ganan y pierden poder en los ayuntamientos y no está dispuesto a que eso, lo negativo, con un electorado de izquierdas más movilizado que nunca, pueda suceder.
Y sabe lo que se hace, porque ese pasar la elección de alcaldes de un sistema en el que la victoria se consigue sumando puntos y fuerzas a un enfrentamiento en el que la victoria sólo se consigue por KO también le conviene al PSOE que conservaría su poder municipal en Andalucía. Bien es verdad que, por causas y con propuestas bien distintas, el PSOE parece dispuesto a acompañar al PP en la reforma de la elección de los alcaldes. Y esa, lo quiera o no Pedro Sánchez y lo quieran o no los militantes del PSOE, será la prueba de toque del verdadero talante democrático del nuevo partido socialista, porque negar el acceso de los partidos emergentes a las instituciones es ahondar en los errores que nos han traído hasta donde llegamos a estar, con una parte importante del electorado desencantado y desesperanzado, y con el poder de decisión en manos de dos o tres partidos demasiado susceptibles de ser corrompidos.
En fin, fortalecer las profundas raíces de quienes están convencidos que el poder les pertenece por derecho y por cuna es el objetivo de Rajoy y así lo dejo claro en su selfie de ayer, el último de las vacaciones o el primero de la temporada, un monólogo entre amigos, sin el riesgo de esas preguntas inconvenientes que tanto cabrean al presidente.


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