El régimen autoritario de Al-Assad, por Francisco Fernández (@viajesdeherodot)


Hace algo más de un año que comenzaron las revueltas en el norte de África. Primero en Túnez con la inmolación de Mohamed Buazizi para inmediatamente después extenderse a Argelia, Marruecos y todo el Medio Oriente, las revoluciones árabes están suponiendo una reconfiguración geopolítica de esa zona con importantes repercusiones tanto en el ámbito regional como en el plano internacional. Las victorias electoralesde los Hermanos Musulmanes en Egipto, Túnez y Marruecos  ponen de relieve que la tendencia regional de las manifestaciones ha desembocado en un empoderamiento político de partidos de tradición suní; por primera vez en la historia un partido del islam político ha formado gobierno en Túnez y Marruecos. En cambio, en países como Yemen, Libia o Bahréin, donde los intereses de potencias extranjeras estaban en juego, las movilizaciones, por unas u otras razones, dieron paso a una internalización de esos conflictos.
Ahora la atención internacional se ha desplazado a Siria, donde lo que comenzó siendo en Deráa una protesta local se ha convertido en una guerra civil que ya se hacobrado la vida de más de 9000 personas

HAFEZ AL-ASSAD, EL BA’ATH Y LA TRANSICIÓN DEL RÉGIMEN
Desde que en 1970 Hafez Al-Assad diera un golpe de Estado para tomar el control de Siria, ésta ha tenido un papel protagonista en la mayoría de los conflictos regionales: la Guerra de los Seis Días en 1969, la Guerra de Yom Kippur en 1973 o la Guerra Civil en el Líbano entre el año 1975 y 1990 son algunos de los conflictos en los que el régimen controlado por el partido Ba’ath (Partido delRenacimiento Árabe Socialista) ha desempeñado una función principal. El Ba’ath, fundado en Siria en la década de los 40, ha sido durante cuarenta años un aparato de control que ha ocupado el poder en Siria y en Iraq. Fue gracias a este partido  como Sadam Husein y Hafez Al-Assad consiguieron instaurar siniestros estados policiales que, controlados por servicios de seguridad como el Consejo del Comando Revolucionario (CCR), han utilizado sistemas de recompensas, la violencia y el miedo para perpetuarse en el poder.
Con la muerte de Hafez Al-Assad en el año 2000 Siria comienza un periodo de transición inaugurado por la reforma de la Constitución que permitiría a Bashar Al-Assad suceder a su padre en la presidencia del gobierno y del partido Ba’ath el 17 de julio del año 2000. Al principio, este periodo es percibido dentro de Siria como una ocasión para modernizar la nación; la liberación de presos políticos, la creación de otros partidos fuera del Frente Nacional Progresista o la publicación de nuevas revistas contrarias al poder establecido causaban esa impresión. Parecía que el régimen de la familia Al-Assad comenzaba una etapa de apertura política hacia un sistema menos autoritario y más permisivo. En este contexto surgen movimientos de reforma como la “Primavera de Damasco” (2000) o la “Declaración de Damasco” (2005), movimientos que denunciaban el autoritarismo del régimen y la continuidad del “estado de emergencia”; en su lugar, lo que pedían algunos activistas como el escritor Michel Kilo, era una reforma democrática del sistema político que fuera más allá de la tolerancia a algunas voces discordantes. 
La respuesta del gobierno de Al-Assad a estos movimientos reformistas fue el endurecimiento de la represión, que tuvo como resultado el arresto de distintos activistas políticos, entre ellos, el propio Michel Kilo. Una transición que acabara inaugurando un sistema democrático suponía una grave amenaza para la continuidad de la dinastía Al-Assad; cualquier intento por realizar una reforma política dirigida a iniciar un gobierno democrático pasaba por suprimir los instrumentos autoritarios que le permitían ocupar los puestos de poder, comenzando por la Ley de Emergencia –algo que ya se exigía en la “Declaración de los 99”, un manifiesto redactado a finales del verano de 2005 por un grupo de intelectuales exiliados–. Pero si la nueva cúpula de gobierno del régimen sirio accedía a este tipo de reformas, ¿cómo continuar en el poder cuando los Al-Assad forman parte de una minoría religiosa que está sometiendo a un país en el que aproximadamente el 75% de su población es de tradición suní? 
Mientras Hafez Al-Assad había ocupado la presidencia de Siria, las distintas movilizaciones que acontecieron fueron reprimidas mediante la violencia. Así, en los momentos en que ha peligrado la estabilidad y omnipotencia del régimen regentado por la familia Al-Assad su respuesta ha sido el miedo, la violencia y la represión (recompensando a aquellos que ayudaba al régimen y castigando a quienes se oponían).
             
Bashar Al-Assad, creyendo que las protestas que se iniciaron en Deráa podrían ser erradicadas empleando los métodos autoritarios empleados por Hafez, intentó evitar la extensión a su país de las protestas que se iniciaron en Túnez y Egipto hace un año y medio. El 29 de octubre de 2011 The Sunday Telegraph publicaba la primera entrevista a BasharAl-Assad siete meses después de comenzar las revueltas en su país. En esa entrevista el presidente Al-Assad afirmaba que “Siria es diferente en todos los aspectos de Egipto, Túnez, Yemen”. Lo que Bashar Al-Assad ponía de manifiesto en esta entrevista es que un conflicto en Siria –similar a los sucedidos en otros países del Medio Oriente y norte de África– no iba a tener las mismas repercusiones para la región y para las potencias extranjeras: “Cualquier problema en Siria incendiará toda la región”.
SIRIA, UN RÉGIMEN AUTORITARIO HEREDADO
Cuando en el verano del año 2000 Bashar Al-Assad sustituye a su progenitor en la presidencia del gobierno se encuentra un país bastante distinto al que había ocupado Hafez Al-Assad en la década de los 70. Siria, al igual que muchos países del norte de África y del Medio Oriente, se hallaba (y se halla) inmersa en un proceso de islamización que amenaza la estabilidad del régimen. A su vez, el discurso secular y nacionalista árabe del Ba’ath –discurso que en parte pretendía dotar de legitimidad el golpe militar dado por Hafez Al-Assad en 1970– ha ido perdiendo fuerza de manera gradual, algo que ha conducido a un debilitamiento de las bases ideológicas del régimen. Sumado a otros factores, este hecho ha obligado a Bashar Al-Assad a “relativizar” algunos puntos de su ideario político. Por otra parte, como ya hemos intentado mostrar, el pueblo sirio esperaba un nuevo tipo de política orientada a la modernización y apertura internacional del país. Sin embargo no es de esta forma como hemos de interpretar las estrategias políticas de Bashar Al-Assad; antes que perseguir una “democratización” del régimen lo que la familia Al-Assad ha intentado es mantener las estructuras de poder heredadas, aunque para ello hayan tenido que mostrar la naturaleza del régimen que regentan. 
Como ha reflejado en distintos momentos la familia Al-Assad desde que en marzo de 1971 Hafez Al-Assad ocupara la presidencia de Siria, la condición del régimen que dirigen es autoritaria. Una de las principales características de un sistema autoritario es el sometimiento de las masas por parte de una minoría que concentra prácticamente todo el poder. En Siria esa minoría está constituida por la dinastía de los Al-Assad que, junto a miembros de la minoría religiosa alauita, aglutinan los cargos más relevantes dentro de los servicios de seguridad, del Ba’ath y del gobierno. Formalmente, el régimen sirio de Hafez Al-Assad se constituyó como una República Árabe Socialista en un intento por adecuarse a algunos de los presupuestos teóricos que defendían los fundadores del Ba’ath. En la práctica, en cambio, la dinastía Al-Assad ha operado como un estado policial destinado a someter a su pueblo. Primos hermanos, hermanos, hijos; la dinastía de los Al-Assad ha sabido situarse y mantener el control de aquellas instituciones gubernamentales con mayor capacidad de decisión, debilitando al mismo tiempo aquellos órganos que pudieran generar algún tipo de sentimiento nacional. A diferencia de otros estados del Medio Oriente y del Norte de África, cuyos regímenes fueron derrocados poco tiempo después de iniciarse las manifestaciones, una de las razones que explica por qué el régimen de Bashar Al-Assad todavía hoy continúa en el poder es que ha conseguido mantener los distintos aparatos de seguridad del régimen bajo su control. En gran medida esto ha sido posible, por un lado, gracias a que la burocracia del régimen sirio se encuentra fuertemente centralizada. Por otro lado, mediante un “funcionamiento piramidal” por el cual un reducido grupo de personas toma una decisión que impone y somete al resto de estratos políticos y sociales. 
Al concentrar la mayor parte de las estructuras de poder en una pequeña cúpula familiar los Al-Assad han generado un culto o mitificación de la personalidad del líder, algo que, por otra parte, es común a la mayoría de estados autoritarios (y, también, totalitarios). El propio Bashar lo explicaba en la entrevista concedida a The Sunday Telegraph de la siguiente forma: “El primer componente de la legitimidad popular es tu vida personal. Es muy importante cómo vives. Yo llevo una vida normal. Conduzco mi propio coche, tenemos vecinos, llevo a mis hijos a la escuela. Por eso soy popular”. Durante las cuatro décadas que ha durado su mandato la dinastía Al-Assad ha intentado identificar el líder del régimen con el Estado: el líder de un sistema autoritario se transforma en una suerte de mesías con escaso o sin ningún contacto con la realidad. Bajo su poder cualquier problema que pudiera acontecer nunca se achacará a una mala previsión, a un error de cálculo del propio líder o a un abuso de poder por parte del régimen, antes bien, son enemigos externos a Siria los responsables de tales circunstancias. 
Por ejemplo, cuando comenzaron las insurrecciones Bashar Al-Assad acusó a “terroristas” o grupos extremistas del inicio de éstas: “Tenemos muy pocos policías, sólo el ejército, que estén capacitados para enfrentarse a Al-Qaeda”. El régimen sirio intentaba responsabilizar a grupos armados salafistas o yihadistas del inicio de las insurrecciones. El objetivo de estos grupos extremistas era sustituir el gobierno secular y panárabe de Al-Assad por un gobierno teocrático e islámico. Algunas minorías religiosas –entre ellas, drusos y cristianos greco-ortodoxos– temen que un cambio de gobierno traiga consigo un aumento de la represión tal y como ha sucedido en Egipto o Iraq. De esta forma, el gobierno de Al-Assad, haciendo uso de la carta sectaria, se aprovecha de ese temor a un posible aunque improbable gobierno teocrático islámico para mantener la legitimidad del régimen. No obstante, esto no quiere decir que, efectivamente, no halla grupos radicales del islam político que formen parte activa de las movilizaciones, pero considerar que los iniciadores y máximos responsables de éstas son organizaciones como Al-Qaeda es, sencillamente, falso. En la misma entrevista antes citada Al-Assad indicaba también que otros de los principales causantes del levantamiento eran los Hermanos Musulmanes: “Hemos estado luchando contra los Hermanos Musulmanes desde la década de los 50 y seguimos luchando contra ellos”. ¿Qué intentamos mostrar con estos ejemplos? Que, en ambos casos, Bashar Al-Assad hace responsables de las revueltas a organizaciones políticas que han iniciado otras insurrecciones -como las de Hama- o a grupos terroristas pertenecientes al islam político extremo -como Al-Qaeda–. Es decir, que son enemigos externos a Siria, y no el propio pueblo quienes piden, mediante el uso de la violencia, una reforma política para instaurar un Estado islámico, acabando así con la Siria “secular” de los Al-Assad. Bashar describía el problema de este modo: una “lucha entre el islamismo y el panarabismo [secularismo]”. 
Sin embargo, la cooptación de las minorías religiosas es de alguna forma un reflejo de otro de los pirales que sostiene el régimen sirio: la capacidad que tiene éste para generar e imponer el miedo y la represión sobre su población. Ambos son instrumentos indispensables de sometimiento y control en todo sistema autoritario o totalitario; en este punto lo que distingue a un régimen de otro es la intensidad y la forma con la que utilizan esos instrumentos. 
En el caso de Siria el dominio de los servicios de seguridad y del Ejército Republicano –a pesar de las deserciones dentro de éste último desde que comenzaron los levantamientos– se ha convertido en un punto clave para asegurar la continuidad del régimen. Uno de los problemas que se planteó tras la muerte de Hafez Al-Assad era  cómo seguir manteniendo bajo control los principales puestos de poder; precisamente entre estos cargos se encontraban los altos mandos de los servicios de seguridad. Para subsanar este problema la familia Al-Assad reservó exclusivamente estos puestos a los alauitas más cercanos al régimen, dejando algunos ministerios con menor responsabilidad en manos de dirigentes suníes. Así la familia Al-Assad ha creado un aparato de “instituciones subalternas” –instituciones destinadas a ser meros instrumentos de la cúpula de poder– que blinda y asegura la perdurabilidad del régimen ante el creciente proceso de islamización. 
Pero, al mismo tiempo, la eficacia que ha mostrado Bashar Al-Assad para mantener el control del ejército sirio ha permitido reprimir toda forma de oposición contraria al gobierno, ya sea ésta militar o civil. Durante los cinco últimos años los servicios de seguridad de Al-Assad incrementaron el número de detenciones considerablemente –según un estudio del profesor Álvarez-Osorio en el año 2005 un total de 8000 yidahistas fueron arrestados por el régimen sirio– debido a los ataques que  se cometieron contra algunos organismos de los propios servicios de seguridad. Sin embargo, no es ésta la primera vez que el gobierno de la familia Al-Assad utilizaba el ejército sirio y los servicios de seguridad para evitar una posible amenaza: entre 1979 y 1982, Hafez Al-Assad, ante las protestas que tuvieron lugar en Damasco, Homs y Déraa, empleó el ejército sirio para sofocar una revuelta suní promovida por los Hermanos Musulmanes porque atentaba contra la unidad de la nación. Se estima que en marzo de 1982 murieron entre 20000 y 40000 personas a causa de los bombardeos de las tropas sirias sobre la ciudad de Hama. Un poco más arriba señalábamos una reacción parecida –aunque de ninguna manera semejante a la de Hama– por parte de Bashar Al-Assad hacia los movimientos reformistas de los años 2000 y 2005. De este modo observamos cómo cuando el régimen sirio no ha conseguido someter a la población usando el miedo lo ha hecho mediante la violencia; subyugando o eliminando cualquier forma de oposición. 
LA OPOSICIÓN AL RÉGIMEN SIRIO
A pesar de todos los intentos realizados por Bashar Al-Assad para reprimir las distintas organizaciones que se oponen al régimen el efecto que ha conseguido ha sigo justo el contrario. El gobierno de Al-Assad ha procurado deslegitimar cualquier movimiento de oposición; unas veces deformando la postura ideológica de algunas asociaciones y otras discriminando organizaciones como los Hermanos Musulmanes. De esta manera el régimen sirio ha tratado de silenciar las voces discordantes, pero cuando éstas y otras medidas represivas no han tenido el éxito esperado Al-Assad no ha dudado en servirse de la violencia armada para acabar con sus detractores. Ésta fue una de las razones que la Liga Árabe esgrimió para suspender a Siria.
Sin embargo, los grupos que forman la oposición no han dejado de reclamar, cada vez con mayor fuerza e insistencia, una reforma política del país. Muchas de las agrupaciones coinciden en los objetivos que tendría que perseguir esa reforma aunque difieren en algunos puntos específicos. Estas circunstancias, sumadas al hecho de que la mayor parte de los Hermanos Musulmanes se encontraban en el exilio, han condicionado la constitución de tres grandes coaliciones o bloques de oposición al régimen: el Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas del Cambio Democrático (CNCFCD), el Ejército Libre de Siria (ELS) y el Consejo Nacional Sirio (CNS). 
 
  •           Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas del Cambio Democrático (CNCFCD)
El CNCFCD anunció su creación en junio de 2011 en la ciudad de Damasco, después de un encuentro entre distintas formaciones políticas: Agrupación de Izquierdas Siria, asociaciones feministas, algunos partidos kurdos, el Partido Comunista del Trabajo, el Partido de Unión Socialista, representantes del “islamismo democrático” y activistas independientes como Michel Kilo o Aref Dalila son algunos de los componentes de este organismo. El Comité Nacional de Coordinación nació con la intención de crear un frente de unidad nacional que recogiera en su seno los intereses de todo el pueblo sirio para efectuar una transición del régimen autoritario de Al-Assad hacia un sistema democrático semejante al tunecino o al egipcio.
Los puntos de conflicto con las otras coaliciones de oposición son dos: la relación con el régimen y la intervención de potencias extranjeras. El CNCFCD sostiene que la transición hacia un nuevo sistema político ha de ser en diálogo con el régimen de Al-Assad; los otros dos bloques de oposición, el Consejo Nacional Sirio y el Ejército Libre de Siria, se muestran totalmente en contra de respaldar cualquier tipo de relación con el gobierno de Al-Assad. El otro punto de discordia es postura ante la intervención de potencias extranjeras para buscar una solución al conflicto. El CNCFCD se ha opuesto a la internacionalización del conflicto, es decir, a que la solución del conflicto pase por la intervención de potencias extranjeras. Sin embargo, esta internacionalización ya es un hecho. 
  •           Consejo Nacional Sirio (CNS)
-          En septiembre de 2011 se constituye el CNS como un nuevo frente de lucha contra el régimen de Al-Assad. El CNS es una coalición en la que se encuentran los Hermanos Musulmanes (HHMM) -como principal fuerza política-, una alianza de 40 grupos de oposición, algunas facciones kurdas, la Comisión General Revolucionaria Siria y los Comités Locales de Coordinación. Al igual que el CNCFCD, el Consejo Nacional Sirio se presenta como un organismo capaz de englobar a todos los movimientos políticos que luchan contra el régimen sirio, destacando siempre el carácter pacífico de su lucha. Apuestan, al igual que los primeros, por un gobierno democrático y pluripartidista que garantice “la libertad, la dignidad y la democracia”. Al ser los Hermanos Musulmanes la principal organización política de esta coalición, la actividad de ésta se ha desarrollado fuera de Siria desde el comienzo de las manifestaciones.  
  •      Ejército Libre de Siria (ELS)
No se conocen muchos datos sobre este ejército de oposición pero, según parece,  el ELS está dirigido por el capitán Riad Al-Assad, quien desertó de las filas del ejército sirio el pasado mes de julio, y está integrado mayoritariamente por desertores del ejército del régimen sirio. En septiembre de 2011 el Ejército Libre de Siria se unificó con el Movimiento de Oficiales Libres, otro grupo de militares que desertó del  ejército de Al-Assad; la intención de ambos grupos es luchar de manera conjunta contra el régimen sirio hasta derrocarlo. 
El fracaso de la iniciativa de la Liga Árabe ha radicalizado aún más la posición del ELS, provocando un acercamiento entre la oposición política del CNS y la oposición militar del ELS que cristalizó en diciembre de 2011 en un acuerdo de “comunicación y cooperación eficaz”.
Esta divisiónde las fuerzas de oposición es uno de los escollos que está dificultando una salida al conflicto. Pero, por otra parte, tampoco la intervención internacional ha impedido un recrudecimiento de la violencia en la región; hasta ahora el plan y las advertencias del enviado especial y ex secretario de lasNaciones Unidas, Kofi Annan, apenas han dado resultado.

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